CAPÍTULO 12. Respeto.

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CAPÍTULO DOCE.

Respeto.

Yo soy la tipa mala de Bradford.

El día había acabado y Lauren no se había presentado de nuevo. Pero ahora sólo faltaba ella, su otro amigo, el chico negro, sí había ido a la preparatoria. ¿Qué tal si algo malo le pasó? Quise preguntarle a alguna de sus dos amigas, a la chica linda, si sabía qué le había pasado, pero decidí que era mejor no hacerlo, tal vez se burlarían de mí por preocuparme de ella.

Shawn no había dejado de mirarme con odio todo el día, había algo en él que no había percibido y que ahora me daba escalofríos. Sabía que alguien como él no dejaría las cosas así y tal vez encontraría la manera de atacarme sin ser detenido.

Subí hacia mi habitación sin ánimos de nada, y ahí estaba, Lauren, en mi cama.

Me miró y yo me paralicé, las estúpidas ganas de lanzarme a sus brazos me aterraron más de lo que ella misma lo había hecho jamás.

Estaba recostada con los brazos cruzados bajo su cabeza, relajada, seria. No dijo nada y cerró los ojos.

Me acerqué lentamente, me senté a un lado de la cama y la miré unos segundos.

Tenía una de sus típicas blusas sin magas, era blanca. Unos jeans negros rotos en la parte de sus rodillas y sus botas militares.

Las heridas aún no sanaban del todo.

Me atreví a acariciar un poco su rostro, recorriendo sus mejillas y sus labios delicadamente, sin lastimar sus golpes. La sentí tensarse al momento pero no abrió los ojos y después de un tiempo se relajó.

-¿Qué te pasó? –pregunté susurrando.

-Tuve una pelea.

-¿Una? Tienes golpes recientes y otros con más tiempo.

-Sí, bueno... Tuve varias peleas.

-¿Por qué?

-¿Por que qué, Camila? –respondió cansada y abriendo al fin sus hermosos ojos. Yo seguía acariciando su rostro.

-¿Por qué peleaste?

Ella no respondió por unos segundos, pero después suspiró y susurró:

-Por respeto.

-¿Respeto?

-Sí.

-¿Por qué peleas por respeto, por qué no mejor te lo ganas? –pregunté confundida.

-Porque aquí así se gana el respeto. –sentenció.

Intenté imaginar lo que era crecer con esa mentalidad, pelear por respeto, entendía porque Lauren era tan violenta, no era su culpa, así había sido educada.

-¿Y es muy importante el respeto? ¿No sería mejor pasar inadvertida? –pregunté intentando darle una salida.

-No. Aquí no pasas inadvertida, aquí o te haces respetar, o te aniquilan, así de simple, princesa. –dijo seria. Y de no haber estado sentada hubiera podido sentir el temblor de mis rodillas, hacía tiempo que no me llamaba así.

-Pero todos te respetan, lo he visto en la preparatoria, ¿qué más quieres? –pregunté ingenua.

-Ellos no cuentan, no son más que niños, Camila. Allá afuera están las verdaderas personas, quiero que ellas lo hagan, que me respeten. –dijo con voz dura.

Me quedé callada unos momentos, no podía imaginarme gente más malvada que los chicos de preparatoria, dos ya me había atacado y otro lo había intentado. No imaginaba qué cosas horribles me pasarían si saliera de casa.

-¿Quieres que los tipos malos de Bradford te respeten? –pregunté confundida.

Ella soltó una risita.

-Princesa, yo soy la tipa mala de Bradford. Me refiero a más allá, fuera de aquí.

¿Así que había faltado a clases sólo para ir a pelear a otro estado?

Me estremecí al escuchar sus palabras, "yo soy la tipa mala de Bradford" eso quería decir que la tipa más mala de una ciudad conocida por sus enormes índices de delincuencia, me odiaba.

Y lo horrible de la situación no era que ella fuera mala y me odiara, lo horrible era que me dolía que me odiara.

-Y, ¿ganaste?

-Algunas.

Guardé silencio esperando que dijera algo más, pero no fue así.

-Quiero respeto. –dije con la voz entrecortada.

Ella rió, burlándose.

-No puedes, no lo tendrás, eres débil. Muy débil. –dijo suavemente aunque con una pizca mordaz mientras acariciaba mis mejillas.

Y yo supe que tenía razón, si en este lugar el respeto se ganaba peleando, yo no tenía oportunidad.

Cerré los ojos intentando disipar las lágrimas que comenzaban a llenarlos. Sentí como el peso de la cama cambiaba mientras ella se sentaba frente a mí.

-¿Por qué lloras? Ni siquiera te he gritado.

Yo no supe qué responder.

Ella se acercó un poco más y me besó, yo seguí inmediatamente su beso, había extrañado sus labios.

Me lancé a ella como una necesitada y me odié a cada segundo.

Ella se recostó en la cama conmigo encima, besándome tan suavemente, como me gustaba, sin hacerme daño.

Bajó sus manos y acarició mi trasero y no me importó, podía hacer lo que quisiera conmigo, porque ella era lo único bueno que me había pasado en Bradford, sí, tal vez me hacía daño, pero también me daba buenos momentos.

Ella se separó un momento y sonrió, su sonrisa era cruel, como si supiera algo de mí que yo no sabía, o que no quería aceptar.

Y yo en ese momento comprendí que Lauren Jauregui me gustaba, mucho, tal vez demasiado.

Era un sentimiento lleno de vergüenza por permitirme a mí misma sentirme atraída por alguien como ella, pero incontrolable, era algo que yo simplemente no podía evitar.

Jaló mi rostro hacia ella de nuevo y siguió besándome, amaba sus labios, y eso me asustaba, ella podría destruirme sin siquiera tocarme.

Con un ágil y fuerte movimiento ella hizo que giráramos y yo quedé bajo su cuerpo.

Bajó sus labios a mi cuello y yo estaba en el cielo.

Ese día me había decidido por una linda blusa rosa de botones. Vi como los botones salieron volando y rodaron por el suelo cuando Lauren abrió a la fuerza mi blusa.

Nunca había estado en una situación así, jamás ninguna chica me había visto sólo en sostén y ella lo hacía ahora.

-Lauren, para. –pedí débilmente.

Ella tenía los labios pegados a la carne que dejaba ver mi sostén de mis pechos.

-¿Qué, no te gusta, puta? –preguntó sin dejar de manosearme.

Y su insulto me dolió más de lo esperado.

-¡Lauren, quítate! –grité molesta y asustada.

-¡Niña Camila, ¿estás bien? –preguntó Ana desde abajo.

¡La había olvidado por completo!

-¿Quién es? –preguntó Lauren irritada.

-Mi nana. –respondí temblando un poco, intentando cubrirme un poco con los restos de la blusa mientras ella se ponía de pie.

-Eres una mimada. –dijo molesta, dirigiéndose a su balcón.

-No te enojes. –pedí estúpidamente.

Pero si ella me escuchó, no le importó. Fue a su habitación y salió de su casa, a toda velocidad.

Y yo me tiré a llorar por hacerla enojar.

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