Aquí estoy de nuevo, Sofía. Hoy conocerás al último gran filósofode la naturaleza. Se llamaba Demócrito (aprox. 460-370 a. de C.) yvenía de la ciudad costera de Abdera, al norte del mar Egeo. Sihas podido contestar a la pregunta sobre el lego, no te costarámucho esfuerzo entender lo que el proyecto de este filósofo.Demócrito estaba de acuerdo con sus predecesores en que loscambios en la naturaleza no se debían a que las cosas realmente«cambiaran». Suponía, por lo tanto, que todo tenía que estarconstruido por unas piececitas pequeñas e invisibles, cada unade ellas eterna e inalterable. A estas piezas más pequeñasDemócrito las llamó átomos.La palabra «átomo» significa «indivisible». Era importante paraDemócrito poder afirmar que eso de lo que todo está hecho nopodía dividirse en partes más pequeñas. Si hubiera sido así, nohabrían podido servir de ladrillos de construcción. Pues, si losátomos hubieran podido ser limados y partidos en partes cadavez más pequeñas, la naturaleza habría empezado a flotar en unapasta cada vez más líquida.Además, los ladrillos de la naturaleza tenían que ser eternos,pues nada puede surgir de la nada. En este punto, Demócritoestaba de acuerdo con Parménides y los eleáticos. Pensaba,además que los átomos tenían que ser fijos y macizos, pero nopodían ser idénticos entre sí. Si los átomos fueran idénticos, nohabríamos podido encontrar ninguna explicación satisfactoria decómo podían estar compuestos, pudiendo formar de todo, desdeamapolas y olivos, hasta piel de cabra y pelo humano.Existe un sinfín de diferentes átomos en la naturaleza, decíaDemócrito. Algunos son redondos y lisos, otros son irregulares ytorcidos. Precisamente por tener formas diferentes, podíanusarse para componer diferentes cuerpos. Pero aunque seanmuchísimos y muy diferentes entre sí, son todos eternos,inalterables e indivisibles.Cuando un cuerpo –por ejemplo un árbol o un animal muere y se desintegra, los átomos se dispersan y pueden utilizarse de nuevoen otro cuerpo. Pues los átomos se mueven en el espacio, perocomo tienen entrantes y salientes se acoplan para configurar lascosas que vemos en nuestro entorno.¿Ya has entendido lo que quise decir con las piezas del lego,verdad? Tienen más o menos las mismas cualidades queDemócrito atribuía a los átomos, y, precisamente por ello,resultan tan buenas para construir. Ante todo son indivisibles.Tienen formas y tamaños diferentes, son macizas eimpenetrables. Además, las piezas del lego tienen entrantes ysalientes que hacen que las puedas unir para poder formar todaslas figuras posibles.Estas conexiones pueden deshacerse para poder dar lugar anuevos objetos con las mismas piezas.Lo bueno de las piezas del lego es precisamente que se puedenvolver a usar una y otra vez. Una pieza del lego puede formarparte de un coche un día, y de un castillo al día siguiente.Además podemos decir que las piezas del lego son eternas».Niños de hoy en día pueden jugar con las mismas piezas con lasque jugaban sus padres.También podemos formar cosas de barro, pero el barro no puedeusarse una y otra vez, precisamente porque se puede romper entrozos cada vez más pequeños, y porque esos pequeñísimostrocitos de barro no pueden unirse para formar nuevos objetos.Hoy podemos más o menos afirmar que la teoría atómica deDemócrito era correcta. La naturaleza está, efectivamente,compuesta por diferentes átomos que se unen y que vuelven asepararse. Un átomo de hidrógeno que está asentado dentro deuna célula en la punta de mi nariz, perteneció, en alguna ocasión,a la trompa de un elefante. Un átomo de carbono dentro delmúsculo de mi corazón estuvo una vez en el rabo de undinosaurio.En nuestros días, la ciencia ha descubierto que los átomospueden dividirse en «partículas elementales». A estas partículaselementales las llamamos protones, neutrones y electrones.Quizás esas partículas puedan dividirse en partes aún máspequeñas. No obstante, los físicos están de acuerdo en que tieneque haber un límite. Tiene que haber unas partes mínimas de lasque esté hecho el mundo.Demócrito no tuvo acceso a los aparatos electrónicos de nuestraépoca. Su único instrumento de verdad fue su inteligencia. Y suinteligencia no le ofreció ninguna elección. Si de entrada aceptamos que nada cambia, que nada surge de la nada y quenada desaparece, entonces la naturaleza ha de estar compuestanecesariamente por unos minúsculos ladrillos que se juntan, yque se vuelven a separar.Demócrito no contaba con ninguna fuerza» o «espíritu» queinterviniera en los procesos de la naturaleza. Lo único que existeson los átomos y el espacio vacío, pensaba. Ya que no creía ennada más que en lo material, le llamamos materialista.No existe ninguna «intención» determinada detrás de losmovimientos de los átomos. En la naturaleza todo ocurremecánicamente. Eso no significa que todo lo que ocurre sea«casual», pues todo sigue las leyes inquebrantables de lanaturaleza. Demócrito pensaba que había una causa natural entodo lo que ocurre, una causa que se encuentra en las cosasmismas. En una ocasión dijo que preferiría descubrir una ley dela naturaleza a convertirse en rey de Persia.La teoría atómica también explica nuestras sensaciones, pensabaDemócrito. Cuando captamos algo con nuestros sentidos, sedebe a los movimientos de los átomos en el espacio vacío.Cuando vemos la luna, es porque los «átomos de la luna»alcanzan mi ojo.¿Y qué pasa con la conciencia? ¿No podrá estar formada porátomos, es decir, por «cosas» materiales? Pues sí, Demócrito seimaginaba que el alma estaba formada por unos «átomos delalma» especialmente redondos y lisos. Al morir una persona, losátomos del alma se dispersan hacia todas partes. Luego, puedenentrar en otra alma en proceso de creación.Eso significa que el ser humano no tiene un alma inmortal.Mucha gente comparte también, hoy en día, este pensamiento.Opinan, como Demócrito, que «el alma» está conectada al cerebroy que no podemos tener ninguna especie de conciencia cuando elcerebro se haya desintegrado.Demócrito puso temporalmente fin a la filosofía griega de lanaturaleza. Estaba de acuerdo con Heráclito en que todo en lanaturaleza «fluye». Las formas van y vienen. Pero detrás de todolo que fluye, se encuentran algunas cosas eternas e inalterablesque no fluyen. A estas cosas es a lo que Demócrito llamó átomos.Mientras leía, Sofía miraba por la ventana para ver si aparecíajunto al buzón el misterioso autor de las cartas. Se quedó mirando ala calle fijamente, pensando en lo que acababa de leer. Le pareció que Demócrito había razonado de un modo muy sencillo y, sinembargo, muy astuto. Había encontrado la solución al problema dela materia primaria» y del cambio.Este problema era tan complicado que los filósofos lo habíanmeditado durante varias generaciones. Pero al final, Demócritohabía solucionado todo el problema utilizando simplemente suinteligencia.Sofía estaba a punto de echarse a reír. Tenía que ser verdad que lanaturaleza estaba hecha de piececitas que nunca cambian. Almismo tiempo, Heráclito había tenido razón al afirmar que todaslas formas de la naturaleza fluyen», pues todos los humanos ytodos los animales mueren, e incluso una cordillera de montañas seva desintegrando lentísimamente, y lo cierto es que también lacordillera está compuesta por unas cositas indivisibles que nuncase rompen.Al mismo tiempo, Demócrito se había hecho nuevas preguntas.Había dicho, por ejemplo, que todo sucede mecánicamente. Noaceptó ninguna fuerza espiritual en la naturaleza, comoEmpédocles y Anaxágoras.Además, Demócrito pensaba que el ser humano carece de almainmortal.¿Podía estar totalmente segura de que esto era correcto. ?No estaba del todo segura. Pero, claro, se encontraba muy alprincipio del curso de filosofía.
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El mundo de Sofía
RandomSofía comenzará a recibir correo dirigido a otra persona, una tal Hilde Moller que curiosamente es una joven como ella, de su misma edad. El curso de Filosofía empieza con un ejemplo: todo es un misterio para nosotros que a la vez somos parte del...
