Segunda temporada de Myloveness
Escritora TheDKbooks
PROLOGO
Siempre suya, señor.
Peter
—Bienvenido, Peter.—La mujer sentada en la silla me observa como si estuviera estudiando hasta mi propia alma—Toma asiento.
Me señala un asiento que parece tipo silla y cama. Le obedezco inseguro sintiéndome tan incómodo aquí. No quería venir de nuevo pero según mi madre era algo que me va a ayudar.
Pff. Eso lo dudo, no creo que una mujer con una libreta en sus manos mientras me observa cautelosa va a poder ayudar al miserable que soy ahora.
—¿Cómo has estado, Peter?—me pregunta como si me conociera de toda la vida. Me acomodo en la silla tipo cama apoyando mi cabeza en el cojín blando. Sólo miro el techo antes de responder.
—Cada día es igual—Tomo aire—como la mierda.
Por el rabillo del ojo la veo asentir y luego anotar algo en la libreta. Siento curiosidad, de seguro está anotando que necesito ayuda urgente, más que la de ella.
—¿Cómo van las cosas en casa?—pregunta.
¿En casa? Pues bien, mamá siempre mantiene la alegría en el hogar, a la diferencia de cuando vivía en Los Ángeles.
Oh no. No quiero recordar esa estúpida cuidad.
Por supuesto no digo nada de esto, sino que le asiento con la cabeza murmurando un "bien". Ella vuelve a escribir.
—¿Qué hay de ti, Peter?—sigue con sus preguntas.
—¿De mí?
—Así es—dice—¿Cómo te has sentido?
—Como la mierda, ya se lo dije.
A ella ni siquiera le molesta en la manera en cómo respondo, sino que me gano una mirada de tristeza de su parte. Odio cuando las personas me miran así.
—Aclaremos la pregunta—menciona al cerrar su libreta—Dime, Peter—Se acerca más a mí—Cuando te miras al espejo cada mañana, ¿qué es lo que ves?
—A un hombre sólo.
Ella asiente pensativa mientras noto que no deja nunca de mirarme. Yo en cambio sigo observando el techo.
—¿Y qué necesitas para no sentirte sólo?
Trago saliva, sintiendo cómo un nudo se forma en mi garganta.
—A ella—susurro.
Cierro mis ojos con fuerza cuando veo su rostro en mi cabeza. Mi corazón de a poco comienza a desgarrarse, haciéndome aguantar las putas lágrimas.
—¿Piensas que ella era uno de tus pilares?—pregunta segundos después teniendo esa mirada de tristeza de nuevo en su rostro.
Recuerdo que cuando le conté toda la historia, lloró desconsoladamente frente a mí, sin tener vergüenza.
—Sí, y mucho más.
—¿Ah sí?
Suspiro, abro mis ojos lentamente mientras intento no perderme en el pasado.
—Ella era mi todo—continúo—, pero la perdí de la forma más dolorosa que pude soportar.
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