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Llegaron al hospital José y Mari.
—¡Estefi! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué tienes tanta sangre?
—¡Mariii! Tengo mucho miedo...
Y Estefi se lo contó todo.
—Doctor, ¿cómo está mi hija? —preguntó Mari.
—El golpe le ha causado una fractura cerebral.
—¿Mi hermana se puede morir? —preguntó José.
—No, tranquilos. Va a estar aquí un par de días con un casco especial.
—¿Pero se va a poner bien?
—Sí, claro que sí.
—Hijo, voy a por café.
—Vale, mamá.
José vio que Estefi no podía parar de llorar.
—Ya, mi niña, ya... —dijo abrazándola.
Mari los observó.
Narra Mari
Ay, Estefi, cariño... Qué pena que seas tan niña. Serías la chica perfecta para mi hijo.
—Cálmate, ella va a estar bien.
—José, ella es como mi hermana. No se puede morir. Tenía tanta sangre... Solo quiero verla y saber que está bien.
—Toma, Estefi, cariño. Bébete esta tila —dijo Mari—. Ay, mi niña, si estás temblando.
—José, llévala a su casa para que se cambie.
—José, ¿me esperas, por favor? Y me vengo contigo.
—Vale, te espero en mi casa.
Estefi llegó a su casa, se duchó y, mientras estaba bajo el agua, se puso a llorar. Cuando terminó, se cambió de ropa y fue a casa de Lucía.
Tocó el timbre y José abrió la puerta.
—Espera un momento y ya nos vamos. ¿Estás más relajada?
—No, José. He pasado mucho miedo.
—Eh, no llores...
Y cuando fue a abrazarla, Estefi lo besó.
—¡Estefi! ¿Qué haces? Tú tienes catorce años y yo diecinueve.
—Ya, pero tú me gustas.
—Estefi, no vuelvas a hacer eso.
—Vale, José. Perdóname.
—No llores, bonita.
—Es que me gustas mucho.
—Estefi, no.
—Vale. No quiero llevarme mal contigo.
—Y ahora vamos a ver a Lucía.
José la miró y pensó:
Madre mía, qué loca está. Ojalá nadie le haga daño.
—José, lo siento. ¿Me perdonas?
—Claro que sí. Nadie se enterará de esto. Anda, vamos.
Mientras tanto, Ana hablaba con su padre.
—Ana, cuéntame qué pasó.
—Papá, yo solo la empujé. Es que me quiere quitar a Adri. No voy a aguantar que una de la barriada me insulte.
—Ana, no me gusta que seas así.
—¿Cómo soy, papá?
—Como tu madre. Y no quiero que seas así.
—Mi madre es una de las mejores diseñadoras de este país. Esa gente no debería mezclarse con nosotros.
En ese momento sonó el timbre y Pablo abrió.
—Hola, Rebeca.
—Hola, Pablo. ¿Está Ana?
—Sí, pasa.
—¡Rebeee!
—Yo no quería...
—Ya, tranquila. Yo te creo, amiga.
En el siguiente mensaje puedo continuar con el capítulo 11 manteniendo el mismo formato de corrección.

El Primer AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora