veinte

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nunca imaginé que la primera vez que estuviera en tu casa sería así;

vivías en una mansión enorme, demasiado grande para solo dos personas.

se sentía fría, vacía y serena,

mientras que la mía siempre había sido pequeña, caótica y asfixiante.

¿a quién llamamos que nos pueda ayudar?, empezaste.

a nadie, por el amor de dios.

maldición, arya, tiene que haber alguien que podamos llamar. no quería escucharte, no era eso para lo que había ido. algún familiar, algún amigo, ¡a cualquiera! alguien nos tiene que ayudar...

sky, ¿es que no entiendes nada? te quedaste helada ante la brusquedad de mi voz. no tengo a nadie. no hay nadie que me pueda ayudar, nadie con quien podamos hablar. ¿por qué crees que lo primero que hice fue venir aquí, contigo? a pesar de saber lo peligroso que es, porque ambas somos conscientes de que tu madre está loca y si me conociera, me odiaría. si se llega a enterar que estoy aquí, me saca a la fuerza y te prohíbe volver a verme. pero vine igual, ¿no lo ves? ¿no te das cuenta de que eres lo único que tengo?

me quebré antes de terminar de hablar, y no me importó.

nunca en la vida me había permitido derrumbarme así,

mucho menos enfrente de alguien.

si no te puedo ayudar no sirvo de nada. por favor, sólo déjame intentar. tiene que haber algo que pueda hacer...

casi me río al escucharte decir eso.

solo yo podía ayudarme a mí misma,

y no tenía fuerzas ni para eso.

no. no tienes que hacer nada, de verdad. solo quedémonos aquí, por ahora. ya veré yo qué hacer, dónde dormir. justo ahora solo te necesito a ti: necesito tenerte cerca. aunque no hagamos nada, aunque no digamos anda, aunque no...

lo vi un segundo antes de que pasara:

cómo te inclinaste hacia adelante,

cómo posaste los ojos en mi boca,

cómo alzaste los brazos para rodearme el cuello.

tus labios se encontraron con los míos

como si se hubiesen estado buscando toda la vida,

y al tenerte así de cerca

mi mente se puso en blanco.

por un segundo olvidé el infierno que estaba atravesando

y me concentré en el calor que emanaba tu piel,

en lo brillantes que sabían las estrellas esa noche,

en que tocarte a ti se sentía como tocar el cielo con las manos.

pero la fantasía no duró más que un instante,

porque la puerta del sótano se abrió de golpe.

y supe más que nunca

que de esa no iba a salir,

cuando escuché una voz que me heló la sangre:

¿se puede saber qué estás haciendo acá abajo?

corazón que no sienteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora