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Al día siguiente como había sido planeado, Paul y yo salimos a desayunar, con la ligera modificación de que tuvimos acompañante, Hannah estuvo pegada a nosotros; bueno, a mí. Es una chica muy divertida, me hizo escupir el jugo en una ocasión y fue vergonzoso, puesto que lo hice en la camisa de él. Obviamente, perdí los colores en la cara pero pronto los recuperé, el karma atacó y ella tiró el vaso de jugo completo sobre la mesa, haciéndonos saltar de nuestros asientos.

Más tarde ese mismo día le dejamos en el apartamento, una sucursal de España tiene problemas y al estar a cargo ella, es quien debe resolverlos. Por primera vez le vi siendo jefe, escuché su voz imponente de mando. Vaya que jamás quisiera tenerla furiosa ante mí, ¡El carácter que se carga!

Müller Seattle, luce impresionante. Desde afuera se ve todo perfecto, me siento en la casa Grey. Al adentrarnos sonreí, mis colores designados fueron los utilizados en el establecimiento, los técnicos terminaban de instalar lámparas y más. Poco a poco luce como una empresa ya montada. En el ascensor hemos aprovechado para hacer aquello que no se nos había permitido por la compañía.

Sylvia Molieri, la perfección en rubio.

Se giró tipo anuncio publicitario, con su dorado y falso cabello volando. Reprimo las ganas de poner los ojos en blanco, que mal me cae.

— ¡Hey, Paul! —Saludó desde su lugar.

Me ignoró.
Era como si fuese un fantasma invisible.
Mientras estuve con ellos no perdió la oportunidad de hacer algún comentario con respecto a mi imagen. Lo que no me hizo ninguna gracia fue enterarme de que ellos salieron a comer juntos. Sentí mi sangre hervir, aunque cuando sucedió no éramos nada. ¿Entonces era ella su conquista y yo el premio de consolación? Los dejé hablando sobre algunos muebles que faltan por llegar para dar por terminado el trabajo. Me sentía muy molesta, bajé al primer piso para sentarme en los sillones que aún mantenían el plástico protector, ¡Con calor y se me cose el culo!

Necesitaba mi casa, dormir, y estaba extrañamente molesta o celosa más bien. Antes no había tenido este sentimiento, ni siquiera tenía claro lo que me pasaba. Entonces tomé la decisión de ir a casa y olvidarme de todo. He dedicado todo mi tiempo a ultimar los detalles del viaje, siempre voy a la editorial y regreso por la tarde directo a la cena. No sé cuál es el motivo directo de mi enojo, lo único que tengo claro, es que lo estoy.

 Los días pasan y continúo sin dirigirle la palabra a Paul, ha coincido con mis días, puede que eso esté interviniendo. Hoy es día especial para papá, Müller abre sus puertas en Seattle, por supuesto que debo acompañarle e inevitablemente me encontraré con cierto ser humano que he evitado durante estos días. Es la hora del almuerzo y muero de hambre, pero no quiero comida de casa, necesito algo menos refinado y repleto de calorías, justo, eso que el señor Grey no aprueba como correcto para el consumo diario de una persona.

— ¿Cuánto más? Llevamos media hora discutiendo sobre esto, y la verdad es que lo que pido no me parece nada del otro mundo.

— ¡Cristo! Phoebe, ya he dicho que no. Claramente no estoy acostumbrado a ese tipo de comida, y tú tampoco. Menos recuerdo haberte enseñado a consumir eso, A no ser que... —Su ceja se enarca lentamente, sin despegar la vista mi, acorta su frase y continúa—: ¿Acaso su madre les ha llevado a escondidas y nunca me enteré?

—Papá, es sólo comida rápida. Juro por la vida que no te va a tragar. —Sigo persuadiéndolo, el hombre más testarudo sobre la tierra es él. —Y puedes tener por seguro que mi madre no haría eso de lo que le acusas, a lo mucho, ella se pondría frente a tus narices para anunciar que nos lleva. ¿Vamos?

—Estás muy loca si crees que yo voy a ir a uno de esos lugares, Phoebe. Si tantas ganas tienes de comida chatarra, llama para que lo traigan o dile a Gail que te preparare algo y ya.

LA HIJA DE GREY (ONE)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora