Tragedia en una imprenta

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 Era un viernes 13 de octubre del año 1972 y como no, otro aburrido día mas que pasaba dentro de la imprenta, todos mis compañeros estaban despatarrados en sus escritorios del cansancio de saber que hace tiempo solamente escribimos estupideces que nadie lee. Aún así todo iba a cambiar en cuestión de segundos. Nuestro jefe, como siempre dándose el lujo de llegar tarde, entró de una forma más calmada y con una sonrisa, su saco colgó en el perchero y me señaló. -¡Vos! ¿qué haces ahí quieto? ponéte a escribir ya mismo, ¡no ves que tenemos un notición?!!- la limpiadora miraba de reojo y en mi escritorio cayó el diario de nuestra competencia. Un equipo jóven de rugby había tenido un accidente en la Cordillera de los Andes, por un lado era tremenda macana pero prefería mil veces escribir este tema antes que otras estúpidas noticias sin importancia. Mis compañeros no demoraron en preguntarse que era lo que sucedía y fue ahí cuando les comenté. 

-Muchachos, al fin vamos a dejar de escribir mentiras al país, esto si es serio, cuarenta y cinco jóvenes están desaparecidos en los Andes -trataba de contagiar el entusiasmo a mis compañeros-.

-¿Y cómo sabemos que están desaparecidos?- una estúpida pregunta llego a mis oídos-.

-Simple nena, nunca llegaron a su destino, ¡no es tan difícil! -detestaba la preguntas obvias-. 

Mientras continuamos charlando del suceso, a la limpiadora le resultó imposible no escuchar lo que sucedió y con un gran nerviosismo se acercó a nosotros. 

-¿Escuché mal? ¿dijiste equipo de rugby? ¿cuántos eran? -Las preguntas se respondieron solas al darle el diario-.

 De repente entro en pánico y comenzó a sudar litros. A duras penas, mientras se sentaba para tranquilizarse, nos explicó que uno de los jugadores era su hijo, ante tanto desorden el jefe no demoro en salir de su oficina. 

-¿Qué pasa acá? ¿por qué tanto ruido? empiecen a escribir de una vez ¿puede ser? 

 Al contarle lo que había ocurrido, aún más contento se puso al enterarse que su limpiadora era la madre de uno de los desaparecidos, el muy descarado no dudo un segundo en aprovechar este infortunio. Entrevistas y más entrevistas son las que le hice y realmente me caía pesado, no sentía que era necesario exprimir hasta la última gota de nervios de esta pobre madre, pero por otro lado ésta era la única fuente que ella disponía de enterarse de lo que sucedía con su hijo. Los días pasaron y todo Montevideo estaba alerta, pero un martes por la tarde una nueva noticia había llegado a nuestros oídos, la búsqueda se había cancelado y dado por desparecidos a los jóvenes. La imprenta volvía a sus días normales, el jefe directo a su oficina llegando a las tantas y sin decir un «hola», los zapatos de mis compañeros se encontraban otra vez encima de sus escritorios y yo el único preocupado mirando la puerta por la cual entraría la limpiadora. El momento llego, el pestillo se giro y preocupada como siempre se me acercó, tome sus manos y una lágrima cayo.

-La búsqueda terminó María, los consideran desaparecidos.

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