Capítulo X

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Jehanna

Las calles polvorientas de Jehanna estaban tan atestadas como Sye las recordaba de las últimas veces en que había estado allí, pero el ambiente era distinto.

No podría haber dicho que se trataba de algo en particular: a simple vista todo lucía normal y corriente, con los vendedores ambulantes pregonando a viva voz sus mercancías y el sonido lejano de los martillos golpeando la piedra en la mina de cobre. Los tenderetes, como siempre, se hallaban llenos de artículos de vibrantes colores y aquellas calles que se habían formado sin planificación alguna, laberínticas y estrechas, estaban llenas de gente yendo en una dirección y en otra.

Por un momento se preguntó si la sensación sería obra de su propia paranoia, pero, a partir de la mal disfrazada expresión nerviosa de Huria, podía deducir que no era la única que lo había notado. Era como si hubiese un fantasma nebuloso flotando en el aire, invisible y espeso. Se lo podía respirar en la tensión que alargaba los silencios y disminuía el volumen de las conversaciones alrededor. Parecía como si todas las miradas fuesen furtivas, como si todas las sonrisas escondiesen sospechas... como si todos los oídos estuviesen expectantes, atentos a escuchar una sola palabra, un solo indicio.

Como si esperasen que sucediese algo.

¿Tendría que ver con el incidente del ditrelisio? Sus peores presagios le susurraban que sí y aquello no dejaba de inquietarla en el peor de los modos.

Habían transcurrido cinco días.

Desde que ella y Arlo se unieran a Huria y Razzan, no habían hecho más que caminar en dirección a la pequeña ciudad, evadiendo en todo momento los caminos para no toparse con nadie. Huria no había hablado casi nada durante todo el trayecto ―Arlo, desde luego, tampoco lo había hecho― y Razzan se había comportado tal y como lo había hecho cuando viajaban en los carromatos. Como si nada hubiese sucedido. Sye había terminado siguiéndole la corriente con la esperanza de descubrir alguna cosa sobre ellos.

No había sido capaz de averiguar mucho; sin embargo. No había obtenido ninguna respuesta, pero las preguntas seguían surgiendo, una después de la otra, encadenadas y ramificándose en un millón de direcciones.

Tenía una teoría, eso sí. Le daba vueltas y vueltas en su cabeza y, aunque no lograba encontrar algún indicio que pudiera probarla, le parecía que lo único capaz de explicar el hecho de que Huria y Razzan se salvasen de la explosión de ditrelisio era la magia.

Tenía que serlo. No había otro modo.

Pero sus ojos verdes, esos ojos a los que usualmente no se les escapaba nada, no habían logrado captar nada que indicase que Huria o Razzan fuesen hechiceros. De hecho, al igual que la gente común y corriente, no parecía que controlasen el espíritu en absoluto, en especial Huria, de quien la energía se desparramaba a diestra y siniestra cuando refunfuñaba.

Iba tan ensimismada en sus propios pensamientos que casi perdió de vista la figura gruesa del calvo hombretón cuando dobló abruptamente hacia un callejón.

―Por aquí ―le gruñó Razzan con tono de advertencia.

La sensación de desasosiego no hacía más que crecer. Arlo le dio un vistazo de inconmensurable molestia y ella le apartó la mirada. Ahora no tenía tiempo para soportar sus ojos inquisitivos. No había podido explicarle nada y le era bastante obvio que el muchacho tenía demasiadas preguntas y se encontraba cada vez más irritado.

El manchón de color mostaza que percibió con el borde de su visión disparó la alarma en su cabeza.

―Arlo, espera ―dijo, tratando de no alzar mucho la voz.

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