Venus no cree en las maldiciones...
Hasta que una bruja de circo la maldice.
Viéndose atrapada en la desgracia, sin trabajo, sin hogar y sin dinero, acaba en un circo, dónde el dueño resulta ser su gusto culposo, el cliente que siempre llegaba al ba...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¿Qué quieres decir con que mi mamá está en tu apartamento?
—No, Venus —responde Lena lentamente, como si estuviera hablando con un bebé—. Dije que tu mamá estuvo en mi apartamento.
—Bien —me escondí detrás del puesto de hot dogs, tratando de no respirar el olor a carne y aceite— ¿Dónde está ahora?
No necesito escuchar la respuesta de Lena, pues una mujer de cabellos negros pasa enfrente del puesto de Hot dogs, camino a la carpa.
Soy mujer muerta...
—Necesito salir de aquí —susurro, apretando el teléfono contra mi oído.
—Buena suerte, amiga de mi vida.
La condenada de mi mejor amiga cortó la llamada, dejándome con la palabra en la boca.
Tengo dos opciones:
1-Voy a saludar a mi mamá y me disculpo por no haberle llamado para explicarle mi situación actual.
2-Me escapo y vuelvo hasta que sea hora del show.
¿Dónde está la salida? Por la derecha.
Salgo espació detrás del puesto sin quitarle la vista de su espalda. Está a unos pasos de mi, pero puedo salir sin ser vista, lo he hecho miles de veces en mi juventud, una vez mas no será problema. Me doy la vuelta, preparándome para correr cuando una mano me detiene por el brazo.
—¿A dónde vas, Venus? ¿No quieres saludar a tu mamá?
Maldita sea Gina y su brujería de circo.
Me doy la vuelta lentamente, sonriéndole y aprovecho su momento de confusión para empujarla contra los hotdogs y salir corriendo.
—¡Maldita seas, niña estúpida! —grita, pero ya estoy huyendo de las dos brujas de mi vida.
¿Qué más da? Ya estoy maldita.
Suspiro aliviada al encontrarme a Arlet subiendo a su coche y sin pensarlo dos veces, corro hacia él, abriendo la puerta del copiloto y entrando sin esperar una invitación.
—No preguntes y acelera, vaquero —le ordeno mirando hacia el frente.
—Como usted ordene, mujer apestosa a salchichas.
Olfateo mi camisa, arrugando mi nariz con el olor a aceite y embutido. Si, apesto a salchichas.
—Ni se te ocurra meterme en la jaula de Kotik con este olor —le amenazo, apuntándole con mi dedo indice, a lo que él ríe.
—Plan arruinado.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.