Fresas y nata

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Los tacones hacían eco por todo el piso. 

Acabandome de pintar los labios me miré en el espejo del cuarto de baño. Tampoco iba de gala pero no quería parecer una pordiosera, aún me quedaba sentido común. 

Los nervios los tenía a flor de piel y el reloj ya marcaba las nueve. 

- Voy  tarde genial - susurré para mi misma. - Si las primeras impresiones son las que cuentan...

Aún y siendo consciente de mi tardanza no podía reaccionar, había algo que me daba miedo de subir allí arriba y no era por el hombre que me había abierto las puertas de su casa. Era por mi, por cómo mi cuerpo reaccionaría al volverlo a ver. 

Por cómo se me extendía esa sensación de fuego en el vientre cada vez que lo veía. 


Si ser casi consciente ya estaba cerrando la puerta del piso y picando al ascensor. Mis respiraciones eran lentas y me estaba intentando calmar mentalmente. 

- Sólo es un hombre, también tu jefe buenorro, pero es solamente un chico más.- pero ese pensamiento me duró hasta que se abrieron las puertas del ascensor y vi la única puerta que había en el último piso del bloque inmenso. 

Sin perder la compostura y tensando los hombros me encaré hacia la puerta e hice sonar el timbre. 

En menos de un minuto se abrió la puerta y tenía delante un torso definido y apretado bajo una camisa blanca que me incitaba demasiado. 

- No me gusta que me hagan esperar señorita Evans - ya empezábamos bien. - Pero por ser usted se lo voy a dejar pasar esta vez. 

Me dejó pasar y noté como la palma de su mano se dejó caer en la parte baja de mi espalda, acompañándome y guiándome por el apartamento que parecía no tener fin. 

- Vaya tiene un piso muy bonito señor...- no pude terminar. 

- Ahora que está usted aquí aún lo es más- con eso me callé por completo y sentí mi corazón retumbar por dentro. 

- La verdad es que tengo hambre.- tonta, tonta, tonta.

Él en cambio rió, mientras yo me autoflagelaba por dentro. 

- Vamos, no quiero que se quede con hambre hoy. - y gracias a Dios que cuando nos sentamos en la mesa pudimos hilar una cálida sobre la empresa y mi ascenso. 


Al final de la cena nos sirvió a ambos una copa de vino blanco y trajo dos bolecitos con fresas y nata montada. 

- Espero que te gusten, a mi me vuelven loco - susurró esto último y yo asentí como una boba mientras mordía un trozo de mi fruta favorita. 

Sin darme cuenta y no sé en qué momento, se acercó a mi y sentí su reaspiración mezclarse con la mía. Con los labios entreabiertos y respirando a duras penas, clavé mi vista en sus ojos. Pero estos miraban hacía mi boca y me sentí desfallecer cuando se acercó y repasó mis labios con su lengua. 

- Nunca jamás me había vuelto algo más loco que el sabor de las fresas y ahora me doy cuenta de que era porque no las había probado de tus labios. 

No sé si fue la líbido del momento o el cómo había arrastrado aquellas palabras con total sensualidad pero me lancé completamente hacia él. 

El momento en el que su boca hizo contacto con la mía me dieron igual las fresas y todo lo demás. Nos estábamos devorando ambos, brutalmente, sin delicadeza, como culminando algo que jamás habia empezado. En ese beso había ansia, había pasión contenida. 

Pude escuchar como una copa caía y se hacía mil pedazos contra el mármol del suelo, pero en ese instante ambos estábamos centrados en una sola cosa. 

En nosotros mismos y en nuestros cuerpos que parecían ya conocerse. 

Poco a poco su boca abandonó la mía y me miró con los ojos llenos de lujuría y lascividad. Sus manos rasgaron la tela de mi blusa y esta dejó al descubierto mis pechos. 

- Alguien quería provocarme hoy un infarto, ¿no es así Carla?- le contesté como pude entre medias de un gemido. 

- Mmmh, no era mi inten...intención.

Y tal y como esas palabras salieron por mi boca, él cogió ambos pechos y empezó a lamer mis pezones. 

- Si ya estás así con esto espérate a provar el final del postre. 

Y con esa frase y sus besos, mi cuerpo se arqueó contra él buscando de su calor. 



F R E N E S ÍHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora