Agoney respiraba profundamente, intentando recuperar el aliento tras correr unos 15 kilómetros. Esperó a Alfred que le seguía como buenamente podía. Habían quedado esa mañana para correr tras varias citas en las que descubrieron que podían ser los mejores amigos y la peor pareja del mundo. Estiró sus piernas y brazos hasta que Alfred se tiró a sus pies, provocando un ataque de risa totalmente involuntario en el canario.
- ¡Muchacho! Eres un exagerado... Llevamos corriendo ya varias semanas, deberías estar acostumbrado.
- ¡Nunca! ¿Me oyes Agoney? Nunca me acostumbrare a correr. Si no huimos de nada, ¿por qué corremos? - la voz desde el suelo de Alfred llegaba entre jadeos y lloriqueos. Su amigo se quejaba mucho pero siempre intentaba superar sus límites, admiraba eso en Alfred. Nunca se daba por vencido. - Deberíamos empezar a tomar esos batidos que te dan super energía. Eso o quedar para desayunar churros como una persona normal.
Agoney le lanzó la botella isotónica y se río. Algo llamó la atención en la distancia. Un tupé rubio y una melena más rubia todavía se alejaban por el paseo.
- ¿Qué miras? Ahhh si son Raoul y Nerea. ¡Chicos!!! - el catalán les grito pero estaban demasiado lejos para saber que los berridos del paseo iban dirigidos a ellos.
- ¿Qué haces? ¡No grites! - Agoney se puso nervioso y no le gustaba. Se le marcaba demasiado el acento y se sentía vulnerable. Alfred lo miró con gesto interrogante. - No somos tan amigos, ¿no?
- ¿Qué pasa Agoney? ¿Te gusta el camarero? Porque me imagino que Nerea no será así que por descarte... - la sonrisa en la cara de Alfred denotaba que le estaba tomando el pelo y que lo estaba disfrutando. Habían empezado a caminar en la otra dirección que los rubios, rumbo a la cafetería de siempre. - Te entiendo, ¿eh? Es un tío guapísimo aunque es un poco raro.
Alfred siguió haciendo comentarios sobre Raoul, el famoso nuevo camarero de su cafetería favorita que había aparecido de repente y que Agoney no conseguía quitarse de la mente. Había algo en ese chico que le intrigaba. No estaba seguro sobre qué tipo de sentimientos despertaba en él pero cada vez tenía más curiosidad por conocerlo. Siempre le recibía con una sonrisa cuando entraba por la puerta y, sin pedirlo, le llevaba un capuccino con pequeñas estrellas de chocolate sobre la espuma. Algunos días le regalaba una pequeña cookie casera y otros tenía el placer de degustar el maravilloso bizcocho de chocolate que hacía Mireya, la otra nueva camarera. Se había acostumbrado a Raoul y sólo le había costado un par de semanas.
- Alfred, me voy para casa. - No había prestado atención al último monólogo de su amigo, sabía que no se lo iba a tener en cuenta. - Tengo una entrevista con la "matchmaker" y me acabo de acordar... Luego te llamo, gatito. - Le dio un sonoro beso en la mejilla y se alejó corriendo. Alfred lo miró desaparecer y suspiro. Ojalá Agoney escuchase un poco más a los demás y se dejase ayudar.
Agoney había quedado con la señorita Guerra en su lugar de operaciones. El salón de su casa en un barrio céntrico de la ciudad. La casa estaba decorada de una forma muy moderna, nada de lo que se había esperado Agoney tras la exhaustiva investigación que había llevado a cabo. La casamentera era una chica joven, muy simpática que le había explicado con todo lujo de detalles cómo funcionaba su trabajo. Era bastante sencillo a priori. Tenía una pequeña base de datos de gente que buscaba pareja y ella los presentaba intuyendo que parejas podían funcionar. Era algo muy parecido a las grandes páginas de contactos pero basándose en la intuición de una mujer en vez de datos estadísticos. El reportero guardó su grabadora y sus apuntes para despedirse de la agradable chica. Pero ella le interrumpió. Le ofreció algo que Agoney nunca se había imaginado.
De vuelta a la cafetería, su base de operaciones, no podía evitar darle vueltas a su conversación con Ana, la casamentera. Le había ofrecido su ayuda. Decía tener algunos candidatos perfectos para él y Agoney no se había podido negar. Pero ahora estaba algo preocupado. ¿Por qué todo el mundo intentaba emparejarlo últimamente? Todo esto resultaba un tanto desagradable. Se sentó en su sillón y ni se molestó en mirar hacía la barra. Mireya se acercó enseguida para preguntarle qué quería. Pidió un café americano. Necesitaba la cafeína para despejarse y mantenerse despierto. Le quedaba muy poco tiempo para presentar su reportaje y no tenía ni idea de cómo enfocarlo.
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EPIFANÍA
FanfictionAgoney no cree en el amor. Hace tiempo que se dedica a vivir sin pensar a largo plazo. Pero alguien tiene otros planes para él. A veces el amor es cosa de dos o de más...
