Capítulo 8

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Amaia

Me quedo paralizada, no sé como reaccionar. Se acerca a mí y me abraza a la vez que no para de susurrarme lo mucho que lo siente y yo, intento calmarlo utilizando un tono dulce mientras acaricio su nuca con la mano sobrante. Tras relajar nuestras respiraciones decido que es un buen momento para las explicaciones. Me separo y le muestro que quiero saber la verdad de su comportamiento, agacha la cabeza y me pide sentarnos juntos frente al lago, no puedo ni quiero negarme.

-Te quiero Amaia, no se cuando ni cómo pero ha pasado- suelta mirándome con sus ojos cristalinos mientras yo tengo un cúmulo de sensaciones, lo que siento es correspondido y no podría estar más feliz. Me ha sacado una sonrisa desde la primera frase y me siento mal cuando veo que mira hacia bajo, admitiendo algo que no es. Me armo de valor y le beso.

Sus labios, al principio sorprendidos, se mueven junto a los míos. Nos separamos y alcanzo a susurrar entre toda la emoción que siento.

-Yo también te quiero Alfred- y volvemos a perdernos entre nuestros labios, descubriendo al otro.

Después de caricias y besos estamos tumbados en el césped. Escucho latir su corazón gracias a mi cabeza en su pecho y es algo fascinante mientras él me acaricia el pelo.

-Soy tan feliz ahora mismo, nunca llegué a pensar que esto podía ser real- comento rompiendo el cómodo silencio

-¿Esto?- pregunta mirándome

-A un nosotros

La sonrisa se esfuma de su cara y se levanta, haciendo que lo imite.

-Amaia, no podemos estar juntos- una bala directa al pecho

-P-pero ¿por qué?

-Tienes 16 años, todavía estás estudiando mientras que yo tengo 22 y trabajo. No puedo ponerte en el ojo de la prensa, no quiero que te hagan daño

-Me importa una mierda lo que diga la gente, yo sé que te quiero- exlamo enfadada a la vez que me levanto. No me creo que se quede sin luchar por sus sentimientos, por nosotros.

-Yo también te quiero pero, ya no es por lo que diga la gente, soy 6 años mayor que tú y, ahora mismo, estoy cometiendo un delito- imita mi gesto e intenta tocarme pero yo huyo de su contacto.

-Para el amor no hay edad Alfred y, aunque es la típica frase, me duele. Me duele que no quieras luchar por mí, por un nosotros- digo derrotada y con lágrimas en mis ojos

Corro hacia casa mientras escucho mi nombre a través de gritos desesperados.

Llego sin saludar a nadie para refugiarme en mi habitación y llorar.

Lloro por lo que pudo ser y no será

No me salen las cuentasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora