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Capítulo 7


​—Te quedarás sola.
​—Fue tu culpa.
​—Vivirás en el infierno.
​—No eres mi hiha. Yo no tengo hijas.
​—¡Fue tu culpa!

Abrí los ojos de golpe.
Mi respiración estaba agitada y sentía el pecho pesado. Volteé hacia la otra cama y vi a Verónica profundamente dormida. Miré mi celular: apenas eran las cinco de la mañana.

Me senté lentamente y me pasé ambas manos por el rostro intentando tranquilizarme.
Otra vez.

Los recuerdos sobre mi madre habían vuelto.
Hacía demasiado tiempo que no soñaba con ella y odiaba la forma en la que esos recuerdos seguían teniendo poder sobre mí. Esa impotencia. Ese dolor. Esa desesperación que parecía querer arrancarme el aire de los pulmones.

Solté un suspiro tembloroso y me levanté de la cama. Todavía estaba oscuro afuera, pero no quería quedarme encerrada pensando.

Me puse ropa deportiva, guardé mi teléfono y mis audífonos, tomé mi arma y mi placa, cosas de las que por ley jamás me separaba, y salí del edificio sin hacer ruido.

Necesitaba correr.
Necesitaba sacar todo de mi cabeza.
Comencé trotando despacio mientras la música sonaba en mis oídos, pero conforme los recuerdos regresaban, mis piernas empezaron a moverse más rápido. Y más rápido.

Hasta que terminé corriendo como si estuviera huyendo de algo. O de alguien.

El aire frío golpeaba mi rostro mientras mi respiración se volvía pesada y descontrolada. No me di cuenta de cuánto había avanzado hasta que el cansancio me obligó a detenerme.

Me incliné un poco hacia adelante intentando recuperar el aire. Y entonces sentí algo. Una presencia.

Miré de reojo y vi a un hombre acercándose por detrás.
Intenté ignorarlo, de verdad lo intenté pero segundos después otro sujeto apareció frente a mí. Me estaban acorralando.

—¿Quiénes son? —pregunté seriamente mientras mi mano se deslizaba hacia el arma escondida en mi cintura.

—Tranquila, preciosa, no te va a pasar nada —dijo uno de ellos con una sonrisa desagradable.

En cuanto ambos estuvieron lo suficientemente cerca saqué mi pistola y les apunté sin dudar.

—¡Alto!
Los dos soltaron una carcajada.

—Calma, reina. No juegues con cosas que no sabes usar.

Disparé hacia el suelo. El estruendo hizo que ambos retrocedieran inmediatamente. Me acerqué despacio sin bajar el arma y saqué mi placa.

—Soy oficial, idiotas. Consideren esto una advertencia. Si vuelvo a verlos por aquí, se van directo a prisión.

Los dos levantaron las manos en señal de paz mientras caminaban hacia atrás.
—Lo sentimos… solo estábamos jugando.

—Pues búsquense otro juego. Ahora lárguense.

No esperé respuesta.
Guardé el arma y seguí caminando mientras les enviaba un mensaje a Hanna para distraer mi mente.
Si hubiera estado fuera de misión, esos dos imbéciles habrían terminado encerrados.
Pero las reglas eran claras.
La misión iba primero.
Siempre.
—¿Rebeca?

La InfiltradaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora