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CAPÍTULO 4
—Despierta…
Escuché la voz de Verónica a lo lejos junto con varios movimientos sobre mi cama.
Abrí los ojos lentamente, confundida por un segundo.
Hasta que recordé dónde estaba.
La universidad.
La misión.
Los sospechosos.
Me maldigo mentalmente por no estar preparada.
—¡Es tu primer día! —dijo Vero emocionada.
Ella ya estaba bañada, maquillada y completamente arreglada.
Miré la hora.
—¿Desde cuándo estás despierta? Apenas son las seis.
—Desde hace una hora. Tenemos que arreglarnos bien, eres la chica nueva. Todos van a hablar de ti.
Sonrió emocionada como si aquello fuera algo increíble.
—¿No te emociona? Imagínalo: toda la atención encima de ti.
La miré unos segundos antes de levantarme lentamente.
—Definitivamente tú y yo tenemos conceptos distintos de diversión.
Ella soltó una carcajada mientras yo caminaba al baño todavía medio dormida.
—¡No tardes! Aún falta arreglarte.
—Hablas como mamá —murmuré desde dentro del baño.
Escuché su risa del otro lado.
Mientras el agua caliente caía sobre mí, mi mente comenzó a imaginar algo que jamás pasó.
Mi madre despertándome para mi primer día. Preparándome desayuno. Diciéndome que me apurara o llegaría tarde.
Una escena normal. Simple. Imposible.
Cerré los ojos con fuerza.
No tenía sentido pensar en cosas que nunca sucederían.
Cuando terminé de arreglarme salí usando un pantalón de mezclilla, una blusa negra y tenis del mismo color.
Sencillo. Cómodo.
Verónica me miró decepcionada.
—Te ves bonita, pero podrías verte increíble.
—Con esto estoy bien.
—Un poco de maquillaje no mata a nadie.
—Las pestañas postizas sí podrían matarme a mí.
Terminó resignándose y salimos rumbo a la universidad.
Apenas entramos al campus vi a Elizabeth hablando con un chico.
Algo iba mal.
Incluso desde lejos podía notarse la tensión.
Entonces él la empujó.
Elizabeth retrocedió involuntariamente.
Fruncí el ceño inmediatamente.
Seguí caminando.
El chico volvió a empujarla, esta vez con más fuerza.
Y ahí se acabó mi paciencia.
—¡Hey!
Los dos voltearon.
Elizabeth tenía los ojos rojos. Estaba claro que había llorado.
—¿Qué quieres? —preguntó el tipo con fastidio.
—Preguntarte por qué demonios la empujaste.
—No te metas. Lárgate.
Me crucé de brazos.
—No pienso irme hasta que me des una buena razón para tratarla así.
—Beca, no pasa nada —murmuró Eli—. Déjalo.
La ignoré.
—Tienes tres segundos para responderme.
El chico soltó una risa burlona.
—¿Y si no qué?
Sonreí apenas.
—Uno… dos… tres.
Le di un puñetazo directo en la cara y después una patada entre las piernas.
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La Infiltrada
AcciónDicen que el miedo puede destruirte. A mí me convirtió en un arma. Me llamo Rebeca Morgan. Tengo veinte años y desde los cinco vivo encerrada en un internado que jamás apareció en ningún mapa. Un lugar donde no existen los cumpleaños, los juegos ni...
