CAPITULO OCHO

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Las estaciones pasaron como un sueño y de repente ya era diciembre. El entrenamiento ha terminado y nos dirigimos a la salida, juntos. El viento quema mi piel como un cuchillo, pero su mano devuelve el color a mis mejillas.

—Bésame, Javi...—suplico en cuanto nos quedamos solos en mi habitación de hotel.

Por toda respuesta, él se abalanza sobre mí y devora mi boca con tal intensidad que siento un choque eléctrico atravesándome por completo, dejándome sin aliento.

La habitación deja de existir y solo estamos nosotros dos, amándonos.

Sus manos grandes y fuertes que aprisionaban mi cintura, empiezan a recorrer mi cuerpo provocándome espasmos.

El corazón me palpita a mil, mi sangre hierve de deseo mientras su hábil lengua danza junto a la mía.

Entonces me doy cuenta que el amor y el dolor son tan parecidos:

Los necesitas para darte cuenta que sigues vivo. Aunque al final, ambos te destruyan por completo dejándote en ruinas y vacío.

Pero ya no me importa. Prefiero destruirme a vivir sin su cuerpo encima del mío, mientras me aferro a él como un náufrago a su salvación.

—Te amo, Javi, no me dejes nunca.

Javi sabe qué punto tocar para estremecerme, para hacerme perder la razón y suplicar por más. Incapaz de contenerme, mi mano toma su palpitante erección, guiándola hacia donde más la necesito. Él se desliza dentro de mí y nos fundimos en un solo ser.

Mis gritos de placer y su respiración agitada resuenan por toda la habitación. Estoy cerca, muy cerca. De repente, una corriente eléctrica recorre mi espalda y me consume por completo. Siento como si mi alma se desprendiera de mi cuerpo y explotara en miles de fuegos artificiales.

Poco después, Javi derrama su semilla dentro de mí y cae desfallecido a mi lado.

Intento acercármele, pero él se cubre hasta la nuca y me da la espalda. Puedo sentir su frialdad donde antes había calidez.

—Javi, ¿Qué sucede? — pregunto angustiado. Tiro de la sabana que se interpone entre nosotros pero él aparta mi mano.

Se levanta de la cama y voltea hacia mí:  su mirada es fría, vacía. Como si yo no existiera.

Me aferro a él, le suplico que no me deje, pero no me escucha.

—Eres tan patético, me das asco—escupe con odio, antes de marcharse.

Me quedo tendido en el piso mientras la opresión en mi pecho crece cada vez más y amenaza con hacerme enloquecer.

Duele, duele tanto. ¿Por qué no deja de doler?

Todo se hace cada vez más borroso, más difuso, hasta que logro ver una luz, brillante, cálida, perfecta. La luz irradia comprensión, tranquilidad, amor y me llama, susurra mi nombre, me pide que me haga uno con ella.

Avanzo hacia ella, hipnotizado por sus promesas de un mundo sin dolor, cuando escucho, a lo lejos, una voz conocida. Una voz de mujer, sollozando:

—Yuzu, hijo, vuelve, no me dejes todavía.

Perdóname, mamá. Todo es mi culpa, nunca debimos salir de Japón. Debimos quedarnos en Sendai, viviendo una vida sencilla, tranquila, indolora. Una vida sin él.

De repente, la luz desaparece y empiezo a caer.

Siento el viento acariciando mis mejillas, preparándome para el impacto mientras floto en la nada.

El suelo cada vez está más cerca. Antes de estrellarme, su mirada cruel es lo último que veo.

«Eres tan patético, que me das asco»

Cuando abro los ojos, me enfrento ante el techo de una habitación desconocida. Confundido, miro a mi alrededor y me doy cuenta que estoy en un cuarto de hospital. Solo.

Escucho voces afuera y de repente, la puerta se abre y una figura familiar aparece por la misma.

Es Brian, quien al ver que he despertado, se acerca a mí y me envuelve en un efusivo abrazo. Aún estoy un poco adormilado, así que me limito a dejarme consentir. Él se aparta después de un rato y noto que una lágrima escurre por su mejilla. La limpia con el dorso de su mano mientras sonríe, aliviado.

—Gracias a Dios estas bien, temimos lo peor. Qué bueno que Javi te encontró a tiempo o si no...

Al oír su nombre, salgo de mi estupor y trato de incorporarme, mientras lo busco con la mirada.

—Javi, ¿Dónde está Javi?

Sin embargo, estoy muy débil por el ataque de ayer y no logro levantarme de la cama. Brian toma mi mano, en un intento por tranquilizarme. Me relajo un poco, pero todo se va al caño cuando Brian empieza a hablar de nuevo.

—Tuvo que irse, pero nos encargó que cuidáramos de ti. No podía quedarse, él y Miki van camino a España para anunciarle su compromiso a sus padres y quizás regrese en una semana o dos, aún no lo sabemos.

Aunque soy totalmente consciente que Brian ignora lo que ha sucedido entre nosotros y sus intenciones son buenas al contarme todo esto, sus palabras me hacen mucho daño.

Terminan de matar la poca ilusión que aún quedaba dentro de mí.

Rompo en llanto como si fuera la primera vez desde que esta pesadilla comenzó.

Lloro con todas mis fuerzas, con desesperación, con rabia contenida.

Lloro hasta que los sollozos sacuden mi cuerpo y Brian espantado llama a gritos a la enfermera.

Lloro hasta que ya no hay lágrimas que derramar.

Hasta que ya no siento nada.


TRES SON MULTITUDDonde viven las historias. Descúbrelo ahora