-Capítulo 8-

144 28 20
                                        

- No me pondré esto- Señalo con asco las prendas.

- Sí lo harás.

Nos estamos refiriendo a un top negro con una minifalda roja que apenas cubría la cuarta parte de mis muslos, unas mallas negras y botas con altísimos tacones.

- ¿Botas en verano? ¿Quieres que me muera de calor o qué? ¿y esos tacones? - me quejo.

En verdad éste no es mi estilo. Soy más de pantalones vaqueros con camisetas y deportivas o vestidos y sandalias. Recuerdo que la última vez que me puse minifalda fue cuando unas compañeras de clase me llevaron a un club. No quiero contar cómo babearon todos los borrachos pidiendo bizcocho.

- No puedo ponerme esto...me parezco a una prostituta.

Rayan estaba sentado encima de la cama con los pies tendidos y la cabeza sobre la almohada esperando a que yo aceptara.

- Esa es la idea.

- ¿Idea de qué? Rayan no llevaré puesto esto.

Se levanta de la cama y anda hacia mi dirección hasta quedar en frente de mí. Doy un ligero paso hacia atrás para mantener distancia pero me agarra de la mano y me empuja contra la pared. Ya es la segunda vez que hace esto. Tiene que dejar de hacerlo.

- Escúchame bien, te lo pondrás. Tienes cinco minutos.

Dicho esto, aparta su mano de la mía y se aleja hasta salir de la habitación.

(...)

-No puedo creer que lleve puesto esto.

Nos encontrábamos en el coche, en dirección hacia quién sabe dónde. Veo abundantes árboles a un lado y al otro de la careterra.
Rayan llevaba lo típico, unos jeans negros con una camiseta blanca. Tenía su pelo recogido en una coleta lo que le hacía relucir extremadamente sexy.

Este viaje se me hacía eterno. Lo único que podía hacer era mirar a través del cristal esperando a que llegue el momento de la bajada. Pasamos al lado de un parque realmente bello, lleno de flores. En un banco, un señor que aparentaba los setenta años sostenía un libro entre sus manos. De inmediato supe para qué. En un par de segundos su nieto apareció muy feliz esperando a que su abuelo le lea.

Nunca conocí a mi abuelo en persona. Mi madre me enseñó unas cuantas fotos con él cuando participó en la Segunda Guerra Mundial como militar. Fue la mayor contienda bélica de la historia, con más de cien millones de militares movilizados y un estado de guerra total en que los grandes contendientes destinaron toda su capacidad económica, militar y científica al servicio del esfuerzo bélico, borrando la distinción entre recursos civiles y militares.
Así mismo, fue marcada por hechos de enorme repercusión que incluyeron la muerte masiva de civiles y los bombardeos intensivos sobre ciudades.

Mi abuela en cambio, se llamaba Lillian Gutteridge y fue una enfermera que participó en la evacuación de los ejércitos alíados en Dunkerque. Según me dijo mi madre, fue una de las últimas enfermeras en abandonar Francia. Su ambulancia fue detenida por un oficial de las SS que le ordenó entregar a los heridos que transportaba. Lillian abofeteó al oficial, que respondió clavándole un cuchillo en el muslo. Antes de que todo se pusiera peor, el oficial fue abatido por soldados del regimiento escocés Black Watch en retirada. A pesar de su herida, mi abuela condujo la ambulancia hasta llegar al ferrocarril que se dirigía a Cherburgo. Durante el trayecto recogió otros soldados franceses y británicos heridos. Días más tarde consiguió llegar a Inglaterra con sus pacientes.

Una heroína.

Según Rayan me dijo, nos faltaba poco para llegar. Al parecer el tiempo tampoco estaba a mi favor. Hacía mucho calor y con las botas que llevaba, aún más. Había cerrado un momento mis ojos porque me sentía cansada. Cansada de todo y también poque sólo dormí un par de horas.

Rayan #Wattys2019Donde viven las historias. Descúbrelo ahora