Desde que el mundo es mundo, humanos, vampiros, brujos y licantropos han vivido una suerte de coexistencia seudo pacifica que podría describirse como "vive y deja vivir"
Magnus es un antiguo vampiro que si bien disfruta de los placeres de la vida mo...
Los asesinatos seguían pesando en la mente de Magnus, aunque intentaba disimularlo con elegancia. Luke pasaría esa noche por su departamento para compartir la información del caso, y hasta entonces Magnus tenía unas horas libres que prefería no desperdiciar.
En lugar de quedarse inquieto en casa, decidió ocuparse de otro asunto que había surgido recientemente, cuando Simón le habló del nuevo director de la editorial con la que colaboraba. El joven Lewis, con su insistencia habitual, había logrado que Magnus prometiera hablar con el hombre para aclarar los términos de su contrato.
Pocas cosas irritaban tanto a Magnus como perder el tiempo en conversaciones previsibles. El viejo Whitehouse se había jubilado hacía poco, y su hijo —demasiado joven, demasiado confiado— había tomado el mando con la intención de "modernizar" todo. Era evidente que ese plan no incluía respetar los tratos que su padre había mantenido durante años.
Eran casi las seis de la tarde. El cielo de Seattle estaba cubierto por nubes densas y el viento húmedo anunciaba que la lluvia no tardaría. Magnus entró al edificio de la editorial con paso firme y subió al último piso sin esperar que lo anunciaran.
—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó una mujer desde el escritorio al final del pasillo.
—No, cariño. Sé perfectamente adónde voy —respondió él con una sonrisa cortés.
La secretaria apenas tuvo tiempo de parpadear antes de verlo entrar sin golpear a la oficina principal.
Un hombre de unos treinta años levantó la vista de los documentos que revisaba.
—Samantha, te dije que no me interrumpas. No estoy para nadie hoy —dijo sin mirar.
—Tranquilo, tu secretaria sigue en su lugar. Yo solo pasaba por aquí —replicó Magnus con una media sonrisa, tomando asiento frente al escritorio.
El hombre parpadeó, desconcertado. —Oh... Magnus Bane. Justo estaba por pedir que te contactaran.
—Qué eficiente. —Magnus cruzó una pierna sobre la otra— Me dijeron que quería hablar sobre mi contrato.
—Sí, así es. Mi padre me comentó que tenías ciertos acuerdos especiales con la editorial, pero pensé que podríamos revisarlos. Sobre todo el tema de las apariciones públicas.
—¿Apariciones públicas? —repitió Magnus con tono divertido— Yo sabía que era eso...
—Verás, las firmas y presentaciones ayudan a la promoción. Eres uno de nuestros artistas más importantes, y sería genial contar con tu presencia en algunos eventos.
Magnus lo miró con una calma tan elegante que resultaba intimidante.
—Supongo que tu padre era más inteligente —replicó sin perder la sonrisa— Escucha, mi querido Whitehouse junior mi contrato no se hizo al azar. No doy entrevistas, no posó para cámaras ni asisto a eventos. No porque no pueda, sino porque simplemente no quiero.
El editor lo observó con curiosidad. —¿A qué se refiere exactamente?
Magnus se recostó en la silla, cruzando las piernas con elegancia. —A que llevo siglos viviendo y en todo ese tiempo he reunido más riqueza de la que cualquier mortal podría gastar. El arte no es mi sustento, es mi descanso. Pinto y publico porque me divierte, porque disfruto del contacto con el mundo... pero en la medida justa. No tengo interés en la fama.
El silencio se extendió unos segundos antes de que Magnus sonrió con amabilidad medida.
—Por supuesto, no tengo problema en firmar mis obras o los ejemplares impresos. Simón suele traerlos a mi departamento y luego se encarga de devolverlos a la editorial. Así funciona y así seguirá funcionando. ¿Estamos claros?
El joven Whitehouse abrió la boca para responder, pero se detuvo. La mirada de Magnus emitía un brillo inquietante. No fue un cambio evidente, pero eso sumado a sus pupilas verticales bastó para que el hombre se quedara inmóvil, con la respiración contenida. Había algo antiguo y peligroso en esa mirada, algo que no pertenecía obviamente al mundo humano.
Magnus ladeó la cabeza con una sonrisa tranquila, como si no notara nada fuera de lo normal. —¿Estamos claros? —repitió con suavidad.
—Sí... sí, claro —balbuceó Whitehouse, intentando recuperar la voz— Por supuesto. Su contrato sigue igual.
—Excelente —dijo Magnus, levantándose con elegancia— Entonces dile a Simón que pase por mi departamento cuando tenga el próximo lote.
El ascensor bajaba cuando el teléfono de Magnus vibró en su bolsillo.
—Hola, cariño. ¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó con una sonrisa distraída que se desvaneció apenas escuchó la voz al otro lado de la línea.
—Hola... ¿No estás en tu casa, verdad? —la voz de Alec sonaba tensa.
—No, corazón, pero puedo estar allí en menos de cinco minutos. ¿Qué ocurre? Te oigo agitado.
—Corrí desde el metro hasta tu edificio. Tuve la horrible sensación de que alguien me seguía. Pensé que estaría bien en el metro, pero no se me fue la sensación, así que preferí venir aquí...
Magnus se irguió, el humor desapareció de su rostro. —No digas una palabra más. Quédate en el lobby. Ya voy para allá.
—Ok... gracias.
Guardó el teléfono y salió del edificio justo cuando comenzó a llover. El agua fría caía en finas líneas plateadas sobre la calle, pero él apenas la sintió. Tal como había prometido, llegó en menos de cinco minutos. Alec lo esperaba junto al ascensor, empapado y con el bolso al hombro.
—Cariño, te vas a enfermar —dijo Magnus mientras lo guiaba hacia el ascensor— Subamos. Una ducha caliente te sentará bien.
—Estoy bien. Solo necesito una taza de café y dormir.
—Entonces te prepararé el café mientras te bañas —respondió Magnus, ingresando el código del penthouse— Luego me cuentas qué pasó.
—Solo lo que te dije. Pensé que sería mejor quedarme aquí que seguir con esa sensación inquietante.
—Hiciste bien. Quizás eran más neófitos idiotas. No sé por qué convierten a tantos imbéciles últimamente.
Alec lo miró de reojo, curioso. —¿Eso quiere decir que tú eliges mejor a las personas?
Magnus sonrió apenas. —Yo no he convertido a nadie en siglos —dijo con voz baja, casi melancólica— Bueno, ya sabes dónde está el baño. Las toallas están en el mismo lugar de siempre y puedes usar lo que quieras de mi clóset. Yo haré el café.
Alec asintió. Había algo en el tono de Magnus que lo dejó pensativo, pero prefirió no insistir. Mientras se dirigía al baño, el sonido de la lluvia llenaba el penthouse con un ritmo tranquilo y constante.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
EDITADO: 8/10/25
Si, lo sé, es un capítulo corto pero por un lado lo tenía guardado así y por otro estoy muy escasa de tiempo por los finales de la universidad 😅😅😅😅