Desde que el mundo es mundo, humanos, vampiros, brujos y licantropos han vivido una suerte de coexistencia seudo pacifica que podría describirse como "vive y deja vivir"
Magnus es un antiguo vampiro que si bien disfruta de los placeres de la vida mo...
Cinco de la mañana. El día aún no había despuntado y la fría noche se resistía a marcharse. La temperatura rondaba los seis grados en aquel noviembre típico de Seattle —también conocida como la Ciudad Esmeralda o la Ciudad de la Lluvia— Una llovizna fina, casi helada, había caído parte de la noche, como era costumbre.
Magnus Bane salía después de pasar una agradable velada con una pareja amiga de toda la vida: Will y Tessa. Más aún, con Tessa, su amiga desde hacía literalmente un siglo. Después de todo, tanto Will como él eran vampiros... y Tessa, una bruja.
—¿Estás seguro de que quieres irte a esta hora? Puedes quedarte todo lo que quieras, y lo digo en nombre de Tessa, no mío —dijo Will, medio en broma.
—¡Will! —la voz de Tessa se oyó desde dentro de la casa.
Magnus rió divertido, y Will se encogió de hombros sin culpa.
—Tengo una reunión con mi editor a las ocho. Mejor vuelvo a casa, me baño con tranquilidad y organizo todo lo que tengo que entregarle.
Sin más que decir, se despidió y comenzó a caminar por las casi desiertas calles de la ciudad. Aunque podía llegar en menos de cinco minutos gracias a su velocidad sobrenatural, prefería caminar a paso humano, disfrutar del viento y del frío invernal.
Llevaba medio camino andado cuando un sonido perturbador llegó a sus oídos.
—Malditos neófitos... —murmuró.
Le gustaría decir que no era su problema lo que esos mocosos recién convertidos hicieran, pero la verdad era que sí era su problema. Como vampiro antiguo, tenía la responsabilidad —y a veces el deber moral— de darles un escarmiento a los recién nacidos que creían estar por encima de las leyes.
Siguió el sonido. Estaban acorralando a un humano, cuyo corazón latía tan frenéticamente que casi podía oírlo temblar.
Lo encontró en menos de un minuto: un contenedor de basura volcado en el suelo, un chico arrodillado, palpando a ciegas mientras maldecía por no ver nada. Al parecer, buscaba algo importante.
Magnus se paró frente a él justo cuando los neófitos llegaban.
—¿Interrumpo algo, caballeros? —su voz grave y sarcástica cortó el silencio.
—De hecho, sí —dijo uno— Nos estábamos divirtiendo y...
—¡Santa mierda! —interrumpió el otro, pálido— Tú eres... eres...
Magnus sonrió de lado. Al parecer, ese muchacho lo había reconocido.
—¡Cállate, Jeremy! ¡Larguémonos de aquí!
—¿De qué estás hablando?
—Solo vámonos o si quieres quedarte, adelante, pero yo no pienso arriesgarme a que un antiguo me haga papilla o nos reporte al Consejo. Te dije que era mala idea romper las reglas.
El más asustado desapareció de inmediato, y su compañero lo siguió, murmurando insultos por lo bajo.
Magnus rió para sí. Luego miró al chico en el suelo, que ahora sostenía un par de lentes rotos entre las manos.
—Maldición... es el tercer par de este mes. ¿Cómo se puede ser tan imbécil? Bien hecho, Alec. Lo hiciste otra vez. Eres un maldito imán para las desgracias...
—¿Cariño, estás bien? —preguntó Magnus, tendiéndole la mano.
El muchacho la tomó sin pensarlo y se puso de pie.
—No soy tu cariño, pero gracias... creo que acabas de salvarme el pellejo, ¿verdad?
—Algo así. Tuviste suerte de que pasara por la zona. Ahora dime, ¿qué demonios hace un niño bonito en estos callejones antes de las seis de la mañana?
—¿Bonito? ¿Yo? —Alec sacudió la cabeza, intentando ignorar el rubor que le subía a las mejillas—. Trabajo desde muy temprano. Siempre salgo a esta hora y tomo un atajo por los callejones para llegar a la estación del metro.
—Sí, tú. Bonito —rió Magnus, y sin previo aviso, le tomó el rostro con una mano e inclinó la cabeza para lamer un pequeño corte en su mejilla.
—¿¡Acabas de lamerme!? —exclamó Alec, retrocediendo. A pesar de las gafas rotas, se las puso por inercia.
—Estabas sangrando. Además, la saliva de vampiro tiene propiedades curativas.
—Eres un vampiro... por eso huyeron. Supongo que eres de jerarquía más alta.
—Supones bien, cariño.
Magnus se acercó y, en un parpadeo, ambos dejaron el oscuro callejón atrás y aparecieron frente a la estación más cercana del metro.
Velocidad vampírica.
—Cuídate, bonito. Los humanos son muy frágiles para andar solos en lugares así.
Aún aturdido por la velocidad, Alec solo atinó a decir
—No me has dicho cómo te llamas.
—Magnus. Me llamo Magnus.
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EDITADO 11/8/25
De mis historias favoritas :D lastima que no tengo los títulos de los capítulos ;-; así que la mayoría puede que tenga otro título esta vez porque me acuerdo pocos.
Como dije la primera vez que la subí a esta historia, no siempre habrá imágenes, solo a veces.