Yoona jadea sobre mis labios, gira cuanto le permite su cuerpo para besarme. Le correspondo gustoso mientras recorro sus caderas con esmero. Hace semanas que no tenemos ese tipo de contacto debido a su ajetreado trabajo, por lo que estamos más impacientes de lo normal. Ambos actuamos con una fogosidad poco común. Desciendo por su espalda y me permito besarla, es entonces cuando ella gime mi nombre. Me complace hacerla sentir bien. Extiendo la mano como puedo, en busca del condón que dejé encima de la mesilla. Luego cubro mi erección con el plástico antes de adentrarme en su cálida humedad. Me mezo con cuidado, proporcionándole placer y dejando que ella haga lo mismo conmigo.
—¡Sigue! —implora.
Obedezco. Acelero y, justo cuando siento que Yoona está cerca, cambio el ritmo. Ella gime por la sorpresa y me atrae contra su cuerpo para cantar su orgasmo junto a mi oído. Eso es suficiente para que cierre los ojos, satisfecho.
Tras unos minutos, alcanzo el clímax también. Dejamos que nuestros cuerpos descansen. Cuando Yoona se incorpora de la cama, se dirige al baño en silencio; me da un último beso antes de cerrar la puerta y abrir el grifo de la ducha. Yo apoyo la cabeza en la cabecera de su cama. El apartamento de Yoona es acogedor y está ubicado en el centro de la ciudad. Es conveniente, ya que todos los puntos del metro conectan con su barrio. Aun así, no suelo venir con frecuencia. Su apartamento me incomoda. Al parecer, soy un hombre más vacío e inseguro, pues ver a mi pareja triunfar en la vida mientras yo sigo estancado me hace sentir un don nadie. No debería ser así, pero en el fondo no puedo evitar sentirme inferior. Tengo casi treinta años y no he conseguido nada en la vida.
Abro el segundo cajón de la mesilla. Sé que, aunque juró dejarlo, Yoona sigue fumando de vez en cuando. En cuanto a mí, soy un hipócrita: siempre la reprimo por fumar, pero, pese a haberlo dejado hace cinco años, cuando me siento agobiado también recurro al tabaco. Aprovecho que aún está en el baño para robarle un cigarro de la cajetilla. En cuanto me hago con él, me dirijo al balcón. Cierro los ojos de alivio al dejar que el humo llene mis pulmones. La presión en mi pecho se disuelve y sale a través de mis fosas nasales. En el apartamento de enfrente hay una habitación con la luz encendida. Distingo a dos chicas de no más de quince años, ambas mirando algo en la pantalla del teléfono, compartiendo risas y comentarios. Tengo que hacer un esfuerzo por viajar muy atrás para sentirme identificado con la escena. Pese a ser joven, siento que la edad ha hecho mella en mí, no solo físicamente, sino también en mi manera de ver el mundo.
Estoy tan absorto en la escena que me sobresalto cuando suena mi móvil. Me extraña ver el nombre de Yerim iluminando la pantalla.
—¿Diga? ¿Cuál es el problema? —pregunto. Algo debe de haber pasado para que una alumna me llame a las dos de la madrugada.
Lo confirmo al oír un sollozo al otro lado de la línea; apenas perceptible, pero ahí está. Mi entrecejo se frunce ante la expectación.
—No quiero molestarte, Jin —empieza.
—¿Pasa algo?
—Es Jimin. Me acaba de llegar un mensaje en el grupo. Él va a mi instituto... dicen que lo encontraron esta noche en su cuarto, colgado del techo. Según lo que me han dicho... Jimin ha muerto.
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Costuras | Namjin
FanfictionPalestina libre 🇵🇸 • Ganadora de los Carrot Awards 2020 • Ganadora de los Premios Versalles 2021, segundo lugar en FanFic • Ganadora del Concurso Wattlas 2021 -No seas así, Jin. -Nos miramos fijamente, él parece pedir misericordia mientras que y...
