Había una sola cosa a la que Claudia le temía en la vida: la rutina. La rutina era una cosa totalmente despreciable para ella, algo que no debería existir. Que la rutina se apodere de tu vida es como si una viuda negra te clavara sus colmillos profundamente y te dejara todo su mortífero veneno dentro. Al menos, así lo creía ciegamente Claudia.
A sus veintitres años recientemente cumplidos, la joven sabía millones de cosas de la vida. Cosas que aprendió sola y por distintas situaciones difíciles que vivió a travez de sus años. Pero no, ese no es el asuno ahora. La cosa es que Claudia estaba horrorizada de que sus días se conviertan lentamente y dolorosamente en una estúpida rutina más. Estaba cansada de su trabajo, de sus tramites, de la facultad, de ir y venir siempre a los mismos lugares a las misma horas de siempre, en definitiva, cansada de su vida.
Miró el reloj que sonaba desesperado en su mesita de luz. Eran las seis y media de la mañana, y si no se levantaba y se bañana rápido, llegaría tarde a la oficina. Claramente se apuró como un rayo a hacer las cosas ya que no quería soportar los gritos desesperados de su jefe debido a su falta de puntualidad constante. Ya lista y vestida con la ropa de trabajo (la cual odiaba porque creía que la hacía ver mal) salió a enfrentar su día. Seguía siendo tarde, y por más que quisiera, no le daría el tiempo para tomar el colectivo. Debía hacer esta otra cosa que detestaba: tomar un taxi. Tomar un taxi en pleno Buenos Aires era un dolor de cabeza. Lo difícil no era encontrar uno, ya que pasan constantemente por las calles, lo difícil era que no este lleno. Y ni hablar del tránsito infernal que había en el centro a esa hora. Bueno, tomando el colectivo también se molestaría por el embotellamiento, pero era más bonito ese tipo de sufrimiento que el de estar encerrada en un auto con un desconocido.
La cercana llegada de un taxi a la esquina donde se encontraba impaciente Claudia la alivió. Lo paró y sin ganas se subió. Casi tirandola descaradamente, dejó su cartera negra a un lado del asiento trasero y luego se sentó al costado.
-Buen día, ¿a dónde se dirige?
"Qué voz tan femenina" pensó Claudia luego de oír al conductor hablar. O quizas le pareció, ya que estaba muy concentrada en la pantalla brillante de tu telefono. Le contestó en un tono de voz tán bajo que fue imposible decifrar el significado de las palabras que salieron de sus labios.
-Disculpe, ¿Me podría repetir?
Claudia levantó la mirada y la desvió furiosa al espejo del conductor. Vió el rostro sonriente de una joven (si, una, con a) de no más de veinte años, de pelo castaño claro y dientes brillantes. Le pareció raro, muy raro, ver a una mujer conduciendo un taxi. Casi siempre los conductores eran hombres gordos o viejos depravados, y más en la Ciudad. Un poco shockeada, Claudia le repitió la dirección en un tono más elevado. La taxista le dedicó una cálida sonrísa y un leve moviemiento con la cabeza, mostrando señales de que esta vez le había entendido claramente. Esa chica era del tipo de personas que nunca dejaba de sonreír, al parecer. Esa gente le caía bien a Claudia. Quizas los admiraba en el fondo, ya que ella consideraba que sonreír no solucionaba nada. Arrancó el motor y el auto comenzó su rumbo. Algo de la cara de esa conductora hizo que nuesta chica no pudiera despegar la mirada del espejito. Seguro le gustó mucho el piercing que tenía en su nariz, o los hoyuelos que se le formaban automáticamente al sonreír. Este hecho la hizo detenerse. ¿En qué estaba pensando? Claramente era la rara sorpresa de encontrarse con una mujer haciendo de taxista, seguro era eso. Bajó de nuevo la mirada a su celular. Pensó que tal vez la joven había notado su curiosa mirada sobre ella, ya que Clauida era una de esas personas que no le resultaba fácil disimular nada en ninguna situación. Basta, debía dejar de analizar todo. En un acto de necesidad, se colocó los auriculares y escuchó un poco de música mientras veía las hermosas calles de la ciudad por la ventanilla. No iba a negar que durante el trayecto los ojos se le iban involuntariamente hacia el maldito espejo retrovisor, pero al darse cuenta inmediatamente los quitaba y los fijaba o en su celular o en la ventanilla. Así pasaron los quince minutos de viaje. A unas cuatro cuadras de llegar, la conductora le preguntó a Claudia si sabía algo de como iba a estar el tiempo esa tarde. "¿Que clase de persona no mira el noticiero antes de salir?" pensó para ella misma luego de la pregunta. Claro, ella no sabia si la conductora tenía tiempo para hacerlo, o si tenia televisor también. Ella había oído en la radio la noche pasada que estaría bastante calurosa la tarde de ese martes, asi que le comentó que debería despojarse del saquito rojo que tenía puesto. Esa fué la única charla que mantuvieron estas dos extrañas. Al momento de bajarse, Claudia se despidió de la taxista moviendo la mano frente al espejito. La conductora hizo lo mismo, con su sonrísa destacablemente hermosa. No es que quisiera hacerlo, pero Claudia miró la patente del taxi ni bien se bajó. Tenía una memoria extraordinaria, asi que guardaria esa combinación de letras en su mente hasta entrar a su oficina y desplegarla en un papel.
Mientras subía la escalera del lugar de su trabajo, pensó:
"¿Por qué querria yo tal vez, saber el nombre de la taxista?"
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