𝑖𝑖. 𝑐𝑎𝑓𝑒́

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Había amanecido, sus ojos se abrieron al sentir la tenue luz del sol pasar por las cortinas blancas. Gruñó. Detestaba despertarse temprano, siempre que podía, su cuerpo se pegaba más al que estaba acostado a un costado de él. Gustaba oler el aroma que desprendía el cuerpo ajeno, que de su espalda ancha se alcanzara a oler la masculinidad, el sudor mañanero. Odiaba admitirlo, porque ¿a quién carajos le satisface el oler el sudor de una persona ajena? No le importaba, porque él tenía una esencia muy diferente, quizá era el jabón de baño que utiliza en todo su cuerpo, tal vez sea el perfume que se echó aquella tarde del día anterior, o ¿era aquel olor a sexo? Sin importa qué era aquel olor, le fascinaba, era una obsesión.

Al despertar por completo, su mano buscaba ansiosamente el cuerpo ajeno, buscándolo entre las sábanas, pero no halló nada, era un completo vacío, como si alguien hubiera dejado su huella en la cama, su silueta.

Volvió a gruñir y se levantó. Ojos entrecerrados, espalda semi curveada por flojera. Se quedó mirando las sábanas hechas un bulto antes de percibir un olor peculiar en el pasillo que recorrió hasta entrar a la habitación.

Café.

Amaba cómo olía el café mañanero, a pesar el disgusto por el sabor amargo, le encantaba olerlo. Más cuando se trataba de los labios que portaban dicho sabor amargo.

Estiró sus extremidades, soltó un nuevo gruñido y se levantó al fin de la cama descalzo. Sus pies sintieron el frío piso que le hizo estremecerse. Y así, salió de la habitación, encaminándose a la cocina de donde el olor se hacía cada vez más fuerte.

Sus pies lo guiaron, pero no encontró nada en la cocina. Desconcertado, agachó un poco su cabeza con un ligero sonrojo en sus mejillas. Estaba completamente desnudo.

Un ligero choque de cerámica contra vidrio le hicieron volver. Se giró tan rápido que casi tropezaba con sus propios pies. Su corazón latía rápidamente. No era que hubiese escuchado aquel sonido, pero ¿y si tenían visitas y él estaba desnudo? Sus mejillas se colorearon con más intensidad y mordió su labio.

Al no escuchar algún otro sonido, se alivió un poco. Tragó saliva y se dirigió a la sala de estar, donde un Jake tenía un libro en mano, lentes descansando en el tabique de su nariz, llevaba un short que solamente adornaba parte de sus muslos y entrepierna. Se notaba que no estaba prestando atención a la presencia del joven de 23 años.

Aliviado y con un corazón palpitando tranquilamente, se acercó al hombre. Amaba cuando Jake usaba sus anteojos, que por flojera no se ponía sus lentes de contacto, y verlo con un short era otro nivel que Tom no esperaba.

Un cosquilleo en su vientre se hizo presente cuando los ojos azules de Jake lo miraron por encima del libro. Se mordió el labio de manera inconsciente; Jake siempre le decía que siempre lo hacía cuando estaba nervioso o ansioso, pero él jamás lo notaba.

—¿Dormiste bien? —preguntó al fin Jake, con tranquilidad.

—¿Qué? —se había concentrado en cómo Jake tomaba de nueva cuenta la taza y sorbía otro poco del líquido. —Oh, sí... sí —se aclaró la garganta.

—Ayer... creo que fui algo brusco —dejó nuevamente la taza en la mesita de centro y se volvió a acomodar en el sofá.

—¡No! No... uhm, no fuiste brusco —se limitó a reír y volvió su mirada al piso.

—Caminas extraño, por eso, perdón.

—¡Jake! —sus cachetes se inflaron. —No soy una maldita muñeca de porcelana.

Sus mejillas ardían, Jake fue quien sonrió. Al levantarse del sofá, Tom pudo observar lo grande que era, cómo sus pectorales sobresalían, el vello de su pecho y sus pezones que se escondían en toda aquella selva. El camino de vellos no se detenía ahí, sus ojos siguieron aquel hasta llevar a su vientre, donde algunos vellos ya se escondían dentro del short.

Mᴀ́s 18 ᴏɴᴇ sʜᴏᴛsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora