Un par de días más tarde, tocó debatir el libro de Teru Miyamoto. Ese día llovió, y llegué tarde de nuevo. Todos me saludaron y me desearon feliz año nuevo. Yo hice lo mismo y participé con entusiasmo en el debate.
Al terminar, me acerqué un momento a hablar con la chica que me había propuesto la idea.
-Oye, verás. Cuando me dijiste lo de ser escritor, me pareció una buena idea. Y bueno, he empezado a escribir. Creo que solo te lo estoy contando para darte las gracias. De verdad, muchísimas gracias.
Ella sonrió, e hilvanó un pensamiento en su cabeza.
-¡Oh! ¿Sabes? Una prima mía acaba de terminar periodismo. Quiere ser escritora y está preparando su primera novela. ¿Quieres hablar con ella? Solo hay un problema, vive muy lejos, en un terreno bastante complicado y la cobertura se corta mucho. Así que no puede usar ni internet, ni teléfono, ni nada. ¿Estarías dispuesto a cartearte? Creo que te podría orientar, además, solo tiene un año menos que tú. Mañana mismo iba a mandarle un paquete, puedo contarle la idea.
Acepté. En un lugar donde se usaba libros de cuentas a mano y se escribían las facturas a máquina de escribir, cartearse tenía todo el sentido del mundo. Le escribí mi dirección en un papel. Esta vez me fui de la librería con veinte euros menos, otro libro de Murakami, un libro de Yoko Ogawa para el mes siguiente y la sensación de que había hecho una amistad que podría enseñarme los paradigmas de la escritura.
Dos semanas más tarde, recibí la primera carta. En reverso del sobre rezaba el nombre de Julia. Poseía una caligrafía espléndida. Anoté la dirección por si acaso antes de abrir el sobre y luego indagué en sus entrañas con un abrecartas. En su interior había varios folios plegados con esmero. Al desdoblarlos, apareció ante mí una letra pulcra y cuidada, sus frases brotaban en líneas perfectas. Me conmovió la habilidad de aquella chica para escribir cartas.
Leí la carta una y otra vez. Aquella chica estaba loca, pero su locura era absurdamente genial. Tuve que leer este fragmento más de una vez.
“El treinta de septiembre finaliza un concurso. No tiene restricción de edades ni géneros. Piden mínimo cien folios DIN A4 con letra Arial once a doble espacio. ¿Te presentarías conmigo? Esto sería una promesa. Me mandarías en la respuesta un papel diciendo que te presentas conmigo y tu firma al final. Con esto nos comprometemos de forma recíproca. Si tú no te presentas, yo tampoco. Si yo no me presento, tú tampoco. ¿Quieres ser escritor, verdad? Si ganas, habrá un libro en las estanterías de una librería con tu nombre”.
Esto era cuanto menos, surrealista. Una chica que no me conocía de nada, me ofrecía presentarme con ella a un concurso de escritura. Ni siquiera había leído algo mío. Sólo quería que me presentara con ella. Obviamente, acepté. Yo quería ser escritor y estaba tan loco como ella cuando de ser escritor se trataba.
En mi mensaje de respuesta, incluí un relato que había escrito hace poco. Le pedí uno suyo también. Le dije que aceptaría con gusto y firmé el contrato sobre el concurso tal como me había pedido.
Durante ese mes, escribí y leí como nunca. Escribía ideas, leía libros y cuando los acababa, leía más libros todavía para poder escribir mejores ideas. Cuando no sabía que leer o que ideas escribir, me ponía a escribir cartas para Julia. En el trabajo me iba bien, a pesar de mi vida disoluta era capaz de concentrarme y cumplir con mi labor. A veces llamaba a Marta y charlaba un poco con ella. Le conté lo de la idea del concurso y me animó. Le pregunté a Julia en una carta cuando era su cumpleaños, veintitrés de mayo. También le dije el mío.
Estaba lleno de sueños y esperanzas, por lo que no tenía tiempo para sentirme solo.
Febrero pasó en un destello. Igual que una estrella fugaz. Podríamos destacar varios momentos: Cuando Marta me encendió un pastel con un mechero y me regaló una pluma en honor a mi vigésimo sexto cumpleaños y yo la invité a comer tal como le había prometido. Y cuando Julia me felicitó mi cumpleaños mandándome un paquete con una libreta llena de apuntes sobre talleres de literatura a los que había ido.
Siempre iba al club de lectura. El librero me apoyó mucho cuando le dije que iba a presentarme a un concurso de escritura. Me lo tomé como una meta y realmente, siete meses me parecían muy poco tiempo. Creo que nunca había tenido más claro el rumbo que debía tomar mi vida.
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Kind of Blues
RomanceEste texto podría ser muchas cosas. Pero de todas las cosas que podría ser, es una por encima de todo, es mi primer relato largo. Es la primera vez que sobrepaso la barrera de las cinco páginas, es para mí, un hito. Un sueño. Espero que os guste.