La camisa de mi esposa huele a hombre.
Y no a mi aroma, precisamente.
Eso sería ilógico,
porque ya nunca más se juntan nuestros aromas.
De cualquier forma,
huele a él,
no sé quién es él,
pero lo odio.
Quizá sea el vecino,
que la abrazó porque la vio llorar,
o quizá sea el esposo de una amiga,
que acababa de conocer.
Pero mi psicopatía no me permite ver una alternativa.
Así que compro una soga,
no una metafórica,
sino una real.
Y la ato a mi cuello.
Pero,
de alguna forma,
olvidé cómo suicidarme.
Me quedo suspendido,
minutos,
horas,
días,
años,
eternidades,
hasta que Gloria entra y grita.
Sus ojos brillan,
de una forma que nunca lo habían hecho antes.
Y sé que encontró lo que tanto buscaba.
