Lo más lógico en ese momento, ciertamente, era callar. Callar porque la curiosidad podría matarme o llevarme a un abismo eterno en el que caería constantemente sin poder encontrar respuestas. ¿Entonces no era su casa, después de todo? ¿Cómo se las arreglaba para vivir allí sin que el hombre se enterara? Quizás el sí lo sabía… Los pensamientos más oscuros llegaron a mi mente, comprometiendo a Lissie en una situación desagradable. Ni siquiera dudé en plantear mis dudas cuando creí que era seguro.
—¡¿Cómo que el dueño de la casa?!— grité, susurrando.
Lissie se asomaba, aún, entre el pequeño arbusto que había junto a ella, cerca de la valla de la galería. Todo el asunto terminó en un espionaje de primer nivel hacia un sujeto que, a juzgar por la cautela de Lis, podía ser peligroso.
No hacía falta mencionar la cantidad de drogas que había en la casa, los muebles descuidados y las botellas de alcohol vacías. El tipo podía ser un desastre.
—Luego lo explico, Colby, por favor cállate.
—¡No entiendo por qué nunca me dijiste nada sobre…— quería seguir hablando, pero tenía la mano de Lis sobre mi boca. Seguí susurrando de todos modos, porque en realidad estaba enfadado.
—Así no vas a poder hablar— siguió, aunque sin despegar la vista de su objetivo. Procedí a lamerle la palma de la mano y morderla para que me dejara hablar. —¡Dios, qué asco!
—Ey, tú empezaste.
—Sh, sh, sh, está por salir.
—¿Recién ahora? ¿Qué es, un anciano?— pregunté entre susurros, asomándome por encima de su cabeza.
Cuando lo vi, logré que cada uno de los pelos de mis brazos se erizara y que una fuerte necesidad de correr surgiera como acción prioritaria. El tipo, que no era para nada anciano, salía de su auto negro, lujoso y sin patente, con un traje que combinaba con el vehículo. No podía tener más de cuarenta, aunque su cabello apagado respaldaría otras opciones. Tenía una mandíbula cuadrada, la estereotipada de los tipos rudos, y una postura intimidante. No dejaba de mirar al frente, aunque sí comenzaba a quitarse la corbata y el esmoquin mientras avanzaba hacia la galería. Algo era diferente en él, pero no podía descifrar qué.
—Bien, ya entró. Vamos— dijo Lis, y luego comenzó a trotar en cuclillas hacia la calle.
—¿A dónde, exactamente?— pregunté. Ella se frenó en seco y comenzó a pensar.
—¿A tu casa?— comentó, insegura. Sería una buena idea, si es que la razón era una reconciliación exitosa, pero ese no era el caso. De todos modos, no iba a negarle algo así, y mucho menos considerando que su casa no era exactamente suya.
—Eh… Sí, está bien.
—No pareces muy seguro…— comentó, sonriendo.
—¿Quieres quedar de patitas en la calle? Vamos— reí.
A pesar de la extrañeza que presentó la situación, podía sentirme feliz de por fin haber enfrentado mis deseos de volver a hablarle. Quizás era muy egoísta el no preocuparme, aunque fuera por unos segundos, pero no pensaba en nada más.
Cuando ya estuvimos a unas cuadras de distancia, las dudas habían terminado de florecer.
—Helbrook, explicación. Ahora— dije mientras la tomaba ligeramente de la muñeca. Hacía mucho que no sentía su piel, que, a diferencia de lo que me era costumbre, estaba fría como el hielo. Quizás era el miedo.
—No… tengo casa.
—Wow, gran explicación.
—Ya estoy llegando a eso, Dunst, no seas pesado— contestó con frustración mientras se arreglaba el cabello, aún con su taza en mano. —El hombre ese es… es alguien importante, ¿sí? No quiero que vuelvas a aparecer así sin antes avisarme.
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Colmillos
Vampiro¿Cómo te darías cuenta de que, lentamente, te conviertes en algo que nunca creíste posible? ¿Cómo reaccionarías ante las verdades más descabelladas del mundo, donde los cuentos se hacen realidad?