Capítulo VI: Disculpas

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Pensé en el miedo. El único sentimiento que se apoderaría de una persona en situaciones así, donde rendirse parece inevitable. El mismo miedo que incauta a cualquiera al ver la sangre, la muerte, el sufrimiento. Ese mismo miedo emanaba de todas y cada una de las palabras que Jake gritaba mientras yo miraba hacia la calle, con la preocupación y la furia entrelazándose.

  —Vas a tener que explicarme ya mismo qué fue todo eso— decía, pero yo intentaba concentrarme en averiguarlo.

  —¿En serio?— comencé con un sermón. —Me asombra que quisieras que fueran nuestros cuerpos los que acabaran en la morgue.

  La ira. No era un tipo de ira encaminada a una pelea, sino que eran ganas de gritar o correr. Simplemente, necesitaba eso. Miré al gran oso. Un simple peluche era la razón por la cual casi acabábamos dentro de un cementerio.

  —No… lo sé, pero— Jacob estaba asustado, también. Debía comprender un poco mejor la situación, pero seguía pensando en mi forma de actuar. ¿Tenía un alma de asesino? No me sorprendería que esa mezcla de sentimientos fuera a convertir a alguien en un monstruo.

  —Dios, Jake. ¿Qué mierda acabo de hacer?— continué, tomándome del pelo mientras presionaba mis dedos con todas mis fuerzas.

—Una locura, Col— contestó con ira, pero luego cesó. —Aunque… nos has salvado de una muerte patética.

Me sorprendí con cautela. Si Jacob lo aceptaba, quizás asesinar a dos hombres —si es que se les podía llamar así— no era tan malo. En el sentido moral, lo era, pero ya no me era conveniente pensar de aquella forma.

—Supongo que esa es una manera de verlo— dije al mirarlo. Estaba aterrado. Se encontraba sentado a varios metros de mí, ambos sentados en el cordón de la calle fuera de mi casa.

—Y…— al observar que yo lo estaba mirando, miró hacia la calle y cambió de expresión. —¿Ahora irás a llevarle eso a ella?

Había olvidado a Lis, por supuesto. El oso incluso se manifestaba como un recuerdo maldito de un suceso traumático. Quizás mi primer recuerdo como psicópata, o asesino serial. ¿Sería esa doble atrocidad un hecho gracioso que recordaría en una celda? Olvidé que pensaba con tal intensidad que evité contestarle a Jacob.

—Eh, sí, creo. Lo siento, no sé…

—Está bien, en serio. Fue algo… intenso, pero nos salvaste a ambos— contestó y, sorprendentemente, sonrió. —Además, así se verían los verdaderos superhéroes.

—¿Qué?— pregunté, riendo.

—¡Es verdad! Piénsalo. Incluso unos cuántos puñetazos harían sangrar a alguien, imagínate lo que harían unos súper-puñetazos…— se acercó y me dio un leve golpe en el hombro. —Prometo no decírselo a nadie. Quizás nunca descubran quién los mató, o quizás no les importe. Después de todo, sólo son simples villanos novatos.

—Gracias…

—Ahora entremos. No quiero verte asesinando una horda de vagabundos armados.

La facilidad —en el sentido más complicado de la palabra— con la que Jake me convenció de que, no uno, sino dos asesinatos eran algo simple de superar me hizo sentir mejor. Incluso logré sonreír ante sus palabras, ya que tenía un tono extraño en su voz que hacía que todo fuera gracioso. Quizás lo que más me causaba tranquilidad era que no podrían encontrar huellas mías o alguna otra pista.

Cuando estábamos a punto de entrar en la casa, con una tonelada de culpabilidad sobre mis hombros, escuché las ruedas de un auto sigiloso pasar por el pavimento.

—Ey, chicos— dijo una voz. Jacob se dio vuelta.

—Los polis— susurró a mi oído. Noté sangre en mi guante y me estremecí. Con la oscuridad no sería gran problema, pero estábamos bajo una gran luz en mi porche. Me giré con rapidez mientras ocultaba la mano ensangrentada. —¿Sí, oficiales?

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