Mi pequeño hermano se quedó a dormir la noche anterior en mi habitación, así que cuando llegué me acosté tratando de no hacer tanto ruido para no despertarlo, porque cuando está despierto es un huracán, el condenado.
El sol salió y con él la ilusión de volver a ver a Mary, pero tenía que esperarme a verla hasta la tarde, así que la despensa se había terminado más rápido que de costumbre, Calos y yo fuimos al supermercado a comprar algunas cosas. Y fue toda una travesía ir al súper con mi hermano, se escondía por todas partes y yo pensando que se había perdido o que alguien se lo había llevado. Me preocupo demasiado por la gente que quiero, porque tengo miedo de perderla. Como aquella noche en que Carlos se enfermó de pulmonía y el doctor dijo que habían pocas probabilidades de que pasara la noche. Mi padre siendo el hombro en el cual mi madre lloraba mares, mientras la mirada de él estaba brillosa, a punto de desboronarse y venirse abajo también. Pero alguien tiene que aparentar ser fuerte, para que los demás estén un poco tranquilos. Juro que fue la noche más amarga que he tenido en mi vida. Ese gran miedo de perder a mi hermano fue como si yo también estuviese muriendo con él, en el fondo hubiese deseado estar yo en esa cama de hospital, que ver a mi hermano o a cualquiera de mi familia en esa situación. Ver a alguien a quien quieres mucho postrado en una cama de hospital con todos esos aparatos encima, es el peor sentimiento que se puede sentir. Los hospitales han escuchado las oraciones más dolorosas y sinceras, que todas aquellas personas conglomeradas en un mismo lugar, que con una mano se persignan y con la otra están con un puño.
Me dejaba sobornar por él —Lo bueno de ser el hermano menor—, siempre salíamos con las carretas llenas de comida que a él le gustaba, aunque después no sabíamos cómo preparar la comida, excepto los macarrones con queso que nos salían para chuparse los dedos.
—Carlos, ¿no te gustaría quedarte esta tarde con Mike? —Dije—. Lo que pasa es que tengo que salir y no sé a qué hora vendré.
—No hay problema, pero con una condición. —Ahí viene el soborno nuevamente.
Pidió quedarse con Mike con la condición que le pidiera pizza.
Acepté.
—¿Y a dónde vas? —Preguntó Mike—. Pareciera que a una cita.
—Algo parecido, pero no. —Contesté—. ¿Recuerdas a aquella chica de la cual te hablé el otro día? Pues con ella.
—Espera… ¿qué?
—Sí, lo que pasa es que me topé con ella, llámalo arte del destino, fue ayer por la noche en la estación de trenes.
—Eso sí que es un buen destino, encontrar a alguien cuando ni siquiera lo estás buscando.
—Pues, ya ves, pareciera que el destino estuviera jugando a mi favor y como si finalmente el universo haya conspirado a mi favor.
—Ya te merecías a una chica.
—No tan rápido, conejillo de indias.
—¿Pero es guapa?
—No lo sé, voy a conocerla.
—¿No dijiste que ya la habías visto?
—Sólo el rostro. No sé cómo es por dentro.
“Te portas bien con Mike”, le grité a Carlos mientras recogía de la mesa de la sala, las llaves de la casa. “Nos vemos luego, pequeños demonios”.
Dándole vueltas al parque, vi a Mary sentada donde mismo. En el mismo banco en el que la vi aquella tarde. Me fui sin hacer ruino por detrás de ella y tapé sus ojos con mis manos. “Adam”, susurró —tratando de quitar mis manos—.
ESTÁS LEYENDO
Soledades Opuestas
Storie d'amoreAdam Parker y Mary Jones son dos jóvenes solitarios. Un día tropezaron con la misma piedra y se dieron cuenta de que habían estado viviendo lejos, pero con un sentimiento muy poderoso: el de estar juntos.
