Harry Potter

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La lápida estaba a sólo dos hileras de distancia de la de Kendra y Ariana. Era de mármol blanco, igual que la tumba de Dumbledore, y eso facilitaba la lectura de la inscripción, porque casi brillaba en la oscuridad. Harry no tuvo que arrodillarse ni acercarse mucho para distinguir las palabras grabadas:

James Potter, 27 de marzo de 1960 - 31 de
octubre de 1981

Lily Potter, 30 de enero de 1960 - 31 de
octubre de 1981

El último enemigo que será derrotado es la
muerte.

Harry leyó despacio, como si sólo tuviera una oportunidad para comprender su significado; la última frase la leyó en voz alta.

—«El último enemigo que será derrotado es la
muerte…» —Y se le ocurrió una idea horrible que le produjo una especie de pánico—: ¿Eso no es un concepto propio de mortífagos? ¿Qué hace aquí?

—No significa derrotar la muerte en el sentido
que manejan los mortífagos, Harry —lo tranquilizó Hermione con dulzura—. Significa… ya sabes, vivir más allá de la muerte. Es decir, la vida después de la muerte.

Pero Harry pensó que sus padres no vivían; estaban muertos. Aquellas vanas palabras no
camuflaban el hecho de que sus restos mortales yacieran bajo la nieve y la piedra, indiferentes, ignorantes de lo que sucedía en el mundo.

Y las lágrimas le brotaron, incapaz de impedirlo, ardientes primero y luego resbalándole heladas por las mejillas; pero ¿qué sentido tenía enjugárselas o fingir que no lloraba? Las dejó resbalar, pues, por las mejillas, y apretó los labios con la vista fija en la gruesa capa de nieve que le impedía ver el sitio donde reposaban los restos de Lily y James, reducidos a huesos o a polvo, sin saber o sin importarles que su hijo estuviera allí, nique su corazón siguiera latiendo, ni que viviera gracias a su sacrificio, aunque en ese momento casi habría preferido estar durmiendo bajo la nieve con ellos.

Hermione lo había tomado otra vez de la mano y se la apretaba con fuerza. Harry no se atrevía a mirarla, pero le devolvió el apretón mientras respiraba hondo el frío aire nocturno, intentando serenarse y recuperar el control.

Debería haberles llevado algo a sus padres, pero no se le había ocurrido; tampoco podía tomar ninguna planta del cementerio porque todas estaban congeladas y sin hojas. Pero, en ese mismo instante, Hermione levantó su varita mágica, describió un círculo en el aire y ante ellos apareció una corona de eléboro.

Harry la tomó y la puso sobre la tumba de sus
padres.


Facebook: Eso es del diablo

(01/10/2020)

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