DÍA DOS

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31 de octubre

   Vi rojo.

   En mi cabeza todo era rojo. Aquel intenso color desbordando en mis sueños como una clara promesa desesperante. Mi torso comenzó a doler de una manera extraña, agobiante; escuché mis costillas crujir, una, y otra, y otra vez, perforando los órganos dentro de mi cuerpo. Mi voz gritaba pidiendo clemencia y auxilio. Sentía que moría. Que el dolor jamás cesaría.

   Vi azul.

   La cabeza empezó a rebosar un profuso tormento interminable. Una punzada que no paraba, dolorosa e inquietante. Llevé las manos hasta mi cabello y tiré de él, y las hebras se deslizaron fuera de mi cuero cabelludo como si nunca hubiesen estado adheridas a mi piel en primer lugar. Grité de nuevo, asustada sin entender qué pasaba.

   —¡Shh! —chistó alguien, susurrando —. Estoy aquí, Paige. Ya va a pasar.

   Reconocí la voz sin problemas, pero eso no mejoraba la situación en nada. Otros quejidos se unieron a los míos, igual de altos, igual de inquietantes. Parecían estar en la misma situación que yo y eso no era bueno. No era bueno el intenso dolor.

   —¡Ayúdame! —imploré.

   —Lo siento muchísimo —lamentó la otra voz —. Vas a salir. Te lo prometo.

   Mi cuerpo iba a estallar. De repente, se juntó también un dolor en mis piernas que no había percibido antes. El traquido del hueso de la tibia fue tan claro que no dudé en que se había roto, y mi rodilla pareció torcerse en una dirección distinta a cualquiera que pudiese soportar. Vociferé un quejido, desgarrando mi garganta.

   Iba a morir, estoy segura.

   —Unos minutos más, Paige —reconfortó —. Ya se va a acabar.

   Sabía que su mano estaba acariciando mi cabeza, pero no podía sentir el tacto porque debajo de todo aquello solo había más y más dolor. No lo resistiría por más tiempo. El cuerpo humano no estaba en la capacidad para soportar tanto. ¿Por qué me ocurría esto? ¡¿Qué estaba pasando?!

   —¡Jude, ayúdame! —imploré una vez más en un lloriqueo.

   No podía abrir mis ojos, porque estaban empapados de algo pegajoso y abundante, pero aun así, fui capaz de ver su sonrisa a medias de alguna manera, aquella curvatura ladeada que conocía muy bien de él. Sus ojos oscuros profundos derramaban un par de lágrimas sobre la pi

el de sus mejillas, algo tan poco común de Jude que comencé a asustarme aún más. Tenía que estar pasando algo horrible para que llorase de esa manera.

   —Lo haré —prometió con seguridad —. Dame tu dolor y yo lo sentiré por ti.

   No sabía a qué se refería, pero en vista de lo mucho que me consumía el inquietante sufrimiento, accedí sin preguntarme cómo hacerlo. Sentí sus manos sobre mí, y como la intensidad iba bajando de nivel. Mi cabeza dejaba de punzar, mi pierna parecía regresar al lugar correcto, las costillas dentro de mi torso se recomponían de vuelta a su sitio original, todo parecía volver a la normalidad de alguna manera.

   Todo dejó de doler, y Jude comenzó a gritar.

   Quise abrir los ojos, lo intenté, pero no tenía energía para nada. No había manera de averiguar qué le ocurría; si realmente mi dolor se había transferido a su cuerpo y lo estaba sintiendo por mí tal y como lo había insinuado. Deseché el pensamiento al instante de darme cuenta que eso no era posible, y solté un último susurro:

   —Jude...

   Entre jadeos, él respondió:

   —Estoy dispuesto a sentir todos tus dolores, Paige.

Hotel BronzeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora