—Ven aquí.
Diomedes rodeó la cintura del Omega. Ulises respiró profundo, sintiendo su pecho caliente. Cuando levantó la mirada se encontró con los labios ajenos y dejó que lo besara lentamente. Las manos del más chico fueron a los brazos y apretaron suavemente. El aroma de Diomedes era puro y fuerte, a Ulises le gustaba sentirlo. La primera vez que lo vió algo raro sintió en su estómago, se volvió caliente y su piel hormigueó con sorpresa. Ulises jamás había estado con un Alfa, mucho menos había recibido cortejo. Siquiera sabía si el cortejo que le había dado Diomedes era el tradicional. Ellos se encontraban por las noches, en el bosque y dedicaban el tiempo a besarse y a charlar de cosas vagas. El guerrero le contaba las grandes hazañas que venían de su familia, le hablaba de la gran ciudad y una que otra vez la curiosidad terminaba entre la piernas de Ulises. El Omega se sonrojaba fuertemente porque el simple aroma del Alfa lo ponía húmedo y sensible. Pensó que serían las feromonas, que lo volvían tonto e ido.
El Alfa inclinó la cabeza y besó el cuello del Omega. Ulises se estremeció y apartó la cabeza para darle más accesibilidad. Su piel blanca se tornó colorada y húmeda bajo los labios ajenos. Diomedes se inclinó un poco más, aventurando la mano sobre los muslos del Omega. El Alfa atrajo al Omega lo más cerca de su cuerpo, le levantó el camisón y Ulises lo sostuvo con sus manos temblorosas al notar que la mirada negra bajaba a sus partes íntimas. La cintura delgada, las piernas regordetas, su piel pálida bajo la luz de la luna dejó notar las sombras de sus marcas anteriores. Las yemas ásperas acariciaron los chupones, los rojizos cardenales que se extendían por los muslos. El aroma de Ulises se mezclaba con el suyo y eso le gustaba al Alfa. Los ojos negros de este se elevaron y suavemente besó su vientre plano.
—Me encanta sentir mi aroma en ti —susurró acariciando sus piernas. Diomedes enterró el rostro entre los muslos del menor, lamiendo su zona sensible. Ulises tembló y nuevas sensaciones burbujearon en su estómago. Su humedad resbaló por su piel, pegajosa y espesa.
Sus piernas temblaron y gimió bajito, levantando la mirada al cielo oscuro. La luna era grande y amarilla, tan majestuosa que su opaca luz le entregaba al bosque una belleza enigmática y sombría. Ulises jadeó, con las mejillas prendidas y las piernas abiertas al ajeno. La lengua caliente de Diomedes lamió su humedad y eso no hizo más que hacerlo sentir extraño. Cuando aquél Alfa lo tocaba se sentía perdido, asustado, tan sumiso y dominado que se dejó caer sobre él. El guerrero le quitó el camisón del cuerpo y toda su piel se erizó. Sus rostros se encontraron y el Alfa lo miró con sus grandes ojos negros, sus labios rojos, su mentón cubierto de humedad.
Ulises bajó la mirada a los pantalones del Alfa, podía sentir su dureza y excitación. En sus feromonas, su aroma, olía bien. El Omega se alejó un poco y se puso boca abajo, levantando las caderas mientras su lubricante natural resbalaba de su entrada, sus muslos brillaron bajo la luz de la luna y el Alfa apretó los glúteos, olisqueando el aroma fuerte que su Omega le brindaba. Su boca se enterró en la humedad suave y saboreó la excitación del menor. Los gemidos de Ulises lo enloquecieron, quiso ver su rostro, sus mejillas rojas, su mirada cristalizada y su cabello despeinado. Era un Omega joven e inexperto, pero le gustaba porque hacía lo que decía y se dejaba para todo lo que proponía. Diomedes se separó un poco y un hilo de lubricante colgó de sus labios. El Alfa mordió la carne del trasero y avanzó por la espalda baja. Le pidió a Ulises entre susurros que se acomodara sobre él y así lo hizo el Omega.
El pequeño se sentó sobre su pantalón abultado. El guerrero apretó su cintura, sus piernas grandes y lo miró a los ojos. El Alfa embriagó al Omega de puras feromonas fuertes, su aroma pesado afectó tanto al menor que su mirada se perdió y su cuerpo tembló sobre él. Diomedes bajó la mirada cuando sintió la humedad de su niño sobre la tela de sus pantalones. Suavemente lo desabrochó y se los bajó un poco para que su hombría saliera a la luz. Su pene erecto chocó húmedo contra su piel y suavemente dejó que se uniera a las partes íntimas y mojadas de Ulises. El menor empezó a frotarse contra el miembro, sintiendo el falo duro contra sus muslos, contra su pequeño pene erecto y su entrada palpitante. El Omega buscó los labios del Alfa y lo besó torpemente, la humedad entre ambos le brindó una excitación masiva, una necesidad que se resolvió cuando Diomedes tomó de la cintura al menor y guió su propio pene a la entrada rojiza. El calor y la presión de las paredes se apoderaron de su miembro y suavemente sentó al Omega en sus piernas.
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TEETH (OMEGAVERSE)
Manusia Serigala»Había escuchado, sin embargo, que atesoraban la idea de que un Omega les entregara cachorros. Su estómago se revolvió, sabía que los cambiaformas estaban en peligro de extinción, y aún así, eran tan fuertes como para erradicar gran parte de la pobl...
