Capitulo 11 - Aterrizaje Lejano

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   Ubicación: Desconocida.
   Hora: Desconocida.

   Ambos tomaron uno de los muebles del salón donde estaba la puerta al armario en el que se encontraban. Bloquearon la entrada principal a ese lugar.

-Abre los brazos y levanta los pies -ordenó el soldado al menor quien los extendió como le indicaron y levantó los pies en orden según le indicaban, así Guillermo le ajustó un arnés de paracaidista que estaba en el mismo lugar del paracaídas que tenían -. ¿Has saltado en paracaídas antes? -preguntó el soldado mientras se ajustaba uno él mismo, mientras Alejandro no lograba sacar de su mente el hecho de que el otro se veía muy bien con el arnés.

-¿Saltar?, ¿qué? -agitó su cabeza cuando recordó que estaban en el avión.

-Presta atención -le zamarreó Guillermo-. ¿Has saltado solo de en paracaídas?

-¿¡Qué!?, ¡no, jamás!

-Pues bien, porque saltaremos juntos. -dijo Guillermo mientras le pasaba el paracaídas a Alejandro y tomaba otros acercándolos a la puerta de salida.

-¡Abran la puerta! -patadas a todo dar se sentían al otro lado.

-¡Ya están aquí! -anunció Alejandro lo obvio.

-Gracias capitán obvio -Guillermo tomó la escotilla y la giró para poder abrir la puerta-. Sostén bien esa cosa. -le apuntó al paracaídas que el menor traía en mano.

   La puerta se abrió y de inmediato comenzó a lanzar cosas afuera del avión, sillas, papeles, todo caía. Guillermo tomó los paracaídas restantes y los lanzó por la puerta, siendo ahora ellos con el único a bordo.

-¡Ninguno de estos hijos de puta sobrevivirá en este avión! -Caminó a una esquina y pateó un panel del suelo, el cual se soltó luego de dos patadas de su bota. Quitó el metal y sacó la Desert Eagle de su pantalón. Dio contra los cables que estaban ahí.

-¡Alerta, falla en el traspaso de corriente eléctrica! ¡Alerta, perdida de aceite y energía! ¡Alerta, falla en el motor derecho! -Anunciaba la voz computarizada de una mujer.

-¡Es hora de saltar! -Guillermo se acercó a Alejandro quien tenía cara de susto y nervios, su piel estaba más pálida de lo que normalmente era-. ¿¡Tienes la Bane!? -preguntó en gritos por el ruido del viento, el otro asintió débilmente y la apretó en su bolsillo como si se fuera a caer-. ¡Bien! ¡Ahora presta atención, yo me encargaré de guiarnos, solo sigue mis movimientos cuando estemos en caída! ¿¡Vale!?

-¡No puedo! -gritó aterrado Alejandro-. ¡No puedo hacerlo, tengo miedo! -podía casi sentir la humedad en sus ojos.

-¡No temas, son solo unos cuantos miles de metros! -le arrastró Guillermo riendo, como si hubiera sonado divertido.

   Ambos miraron hacia abajo.

-¡Alerta, falla sobrecalentamiento de la sala de maquinas!

-¡Está bien, no pasará nada, te lo prometo! -Guillermo puso su mano en el rostro temeroso del menor, quien miró de reojo la caída hacia las nubes.

-¡No puedo, no, no! -dio pasos atrás cuando fue atraído por la mano del soldado y besado con intensión. La mano del mayor apretó la mejilla del joven y ambos comenzaron a tener la misma respiración en ese momento, calmada, la misma que tenía Guillermo por años de experiencia en ese tipo de cosas.

   Sus labios calmaron todo el sonido de las patadas y los gritos al otro lado de la puerta, la voz de alerta de la mujer y el sonido del viento. No había ningún movimiento mientras eran ellos dos en aquella habitación. Pero nada dura para siempre.

GuardiánHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora