Capítulo VII

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Capítulo VII

—¿Y tú quién eres? —preguntó la guardiana, con un aire de venganza por lo que le habían hecho a su compañero.

—¡Soy Paimon y yo seré el que acabe con su jodida existencia!

Al proferir aquellas palabras, el ser infernal se abalanzó contra ellos. Victoria fue la primera en recibir el ataque, quedándose sin aire por el contundente impacto en el abdomen. 

—¡Delta! —vociferó Mario a unos metros. Intentó ponerse en guardia, pero todavía estaba muy adolorido por el golpe. Inmediatamente fue a socorrerla; la tomó entre sus brazos para que se recuperara.

—Estoy bien, gracias. Estoy bien.

—Creo que este no será tan fácil como los anteriores.

—No será igual, pero terminará de la misma forma: ¡muerto y en el piso! —mencionó ella, sacando su reluciente arma.

Ahora que los guardianes habían recuperado sus dones, eran casi invencibles... casi.

El silencio se prolongó. Parecía que aquel ruin demonio los estaba acechando; los últimos rayos de luz se extinguieron del firmamento y la penumbra les estaba dando una cálida bienvenida.

—¡Sal de donde estés, maldito cobarde!

Mario gritaba a los cuatro vientos, esperando una respuesta de aquel ser. Ambos guardianes empuñaban sus armas, más que listos para acabar con el mal e ir en busca del elegido; estaban cerca y no tenían tiempo que perder.

—Alpha, tenemos que apurarnos —susurró ella, estando espalda con espalda.

—Lo sé. No nos resta mucho tiempo, pero tenemos que acabar con este engendro del mal.

—Al parecer, Luzbel ya ha hecho sus movimientos para derrocarnos.

—Pero, por más que lo intente, no podrá contra nosotros.

Tenían una guardia casi perfecta, visualizando todo a su alrededor en 360 grados; sin embargo, el demonio era muy astuto y una fugaz señal debajo de ellos los perturbó e hizo que perdieran la concentración.

Recibieron un fuerte impacto por un craso error.

El golpe los llevó a estrellarse contra el duro hielo. Sintieron que desfallecerían, pero rápidamente se incorporaron para estar más alertas.

—Creo que nos ha tomado por sorpresa —mencionó ella, adolorida.

—Ni lo digas, Delta, ni lo digas.

—Creo que no lo debemos subestimar, Alpha.

Una tercera voz los asaltó; esta provenía de todas partes, pero de ninguna a la vez.

—Hacen bien en no subestimar el poder del mal.

Ambos guardianes estaban con sus espadas desenvainadas, esperando el ataque de aquel vil ser. Todos sus sentidos estaban puestos en el entorno.

—Delta, ten cuida...

Mario no terminó la frase. De entre el hielo empezaron a emerger unas sombras amorfas de color negro; el contraste con el gélido lugar era muy evidente. Estas criaturas se abalanzaron sobre ellos, forzando a los guardianes a comenzar a cercenar a sus enemigos.

—Como los viejos tiempos, Alpha —mencionó Victoria, quien profería contundentes y mortíferos golpes a sus oponentes; su espada zumbaba y cercenaba todo lo que se le atravesara.

—Sí, como los viejos tiempos, Delta. Yo cuido de tu espalda y tú de la mía.

Se complementaban a la perfección, aniquilando a ese ejército de sombras que había convocado el demonio Paimon. No sabían cuántas eran ni cuántas restaban, pero ellos seguían venciéndolas una a una.

Los GuardianesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora