____ no volvió a ver a Harry hasta la mañana siguiente, y quizá fue lo mejor.
Estuvo despierta casi toda la noche, reviviendo la escena del salón; pero no podría haber negado que dedicó mucho más tiempo a evocar los besos y las caricias que a la discusión que habían tenido. Mientras el viento soplaba en el exterior, azotando los árboles y los cristales de las ventanas, ella se dedicaba a pensar en su cuerpo, en el placer que había sentido y en la energía desatada que aún recorría sus venas.
Sin embargo, se sentía culpable por haberlo forzado a hablar de su vida. ¿Cómo se le había ocurrido decir que sabía lo de su mujer y su hijo? No venía a cuento de nada. ¿En qué estaría pensando?
Tras sopesarlo unos momentos, llegó a la conclusión de que el problema consistía precisamente en que no estaba pensando. Había mirado sus preciosos ojos, lo había provocado, había conseguido que se cerrara a ella y, a continuación, se había enfadado con él y le había plantado cara sin darse cuenta de que esa actitud podía dañar su débil relación.
A pesar de ello, ____ intentó convencerse de que había abierto la puerta de su pasado, y de que ya no la podría cerrar. Ahora, tendría que afrontar el hecho de que había renunciado a su talento artístico y a la propia vida, negándose cualquier tipo de felicidad. ¿Y para qué? Su sufrimiento no cambiaba nada. No le podía devolver a su familia.
–¿Ya has terminado, mamá?
La voz de Holly, que estaba haciendo sus deberes en la mesa, la sacó de sus pensamientos. El mundo que se veía por la ventana de la cocina era de cielos grises y árboles inclinados por el vendaval. Pero no había nevado casi nada, y ____ empezaba a pensar que no tendrían unas Navidades blancas.
–Aún no, cariño. Pero me falta poco.
____ miró a su hija y se volvió a concentrar en la página web de uno de sus clientes, un escritor de novelas. Por algún motivo, algunos de sus lectores tenían la extraña costumbre de dejarle comentarios poco respetuosos, aunque sus libros les gustaran. Y ella, que también ejercía de moderadora, se dedicaba a leerlos y a eliminar los que sobrepasaban el terreno de la crítica y caían en el insulto.
Pero aquella mañana no estaba siendo productiva. Su mente se empeñaba en volver a la noche anterior, así que iba con bastante retraso. No dejaba de pensar en los ojos, los labios, las manos y el cuerpo de Harry.
–Oh, mamá, ¿cuándo nos podemos ir? –protestó la pequeña.
–Cuando haya terminado –respondió su madre, armándose de paciencia.
____ hizo un esfuerzo por sacarse a Harry de la cabeza, terminó de limpiar la sección de comentarios de la página y, tras enviar una felicitación navideña a los lectores del escritor, salió del sitio web y entró en otro, donde tuvo que hacer lo mismo.
–¿Cuánto tiempo te falta? –insistió Holly, al borde de la desesperación–. Si no nos vamos pronto, no encontraremos ningún árbol de Navidad.
____ sonrió y le pegó un tironcito de una de sus coletas.
–Te prometo que habrá árboles de sobra. Pero te recuerdo que este año vamos a comprar uno pequeño –dijo, sin mencionar que no quería ofender excesivamente a Harry.
–Lo sé. Es porque a Harry no le gustan las Navidades –replicó la niña, sorprendiéndola–. ¿Cómo es posible? A todo el mundo le gustan los regalos.
–Los regalos, sí –puntualizó ____, que no quería dar demasiadas explicaciones–. Pero, si quieres saber por qué le disgustan, deberías preguntárselo a él.
–¡Se lo preguntaré ahora mismo!
Holly se levantó de la silla y salió corriendo antes de que su madre lo pudiera impedir.
