Capítulo 3

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Narra Coraline:

Lo que más odio de una persona es que me mienta y me tome por gilipollas. Y ya si nos ponemos exquisitos y hablamos de la tal Cleo... Dios, es que no la soporto. 

Solo me ha faltado cinco minutos para hacerle un análisis psicológico para saber de qué pie cojea esta persona. Y si mis cálculos no me fallan (ya que siempre suelo tener razón en estas cosas, es como un sexto sentido que siempre tenido) esa chica no me inspiraba mucha confianza que digamos. 

Me había resultado tan soberbia y prepotente que ya había sido más que suficiente para mí y me daba igual haber quedado mal delante de ella y de mi mejor amigo. También me había molestado  que mi mejor amigo no me lo hubiera comentado hasta ahora. No entendía el porqué si entre nosotros nunca había habido ningún tipo de secretos. Al contrario, yo le contaba todo sobre mí y viceversa. Porque eso es lo que suelen hacer los mejores amigos, ¿no? Contarse de todo sin peros ni señales. 

Es verdad que estaba tronando bastante y seguía lloviendo a cántaros. Aunque era verano y solía hacer un calor de la hostia, hoy pasaba todo lo contrario. El tiempo se había revuelto bastante y había empeorado conforme el día transcurría. Ni había traído paraguas ni llevaba el calzado apropiado para caminar entre la lluvia. Además, mi móvil no paraba de sonar. Era Damiano todo el rato preguntándome si había llegado a casa o si necesitaba ayuda. 

No tenía intención de leérselos ni aún menos, de responderle. Simplemente no me veía con ganas. Necesitaba mi propio espacio ahora mismo. 

Justo en el momento que llegué a mi casa  y saqué las llaves para introducirlas en la cerradura de la puerta, oí que alguien me llamaba a voces. 

- ¡CORALINEEEEEE! 

Me giré y no me lo podía creer. 

- ¿Leandro? ¿¡Leandro Ferrari!? ¿¡PERO QUÉ HACES TÚ AQUÍ!? - exclamé a la vez que corría a abrazar a mi amigo. 

- ¿Tu amigo no puede hacerte una pequeña visita para ver qué tal estás o qué? 

- ¿Tu amigo no puede hacerte una pequeña visita para ver qué tal estás o qué? 

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- No esperaba tu visita... ¡Qué sorpresa! 

- ¿No me invitas a entrar que hace mucho frío y aún encima llueve a cántaros? 

- Claro, claro... ¡Entremos! 

Dicho esto, procedí a girar la llave dos veces hacia mi izquierda y la puerta de mi casa se abrió. Hice un pequeño gesto con la mano a Leandro para invitarle a entrar y éste accedió.

- ¡Wow! ¡Me flipa tu casa mola un montón! ¡Es tan vintage...! -exclamó mi amigo sin parar de mirar todos los rincones de mi casa. 

- ¿Te apetece tomar un café o algo? 

- Un café con leche estará bien, gracias - contestó mi amigo al tiempo que se sentaba en uno de los sofás que tenía en el salón-. Ostia... ¡Qué cómodo es el sofá! ¡Es como estar tumbado en una nube!

-¿Lo quieres con leche entera o... ? ¡Achús! - salté de pronto estornudando-. ¿Desnatada? 

Acto seguido, cogí una caja de pañuelos de menta que encontré en la encimera de la cocina y me soné la nariz. De pronto, noté que me empezaba a doler un poco la cabeza y me empecé a marear así que me sujeté con mis dos manos a la encimera. 

- Desnatada... - dijo Leandro mientras me observaba sentado en el sofá-. Oye, Cora... ¿Estás bien? ¿Te duele algo? 

- Creo que me he resfriado un poco - decidí responderle.

No me gustaba para nada la idea de que mis amigos se preocupasen por mí. Simplemente, me gustaba ser una persona que sabía cuidarse de sí misma sin la ayuda de nadie. No me gustaba tener a alguien que estuviera encima mía todo el rato preguntándome si estaba bien o si me pasaba algo. Sin embargo, no sabía si conseguiría disimular mucho rato más porque sentía que el dolor de cabeza iba aumentando cada vez más aparte de que notaba que la cara me estaba ardiendo y me mareaba más que antes. 

No sé cuándo ni cómo pero para cuando quise darme cuenta Leandro entró en la cocina y me agarró de los hombros suavemente. 

- Cora, enserio... ¿Por qué no te sientas un poco y descansas? ¡Joder estás ardiendo! - saltó de pronto tras tocarme la frente-. ¿Dónde tienes un termómetro, eh? 

- Leandro que no es nada. Siéntate que te llevo el café a... ¡Achús! -volví a estornudar de nuevo-. A...a... ¡Achús! Joder mi cabeza - salté pensando en voz alta.

- Coraline, ¡dime dónde hay un puto termómetro hostia!  - se había puesto nervioso pero él siempre había sido así.

- En el baño. Subes las escaleras y la primera puerta a la derecha -intenté indicarle lo mejor posible señalando las escaleras de madera de caoba con mi dedo índice derecho.

- Ahora vuelvo.  Procura no moverte, ¿vale? 

No me dio tiempo ni a contestar siquiera puesto que Leandro subió corriendo las escaleras y casi se tropieza y se da con un peldaño en la sien. De pronto, alguien llamó al timbre.

- Agggg ¿quién coño será ahora? ¡De verdad si es que hasta cuando una no se encuentra bien le tocan los cojones!  - salté de mala uva mientras intentaba avanzar sin desplomarme hacia la puerta principal. 

La cabeza no dejaba de darme mil vueltas. Literal que estaba sudando muchísimo y notaba que la cara iba a explotarme en cualquier momento de tanto como me quemaba. Avancé lentamente, apoyándome con las manos en las paredes para evitar caerme de bruces. El timbre seguía sonando. 

- ¡Que ya voy! - intenté gritar casi sin fuerzas.

En cuanto abrí la puerta, me sorprendí porque no esperaba su visita para nada. 

- ¿Q... qué ha... ces aq... aquí? - traté de articular a la vez que intentaba hacer fuerza para alzar la vista hacia sus ojos marrones.

 aquí? - traté de articular a la vez que intentaba hacer fuerza para alzar la vista hacia sus ojos marrones

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- Estaba preocupado por ti... ¿No te dije que me mandaras un mensaje tan pronto como llegaras a casa? 

 ¿No te dije que me mandaras un mensaje tan pronto como llegaras a casa? 

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- Yo n... yo no... no est...  - sin poder terminar la frase, súbitamente me desplomé. 

- ¡¡Cora!! - oí que empezaba a decir sujetándome entre sus brazos-. ¡¡CORALINE!! 


~ Because of you~ (Damiano David)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora