Capítulo 2

46 8 2
                                        

Escucho la bocina del auto y me sobresalto como si fuera un disparo.

—¡Mamá, ya me voy! —grito mientras meto la última tostada en la boca.

Recojo mis cosas tan rápido que casi tiro el bolso, pero lo disimulo. No quiero que mamá note lo tensa que estoy últimamente... aunque si lo hiciera, tampoco preguntaría mucho.

—Hola, Megan —saludo al subir al auto con mi mejor sonrisa impostada.

—Hola, Ale. Por cierto, gracias por ayudarme a limpiar el auto ayer, quedó como nuevo.

Asiento. Finjo normalidad. Me esfuerzo, incluso.

—Te veo contenta —añade, con esa sonrisa que nunca falla—. Eso es porque Max regresa, ¿verdad?

—Bien, lo confieso —levanto las manos—. Estoy... feliz de volver a verlo.

Feliz. Qué palabra tan grande.
Tan liviana para otros.
Tan pesada para mí.

—No seas dramática —ríe Megan—. Solo fueron dos meses y hablaban todos los días. Además, te hizo bien desconectarte un poco. Cuando estás con Max, él te acapara y yo desaparezco del mapa.

—¿Eso que huelo son celos? —bromeo.

Ella hace un puchero infantil. Exagerado.
Y yo río.
Río porque es lo que debo hacer.
Río aunque algo dentro de mí vibre, como una nota grave que resuena debajo de cada palabra.

Las risas en el auto suenan lejanas, casi como si vinieran de afuera, como si yo fuera solo una espectadora.

No es la primera vez que me pasa.

Al llegar a la escuela hablamos con algunos compañeros. Todos presumen de viajes y vacaciones. Yo solo escucho. Estoy allí, pero detrás de un vidrio grueso.
Repite ese sentimiento: el vidrio. Siempre el vidrio.

¿Por qué pienso en eso?
No importa.

Durante el almuerzo camino hacia la cafetería con el cuerpo acelerado, expectante. Sé que Max está allí y, aunque quiero verlo, un pequeño nudo me impide ubicarlo.

Lo encuentro sentado con Hugo y corro a abrazarlo por la espalda.

—Hola, amor.

—Hola —dice él. Ese "hola" me ancla un poco.

Lo beso, y Hugo protesta.
Todo debería sentirse normal.
Debería.

Él me pregunta por mis vacaciones y yo le respondo. Max sonríe, me toca la cintura. Todo es amor adolescente y conversaciones ligeras.
Debería tranquilizarme, pero algo tamborilea en la base de mi cráneo. Un pensamiento que quiere formarse... pero se queda atascado.

Cuando suena el timbre, siento un alivio irracional.

Camino por el pasillo buscando mi salón cuando lo veo.

El chico.
El del restaurante.
El que estaba con Daniel.

Cabello castaño ligeramente desordenado. Ojos grises que parecen no parpadear.
No lleva capucha esta vez, y aun así siento la misma corriente fría que aquella noche.

Pero eso no es lo peor.

Lo peor es que su presencia activa algo en mi mente, como si alguien hubiera encendido una diapositiva muy vieja que no quería volver a ver.

—¿Me dejas pasar? —dice con voz seca.

Me mira fijamente. Demasiado fijamente.

Me aparto de inmediato.

—Sí, claro...

Él pasa.
Yo me quedo inmóvil unos segundos, tratando de entender por qué mi corazón late como si hubiera corrido.
Como si él representara algo.
Algo olvidado.
Algo que no debería recordar.

En clase, las chicas cuchichean sobre "el amigo de Daniel", y cada comentario sobre él hace que mi mente rellene huecos con sensaciones que no encajan:
—Un olor a humedad.
—Una sombra bajo un foco parpadeante.
—Un golpe contra un cristal.

Trato de desvanecer los pensamientos, pero vuelven.
Golpean.
Insisten.

—¿Señorita? —la voz del profesor me hace sobresaltar.

—Alexandra Bruke —respondo casi por reflejo.

El profesor Smit me regaña por no prestar atención. Asiento y me disculpo. Pero mi mente sigue en otro lugar. En otro momento.

Miro el reloj. Faltan veinte minutos. Imposible aguantar así.

—Profe... ¿puedo ir al baño?

Me deja salir, molesto.

El pasillo está casi vacío. Y silencioso.
Demasiado silencioso.

Camino hacia el baño cuando veo una sombra moverse.
Se desliza.
No camina.
Se desliza.

Mi pecho se aprieta.
No puede ser él.
No aquí.
No así.

Escucho sonidos. Como jadeos cortos. Algo golpeando la pared. Me acerco sin pensar, porque mi cuerpo siempre corre hacia el peligro sin que yo lo ordene.

Doblo el pasillo y quedo paralizada.

Dos adolescentes se están besando contra los casilleros.

—Lo siento —murmuro, con la cara roja.

Ellos se ríen y me alejo rápido.

Mi corazón aún no baja.
Mis manos siguen frías.

¿Fue imaginación?
¿Paranoia?
¿Un recuerdo disfrazado de sombra?

O peor:
¿Una advertencia.

No sé.
Y eso es lo que más miedo me da.

In the Dark Donde viven las historias. Descúbrelo ahora