Después de todo lo que había pasado —las sombras detrás de la farola, la paranoia de la noche en la fiesta, Lucian y su carpeta, Daniel y su advertencia, y la sensación de ser seguida por el chico de la estación— mi cerebro necesitaba un respiro urgente. Algo parecido a la "escena cute de transición" de las películas, un momento para respirar y recobrar la cordura.
Aunque no soy fan del dulce, mi cuerpo gritaba por azúcar como si fuera la solución universal a todos mis problemas. Así que terminé caminando hacia la heladería del centro, con música suave, aire fresco, y esa sensación de "ok, hoy no me va a pasar nada extraño... ¿verdad?".
—Ale —escuché a mis espaldas. Giré. Un chico alto, sonrisa fácil, expresión amistosa.
—¡Cuánto tiempo! —dijo animado.
Solo lo miré, intentando ubicarlo. Debió notarse porque soltó una risa.
—Soy Adam, ¿no me recuerdas?
Sentí como si mi cerebro se reactivara de golpe, como abrir mil pestañas y que todo cargara a la vez.
—¡Adam! —dije, al fin. Había sido mi amigo de la infancia, compañero de travesuras, protector accidental, vibra de hermano mayor cool.
—Hola, Adam. Perdón... no te reconocí al principio —me disculpé, un poco avergonzada.
—Tranquila, eras una enana cuando nos vimos la última vez —bromeó—. ¿Qué haces por aquí?
—Antojada de un helado —admití.
—¿Superaste tu odio por el dulce? —preguntó divertido.
—Lo sigo odiando —confesé—. Pero hoy siento que me lo merezco... aunque sea un poco.
Adam rió, y justo cuando iba a decir algo más, su mirada se desvió detrás de mí.
—Ah, mira, llegó mi hermano. ¿Te acuerdas de Miguel?
Me giré. Y por un instante casi me atraganto con mi propia saliva.
Miguel... el chico de la estación de policía. El que había aparecido en los peores momentos, que parecía leerme la mente, que siempre estaba donde yo estaba.
—Hola —saludó, seco.
—Hola —respondí, tragando saliva.
—¿Por qué no comes con nosotros? —propuso Adam antes de que pudiera decir ni loca.
Y sin aviso, me arrastró a una mesa dentro de la heladería. El ambiente era cómodo, pero raro. Adam hablaba sin parar: la universidad, profesores intensos, una chica que acababa de conocer, su plan de aprender guitarra... todo muy normal.
Yo asentía, respondía frases cortas, observando cómo mi helado se derretía. Miguel, en cambio, no decía nada. Solo... miraba. Como si analizara cada movimiento, cada palabra, cada respiración. Ni siquiera tocó su helado.
Cuando por fin terminé el mío, respiré con alivio. Intercambié números con Adam —no con Miguel, jamás— pagué mi parte y me levanté.
—Tengo que irme. Mis padres se van a preocupar.
Salí a la calle y suspiré, como si acabara de salir de un examen sorpresa. Un respiro. Al fin.
O eso pensé.
—Sabes —dijo una voz muy cerca de mí.
Me giré sobresaltada. Miguel.
Con su cara inexpresiva, como si nunca hubiera estado en silencio durante media hora, como si esto fuera lo más normal del mundo.
—Dicen que si te encuentras con una persona más de tres veces en el mismo día, es porque están destinadas —soltó.
Y luego se fue. Así, como si acabara de dar el dato más casual del mundo y no algo que te deja cuestionando tu existencia.
Me quedé quieta, procesando.
"Destinadas... tres veces... en el mismo día..."
Lo peor no fue lo que dijo. Lo peor fue la sensación en mi pecho: una chispa incómoda, como si ya hubiera escuchado esa frase antes, como un eco que no podía ubicar.
Y más que cualquier sombra, carpeta o secreto, eso volvió a encender la alerta en mi nuca: algo en Miguel no era casual. Y estaba ligada a Lucian de una manera que aún no entendía.
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In the Dark
Teen FictionLa vida de Alexandra estaba tejida de secretos, secretos por los que daría todo, incluso su propia vida. Debía protegerlos con tal intensidad que nadie pudiera descubrirlos. Hasta que llegó aquel día: el día en que decidió dejar atrás su antigua vid...
