Las últimas semanas, desde lo que pasó en el centro comercial, habían sido... raras.
No sabía por qué, pero comenzaron a llegarme notas extrañas: frases cortas, dibujos perturbadores, mis iniciales escritas con tinta corrida. Siempre sentía ojos sobre mí, aunque mirara a todos lados y no viera a nadie.
Pensé que me estaba volviendo loca... hasta que comenzaron las llamadas silenciosas. Y los silbidos por la noche.
Ya no era imaginación. Estaba segura. Era el acosador.
—Ale —llamó mamá desde la planta baja.
Cerré la tapa de mi diario con rapidez y lo dejé sobre la mesita antes de bajar.
—¿Te acuerdas de la señora Wilson? —preguntó mamá.
—Sí... la vecina de al lado —respondí, aunque tardé unos segundos en ubicarla.
—Se ha mudado otra vez al frente. Me pidió ayuda con la mudanza. Tiene 76 años, no puede hacer mucha fuerza.
Suspiré, resignada.
—Está bien. Dame un segundo para buscar mi móvil.
Minutos después, cruzábamos hacia la casa de la señora Wilson. La casa olía a polvo y muebles cerrados, pero era acogedora.
—Has crecido tanto, Ale —comentó la señora Wilson, apachurrándome los cachetes—. Pero estás muy flaca, hija... ¿casi no comes?
—Eh... —intenté disimular, y mamá intervino rápido—. Ale come saludable. Nunca toca dulces ni frituras.
—Ohh —dijo, con admiración—. Ya quisiera yo tener esa fuerza de voluntad.
Empezamos a limpiar y organizar. "Friends" de Marshmello y Anne-Marie sonaba a todo volumen en mi teléfono. Cantaba mientras veía a mamá moverse de forma tan cómica que no podía contener la risa.
—Don't go look at me with that look in your eye... —canté entre risas, sin poder dejar de mirar las cajas y el polvo por toda la habitación.
La señora Wilson apareció con una bandeja de galletas. Se movía tan torpemente que me atraganté de la risa.
—No se corten, coman lo que quieran —dijo mientras barría—.
Mamá, fanática de las galletas, me lanzó un trapo en la cara. Estornudé y seguí limpiando la ventana, concentrada... hasta que algo al otro lado de la calle me llamó la atención.
Me restregué los ojos. Miré de nuevo.
No desapareció.
—No puede ser... —susurré. Al otro lado de la calle, alguien me miraba desde la ventana de mi propia casa.
La figura levantó un brazo, cubriendo la mitad del rostro, dejando los ojos al descubierto. Me congelé.
—Ah... —jadeé, cayendo hacia atrás.
La señora Wilson y mamá me miraron desconcertadas. Fingí una sonrisa. Miré por segunda vez. Nada.
El teléfono fijo comenzó a sonar. Fui a contestar.
—¿Hola? —esperé, pero no había más que respiración pesada. —Hola...
Silencio.
—Voy a colgar —advertí.
Nada.
Hasta que un susurro recorrió mi oído:
—Ale...
Un escalofrío me recorrió. Miré el espejo encima del teléfono.
Ahí estaba. En el patio. Sosteniendo un móvil. Mirándome.
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In the Dark
Teen FictionLa vida de Alexandra estaba tejida de secretos, secretos por los que daría todo, incluso su propia vida. Debía protegerlos con tal intensidad que nadie pudiera descubrirlos. Hasta que llegó aquel día: el día en que decidió dejar atrás su antigua vid...
