Capítulo 7

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El lunes siempre parecía un reto, y hoy no era la excepción. Me levanté con los pelos revueltos, los audífonos todavía enredados en la almohada y la sensación de que necesitaba tres cafés antes de enfrentar siquiera la puerta de mi cuarto.

—Ale, ¿sobreviviste? —me llamó Megan por el interfono de su auto mientras estacionaba frente a mi casa.
—Sobreviví... más o menos —respondí, arrastrando los pies—. ¿Qué pasó con tus mensajes? Dijiste que pasarías a recogerme temprano.
—Casi me atrapa el tráfico, pero nada grave —rió Megan, abriendo la puerta del auto—. Sube rápido antes de que llegue tarde a la escuela.

Después de acomodarme en el asiento de pasajera, Megan encendió la radio y comenzó a cantar a todo pulmón una canción que sonaba por décima vez en la semana. Intenté unirme, pero mi tono de voz salió más como un gato desafinado que como un canto digno de auto en movimiento.

—Tranquila —dijo riéndose—. Si aprendiéramos a sobrevivir solo con la música, tú y yo estaríamos hechas unas sobrevivientes.

Subir a la escuela era otro reto. El caos típico de un lunes: lockers que no cerraban, mochilas que explotaban, gritos, risas y el profesor de matemáticas explicando lo que él llamaba "la fórmula definitiva del universo" mientras nadie entendía nada.

Nos sentamos en la cafetería para el almuerzo y nos encontramos con nuestra mesa habitual: chicas comentando sobre lo último en TikTok, chicos intentando impresionar con trucos ridículos de cartas y... Adam, quien volvió a aparecer con su eterna sonrisa.

—Chicas, hoy les traigo algo revolucionario —dijo Megan, sujetando un sándwich gigante que parecía diseñado para romper récords mundiales de comida.
—¿Revolucionario? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿En serio?
—Sí, mira —y de repente lo parte en dos y me ofrece la mitad—. Super sándwich doble felicidad. Promete levantar el ánimo incluso después de un lunes infernal.

Me lo comí rápido mientras Megan narraba cada bocado como si fuera un programa de cocina. No pude evitar reírme mientras le decía:

—Si alguien te viera, pensaría que estás loca.
—Ya, pero ¿y la diversión? Esa es gratis —contestó con su mejor sonrisa de conspiradora.

Mientras pensaba que el día no podía ponerse más divertido, Daniel apareció con un reto ridículo: había un concurso de lanzar pelotas de papel al bote de reciclaje desde tres mesas de distancia. Megan me arrastró a participar mientras yo protestaba:

—¡Pero soy pésima! —grité, mientras Daniel ya había hecho un tiro perfecto desde el primer intento.
—Eso no importa, Ale —dijo Megan—. ¡Se trata de diversión!

Entre risas, pelotas de papel que golpeaban a gente accidentalmente y apuestas tontas sobre quién ganaría, terminamos causando un mini caos en la cafetería. Algunos profesores miraban con desaprobación mientras nosotros apenas podíamos contener la risa.

Al final, Megan ganó (obvio) y yo recibí un premio simbólico: un trozo de su sándwich gigante que no había comido. Mientras caminábamos de regreso al auto, Megan no dejaba de burlarse de mis tiros fallidos, y yo planeaba vengarme la próxima vez.

Subidas al auto, nos dejamos llevar por la música, cantando desafinadas y tirándonos bromas, mientras el tráfico nos obligaba a frenar y acelerar en sincronía. Megan encendió su playlist secreta de canciones vergonzosas y empezó a hacer coreografías ridículas en el asiento, provocando que me tapara la cara de la risa.

—Te juro que si alguien nos ve, pensaría que estamos locas —dije, entre risas.
—Y si eso pasa... ¡que vean! —contestó ella, haciendo un giro dramático con el auto estacionado—. La vida es demasiado corta para no bailar como idiotas, Ale.

Mientras reía, no pude evitar recordar la sensación de la noche pasada, la figura bajo la farola, los pasos detrás de mí... un escalofrío me recorrió el cuello, pero lo ahogué en una carcajada y en un sorbo de mi café. Sí, el mundo seguía siendo caótico, pero esos momentos, simples y ridículos, eran el tipo de cosas que realmente hacían que valiera la pena ser adolescente.

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