La clase de física parecía una tortura interminable. Las fórmulas bailaban en mi cabeza de forma caótica, sin sentido alguno. Intenté concentrarme, pero el recuerdo de la noche anterior y el encuentro con el chico de la estación de policía seguían persiguiéndome, como sombras detrás de un vidrio empañado.
Mi móvil vibró. Era un mensaje de mi madre:
"Necesito que pases por casa de Ani después de la escuela, es importante."
Mi corazón dio un brinco. ¿Cómo llegaría allí sin dirección? Le pedí la ubicación, pero no respondió. Intenté concentrarme en la clase, pero los números y ecuaciones parecían burlarse de mí.
El reloj avanzaba con lentitud torturante: seis... cinco... cuatro.
Al levantar la vista por la ventana, ahí estaba: Lucian, sentado en el patio junto a Daniel. Un escalofrío recorrió mi espalda. Por un instante, mi mente recordó la sensación de su cercanía la noche anterior, el roce invisible que me dejó inquieta.
El timbre sonó liberándome de la prisión del aula. Me apresuré escaleras abajo, tan concentrada que no vi a quién bloqueaba el paso hasta que tropecé y caí.
—¿Estás bien? —preguntó una voz familiar, ofreciéndome su mano. Levanté la vista y me sorprendí: era el chico de la estación de policía.
—Sí... gracias —balbuceé. Antes de que pudiera decir algo más, se fue corriendo, dejándome con la palabra en la boca.
Suspiré y traté de concentrarme en encontrar a Lucian. Lo vi caminando hacia la salida y llamé su atención.
—¡Eh, tú! —grité. Nada. —Lucian —repetí, pero me ignoró. Intenté una última vez —¡Ojos grises! —y finalmente se detuvo.
—¿Qué quieres, Alexandra? —su voz era tensa, casi irritada.
—Es Ale —lo corregí, sintiendo cómo la urgencia se mezclaba con mi curiosidad.
—¿Qué quieres? —repitió.
—Necesito la dirección de tu casa. Mamá me pidió pasar por Ani —expliqué rápidamente, mientras él me miraba de reojo, evaluando cada palabra.
Sin mediar mucho, asintió y comenzó a caminar. Lo seguí, pero mis pensamientos se enredaban en recuerdos: la fiesta, la noche helada, las sombras que parecían seguirme, y la sensación de pasos detrás de mí que no podía ignorar.
Finalmente, reuní valor y le dije:
—También quiero una disculpa... por cómo me dejaste aquella noche.
Él me miró como si fuera absurda, se soltó con un brusco movimiento y subió a su moto.
—Sube —ordenó.
—No —respondí firme—. No pienso subirme.
Arrancó sin esperar y desapareció de mi vista. Llamé a mamá más de diez veces, pero no obtuve respuesta. Frustrada y agotada, encendí mis audífonos, solo para ver una notificación:
"Perdón, estaba ocupada. La casa de Ani queda en Parkwood Street, número 17. Ve directo, por favor."
Sentí un leve alivio. Al menos tenía un destino. Guardé el teléfono y comencé a caminar.
Pero cada paso me hacía sentir un cosquilleo incómodo en la espalda, como si manos invisibles me recorrieran lentamente. El viento levantó hojas secas, que golpeaban el asfalto con un crujido exagerado en el silencio de la calle. Las farolas parpadeaban, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia.
Tragué saliva, intentando mantenerme cuerda.
"Relájate, Ale... solo estás cansada. Solo es ansiedad. Nada más."
Pero los sonidos inconsistentes continuaban: crujidos detrás de un contenedor metálico, un chasquido fugaz en una entrada oscura, un susurro que el viento dispersó antes de que pudiera descifrarlo. Mi instinto gritaba que no estaba sola.
Decidí correr, pero una mano firme en mi hombro me detuvo. Respiré profundo y reuní todo mi valor para darme la vuelta. Frente a mí estaba Daniel, firme como un guardián silencioso.
—No deberías llevar eso tan alto —dijo señalando mis audífonos mientras comenzaba a caminar, y yo lo seguí, sin poder evitar sentir cierta seguridad a su lado.
—¿Qué haces por aquí? —pregunté, tratando de ocultar mi desconfianza.
—Tenía pensado hacerle una visita a Lucian. Y tú... ¿no es más largo el camino a su casa por aquí?
—Solo caminaba —contesté, simple—. ¿Te molesta si me acompaño hasta la casa de Lucian?
Daniel negó con la cabeza, pero no pudo ocultar la sonrisa en su rostro.
—Tú y Lucian, ¿cómo se conocen? —solté de inmediato.
—Somos amigos de la infancia. No sé el momento exacto... supongo que siempre ha estado ahí —respondió, con un brillo travieso en los ojos.
—¿Se llevan bien? —pregunté.
—Sí. No pensé que alguien como él pudiera tener amigos —negó con la cabeza—. Pero todos tenemos razones para ser como somos. Y solo cuando las descubres, entiendes a las personas. No te aconsejo acercarte demasiado a él.
—¿Por qué? —pregunté, confundida.
—Porque eres capaz de hacer que Lucian se abra contigo... y una vez que conozcas sus razones, no sé si quieras seguir cerca de él —respondió serio.
—No creo que él ni siquiera me hable por voluntad propia —dije, dándole un toque defensivo.
—Créeme, lo conoce. Ha sido más sociable contigo que con cualquiera fuera de su círculo —añadió, y luego guardó silencio.
Finalmente llegamos. Daniel se despidió y se alejó, dejándome frente a la puerta roja e imponente de Lucian. Toqué el timbre. Los pasos se acercaron y la manilla giró. La puerta se abrió, y allí estaba él: Lucian, mirándome con sorpresa.
—¿Está Ani? —pregunté, sin saludar.
—No se encuentra —respondió tajante, comenzando a cerrar la puerta.
—¿Quién vino, Lucian? —interrumpió Ani—.
Esquivé a Lucian y entré.
—Hola —saludé a Ani con un pequeño beso en la mejilla.
—Hola, Ale. ¿Cómo has estado? —preguntó Ani, acogedora.
—Todo bien —contesté, sonriendo.
—Tu mamá me dijo que ibas a pasar a recoger unas cosas. Siéntate que ahora te las traigo. Lucian, ofrécele algo a Ale —dijo Ani y se alejó.
Mi vista se cruzó con la de Lucian.
—¿Me traes un vaso de agua? —pregunté mientras me sentaba. Él no contestó y se alejó dejándome sola.
Recorrí la casa mientras esperaba, y mi atención se detuvo en una pequeña figura de cristal y una carpeta con el nombre de Lucian. La abrí. Cada palabra que leí me hizo sentir un frío indescriptible.
—Ale —su voz me petrificó.
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In the Dark
Ficção AdolescenteLa vida de Alexandra estaba tejida de secretos, secretos por los que daría todo, incluso su propia vida. Debía protegerlos con tal intensidad que nadie pudiera descubrirlos. Hasta que llegó aquel día: el día en que decidió dejar atrás su antigua vid...
