Estaba frente a mi clóset, indecisa, con un nudo en el estómago. No sabía qué diablos ponerme. Megan, recostada sobre mi cama, no paraba de hablar de lo buena que sería la fiesta, de cómo casi toda la escuela asistiría, de lo bien que había hecho al aceptar.
—¿Puedes callar, parlanchina? —pregunté en un puchero, frustrada—. No me dejas concentrarme.
—¿Para qué necesitas concentrarte? —se indignó, levantando la cabeza para mirarme—. Eso es fácil —frunció el ceño y recorrió mi ropa como un ejército de decisiones posibles—. Deja que te ayude —se levantó de un brinco, con la emoción de siempre.
La miré con recelo. La última vez que le dejé elegir mi ropa, terminé con un desastre que casi me humilla en público.
—No creo que sea buena idea —dije con recelo—. Mejor le cojo algo a mamá.
Me escabullí hacia la habitación de mis padres, evitando cualquier protesta. Tras horas de debate interno, me decidí por un vestido negro y unos botines a juego. Chaqueta de cuero favorita, cola de caballo y un maquillaje sutil que Megan me ayudó a perfeccionar.
Cuando volví a mi cuarto, Megan estaba lista: saya púrpura alta, blusa corta blanca y tacones.
—¿Quieres que te maquille? —preguntó.
Asentí, mientras mi mente no dejaba de repasar la noche anterior: sombras moviéndose tras la ventana, esa sensación de ser observada, el eco de pasos que no debería haber oído.
—Lista —dijo finalmente—. Mira, ¿te gusta?
—Se te da genial —sonreí, aunque un escalofrío recorrió mi espalda—. ¡Vamos a divertirnos!
La fiesta empezaba a calentar motores. Solo había tomado dos chupitos, mientras Megan ya parecía tambalearse.
—Ale, me voy a bailar —me dijo—. ¿Puedes traerme otro de estos? —señaló su vaso.
—Está bien, pero quédate donde te vea —advertí.
—Ok, voy a bailar con... —miró alrededor, pensativa—, ese de ahí —señaló a su ex.
Se escabulló y me quedé sola. Me dirigí a la cocina por otro chupito, pero se había acabado el tequila. Tomé una cerveza y busqué a Megan y Adrian con la mirada. Nada. Silencio.
—Me cago en ti, Megan —susurré—, me dejas sola.
Decidí salir por un momento. Afuera, la oscuridad me envolvía. Una farola iluminaba la acera y mis pasos resonaban sobre el pavimento. Cada sombra parecía moverse por su cuenta. Mi pecho se apretaba, y la sensación de ser observada se hacía insoportable.
Escuché crujidos detrás de mí. Pasos que no coincidían con los míos. Mi sexto sentido gritaba: corre, corre, corre.
Corrí. El aire quemaba mis pulmones, los músculos ardían. Cada sombra parecía avanzar hacia mí. Un grito lejano me hizo tambalear. Sentí el mundo girar a mi alrededor.
Una figura apareció, parecía querer gritar por ayuda. Y luego, un contacto frío en mi hombro me paralizó.
Grité. Mi cuerpo no respondía, mis manos sudaban, mi visión se llenó de puntos negros. Sentí que caía en un abismo.
Un susurro recorría mi oído:
"Te estamos siguiendo. Siempre."
⸻
Desperté en un lugar extraño. Voces apagadas, luces fluorescentes. No reconocía el sitio, y un frío extraño recorría mi espalda. Frente a mí, mis padres y un hombre mayor —David—. Sus rostros parecían tranquilos, pero yo no sentía seguridad.
—Estaba corriendo en medio de la noche, la llamé varias veces, pero no parecía oírme —dijo David, voz grave y controlada.
Los recuerdos irrumpieron: la fiesta, el frío de la calle, la sensación de ser perseguida, los pasos acercándose.
—¿Cómo estás? —preguntó mi madre, y por primera vez me di cuenta de lo confundida que estaba.
—¿Cómo llegué aquí? —pregunté, con voz temblorosa.
—Yo te traje —respondió David.
Un dolor agudo atravesó mi cabeza; la memoria de anoche me golpeó con fuerza.
—Alguien me seguía —dije, aunque sonó vacilante.
—¿Estás segura? —preguntó David.
—Completamente —respondí, aunque un hilo de duda recorría mi mente.
Mi madre intervino:
—Ale, estabas en una fiesta y bebiste... quizás todo esto es efecto del alcohol.
Asentí. Callé. Pero un residuo frío quedó en mi estómago, recordándome que no todo era lo que parecía.
Al salir de la estación, la brisa me revolvía el cabello y mis piernas aún dolían por la carrera.
Y entonces lo vi.
Al otro lado de la calle, bajo la luz mortecina de la farola, un chico. Pelo castaño, ojos avellana que me congelaron. No era alto, apenas unos centímetros más que yo, pero su presencia provocó un escalofrío.
No debería estar allí. No a estas horas. Y sin embargo... estaba. Observándome. Esperando.
—¿Ale? —mi padre llamó, preocupado.
—Nada —respondí, traicionando mi calma mientras entraba al auto.
Mi corazón seguía latiendo a mil. Y mientras el motor arrancaba, una pregunta persistía: ¿quién es realmente este chico... y qué quiere conmigo?
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In the Dark
Teen FictionLa vida de Alexandra estaba tejida de secretos, secretos por los que daría todo, incluso su propia vida. Debía protegerlos con tal intensidad que nadie pudiera descubrirlos. Hasta que llegó aquel día: el día en que decidió dejar atrás su antigua vid...
