Capítulo 1

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—Ale, ¡apresúrate que vamos a llegar tarde! —grita mamá desde el coche.

Guardo el móvil en el bolso, me miro una última vez al espejo y salgo. Cierro la puerta con seguro... aunque últimamente tengo la sensación de que ni cien candados serían suficientes.

—¿Por qué tardaste tanto? —pregunta mientras me pongo el cinturón.

—Estaba recogiendo unas cosas —miento—. Ah, dile a papá que hoy llegaré tarde. Tengo doble turno.

—Pensé que dejarías de trabajar antes de que acabaran las vacaciones. Necesitas concentrarte en tus estudios —dice con ese tono que siempre me aprieta el pecho.

—Me quedan tres días, mamá. Tres. Y después lo dejo.

No responde.
Enciende la radio.
Sube el volumen para no oír lo que pienso.
O para no oír lo que pasa dentro de su cabeza.

Apoyo la frente en el vidrio y observo cómo las sombras de los árboles se deforman al pasar. Algunas parecen seguirnos... aunque sé que eso es imposible.
¿No?

Media hora después me bajo del auto, me despido rápido y entro al vestuario del restaurante. Me cambio, inhalo hondo y trato de meter en una caja mental todos los pensamientos que llevo arrastrando desde hace días.

—¡Daniel! ¡No coquetees con la clientela! —ruge el jefe desde la barra.

—Tío, solo estaba ganando propina extra —responde él, con su descaro habitual.

Estoy riendo cuando escucho la puerta abrirse y, sin saber por qué, mi cuerpo se tensa.

—Llegas tarde —le recrimina Daniel al chico que acaba de entrar.

Ropa deportiva oscura.
Capucha baja.
Rostro casi oculto.

Aun así... siento que ya he visto esa postura antes. Esa forma de caminar. Esa manera de observar sin levantar la cabeza.

—Ale, llévanos el especial del día —pide Daniel, guiñándome un ojo.

—Anotado —respondo, aunque mi mirada se queda atrapada unos segundos en ese chico.

Levanta la vista.
Y me mira.

No como quien mira a una camarera.
No como quien mira a una desconocida.

Me mira como si me conociera.
Como si recordara algo que yo olvidé.

Retrocedo un paso. Me obligo a dar la vuelta y meterme en la cocina. Cuando regreso con la comida... ya no están.

Un nudo frío se instala en mi estómago.

—Ale, me retiro. Te quedas a cargo —dice el jefe más tarde, cuando el local queda vacío.

Asiento, pero algo no está bien.
Hace rato siento la nuca erizada.
La sensación de ser observada se arrastra como dedos invisibles por mi columna.

Intento ignorarlo hasta que una voz ronca rompe el aire:

—Señorita... ¿usted es Alexandra Bruke?

Me sobresalto. Frente a mí hay un anciano de piel pálida, casi translúcida. Sus ojos están hundidos, como si hubiera visto algo que aún lo persigue.

—Sí —respondo, dudosa.

Me extiende un sobre negro.
Mi nombre está escrito en tinta roja.

—Esto es suyo —dice.

Se va sin despedirse.
Ni siquiera escuché la puerta abrirse cuando salió.

Toco el sobre.
Está frío.
Demasiado frío.
Como metal enterrado bajo tierra.

Lo abro con cautela. Una pequeña nota cae al suelo. La recojo.

"Recordando el pasado, no olvides quién eres en realidad."

El corazón me da un vuelco violento.

Estoy a punto de revisar el resto cuando—

—Ale.

Mi amiga aparece de golpe. Casi dejo caer el sobre. Lo escondo en un movimiento instintivo.

—¿Qué escondes? —pregunta, inclinando la cabeza.

—Es... una sorpresa para tu cumpleaños.

—Pero faltan tres meses.

—Por eso —respondo rápido—. Quiero ir preparándolo.

Ella sonríe.
Yo solo siento un sudor frío recorriéndome la espalda.

Cuando termino de cerrar el local, voy al vestuario a cambiarme.
Entonces lo escucho.

Un ruido.
Pequeño.
Luego otro, más fuerte.

Como si alguien arrastrara algo.
O como si respirara muy cerca.

Me congelo.

—Tranquila —me digo—. Debe ser un animal.

Pero al abrir apenas unos centímetros la puerta del vestuario, una sombra se desliza detrás de los casilleros.
No camina.
No corre.
Se desplaza.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Corro hacia la salida, cierro la puerta principal con llave desde afuera y retrocedo, temblando.

—¡Megan! —grito—. ¡Megan!

Silencio.
El estacionamiento parece más oscuro que antes.

De pronto, un golpe a mis espaldas me obliga a girar.

Un hombre intenta abrir la puerta a patadas.
Ropa deportiva.
Capucha oscura.

Igual que él.
¿O no?

El vidrio tiembla.

Se detiene.
Gira la cabeza hacia mí.
Solo puedo ver oscuridad bajo la capucha.

Camina despacio hasta la pared.
El interruptor.

Click.

La luz se apaga.

Mi respiración se rompe.

El hombre se acerca. Empaña el cristal con su aliento y escribe con un dedo:

ABRE

Lo señala.
Una.
Dos.
Tres veces.

No me muevo.
No puedo.

Toma una silla y la estrella contra el vidrio.
Una grieta se abre como una vena rota.
Luego otra.
Y otra.

Un golpe más y—

—¡Ale!

Una mano en mi hombro.
Grito.

—¡Tranquila! Soy yo, soy yo —dice Megan, sosteniéndome.

Me doy la vuelta.

El vidrio está intacto.
No hay sillas.
No hay hombre encapuchado.

Nada.

—Ale... deberíamos irnos a casa. Ya arreglaron la llanta —dice ella, mirando alrededor con inquietud.

No respondo.

Porque algo dentro de mí —enterrado, olvidado— acaba de empezar a despertar.

Y tengo la sospecha escalofriante de que alguien más... también lo sabe.

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