Todo lo que tengo

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—Todo lo que te puedo dar son ciento cincuenta.

—Que sean trescientos.

—Lauren, te ofrezco ciento cincuenta porque te estimo, pero sabes que mi padre no te daría más de cien. Agradece que estoy yo y te estoy ofreciendo una buena cantidad de dinero. — Bufé sintiéndome molesta.

—Que sean ciento cincuenta entonces.

Recibí el dinero, entregué el cuadro y salí de aquella tienda.

Encendí un cigarro y caminé. Tenía toda la tarde para buscar inspiración. Me detuve frente a un restaurante que ofrecía un puesto de mesera. Me quedé contemplándolo por algunos segundos. Quizás podrían ser algunas horas en la tarde. Tomé el impulso de entrar, pero me detuve. No, no y no. Conseguiría aquel contrato con esa galería.

Cuando llegué al departamento Camila no estaba. Aproveché para ducharme y preparar la cena.

Esperé hasta las once de la noche. Claramente ella no cenaría conmigo. Podía intentar llamarla, pero los ánimos estaban algo tensos últimamente por mi actual situación laboral y financiera. Yo era artista, adoraba pintar y crear cosas. Era lo que amaba hacer. Camila, por el contrario, era licenciada en economía y lideraba la empresa de su padre, don Alejandro Cabello. Su círculo era ese, personas con grandes títulos y con bolsillos llenos. Había sido duro para nosotras luchar contra su familia, pero en ese entonces Camila confiaba y creía tanto en mí que fue capaz de dejarlo todo. Con el tiempo la relación con sus padres mejoró, me "aceptaron" y Camila se hizo cargo del área financiera de la empresa.

Lamentablemente para mí, las cosas no resultaron como lo esperaba. Abrirse camino en el mundo del arte era duro.

Guardé la cena, limpié la cocina y fui a nuestro cuarto. A los minutos escuché a Camila llegar.

Seguí el sonido de cada cosa que hacía. Dejó las llaves en el lugar de siempre, colgó su abrigo, se quitó los zapatos y a pasos lentos llegó a nuestro dormitorio.

—Siento llegar tan tarde. — Se acercó a mi lado de la cama para besar rápidamente mis labios. — pasamos a cenar y la conversación estuvo entretenida. — asentí sin decir nada. Sentí un nudo en mi garganta que desde hace un tiempo no desaparecía. — ¿Tú ya cenaste?. — Procuré no hacer ningún gesto que la molestara, pero ya era cerca de media noche, obviamente ya había cenado.

—Sí.

—Iré a darme una ducha. Espérame y vemos algo.

Nuevamente asentí, pero esperé a escuchar el agua caer y apagué el televisor, mi lámpara, y me cubrí con las sábanas para intentar dormir. De todas maneras ella se dormiría apenas apoyara su cabeza en la almohada.

Hace un año que vivíamos en este departamento lujoso porque a ella le gustaba, pero no era algo definitivo. Aspirábamos a una casa, a tener una familia, o al menos esos eran nuestros planes antes de mudarnos aquí. Si Camila lograba asociar la empresa a nuevos inversores y hacía subir los números, entonces sería jefa de toda el área administrativa, algo muy codiciado por ella.

Por mi parte, luchaba cada mes por conseguir reunir el dinero para aportar al menos con la mitad de todos los gasto que este estilo de vida conllevaba, lo cual era difícil considerando que no tenía contrato fijo, ni estaba asociada a una galería de arte. Todo lo que me ofrecía la vida era vender mis cuadros en una pequeña tienda de arte cerca de nuestro edificio. Los mejores meses lograba vender cuatro o cinco cuadros, lo cual me daba una suma de entre mil y mil quinientos dólares. Esa suma no estaría mal si viviéramos en un lugar más modesto, pero ella insistía con este estilo de vida y mi estómago sufría cada noche por la angustia que eso significaba.

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