Consciente de que iba a morir, Pian Feng caminó casi a rastras, dejando un rastro de plumas tras sí.
—Túmbate, sabes que te sentirás mejor cuando descanses —le habló una voz femenina en su mente.
—No —negó Pian Feng, casi sin aliento—. Debo llevarle mi regalo a Chao Ya.
Mientras la vida se le escapaba, Pian Feng recordó. Las memorias de sus días junto a Chao Ya acudieron como un torrente a su mente. Y los recuerdos eran así:
Chao Ya era, por aquel entonces, la princesa más hermosa que sus ojos habían visto, y él un simple guardia que tuvo el honor de ser nombrado como su guardaespaldas, gracias a sus capacidades y su duro trabajo. Pero ella no hizo mención alguna a esta abismal diferencia la primera vez que se vieron.
—Alteza, el soldado Pian Feng reportándose a cumplir con su deber —expresó con todo protocolo, arrodillándose ante ella—. A partir de hoy, seré su guardaespaldas y la protegeré en todo momento.
—Pian Feng, no es necesario que seas tan formal —dijo Chao Ya con una risa encantadora, tan clara como el sonido de una campana de cristal—. Ahora vas a ser mi más cercano amigo.
Esa tarde, la princesa de la Tribu Espiritual decidió ir a dar un paseo por las pequeñas tribus adyacentes fieles a ella, con el objetivo de alentar a sus aliados. Mas un inesperado incidente tuvo lugar mientras lo hacía: una hada rata le disparó un dardo con intenciones maliciosas. Percatándose de ello en el último segundo, Pian Feng se interpuso entre el proyectil y Chao Ya, recibiéndolo en el pecho.
—¡Pian Feng! —se alarmó la princesa, al verlo caer con un hilo de sangre mandando de su pecho.
—No se preocupe, princesa —musitó el aludido, cuando ella se apresuró a sostenerlo entre sus brazos—. Apenas pude evitar que resultara herida. Esto es mi responsabilidad.
—No digas eso —Chao Ya acarició con dulzura los mechones del cabello de él que sobresalían—. Has sido tú quien resultó herido.
—No es su culpa, princesa.
Una vez que se hubo hecho venir a los Sanadores y cuando se aseguró de que su guardaespaldas estaba siendo atendido adecuadamente, Chao Ya hizo que llevaran ante ella a la hada rata responsable del incidente.
—Dinos, ¿por qué hiciste eso? —cuestionó la princesa de la Tribu Espiritual con un punto de dureza en su tono de voz, rodeada de hadas de variadas especies—. Sé honesta y te mostraremos clemencia.
—Lo hice para que la princesa de la Tribu Espiritual ya no pudiera presumir de su talento y hermosura. Su Alteza, usted lo tiene todo: belleza, prestigio, poder, incluso la atención del apuesto Pian Feng; yo, en cambio, no tengo nada —escupió con odio la maligna hada rata, destilando rencor por los ojos—. Pero, gracias al veneno de mi dardo, iba a perder poco a poco sus sentidos hasta morir —Se carcajeó de manera demencial al ver la expresión de horror que compuso Chao Ya al entender lo que eso implicaba para Pian Feng—. ¡Quizás haya resultado mejor de lo que esperaba! La muerte de Pian Feng caerá sobre su conciencia como una losa de piedra.
—No. ¡Debo salvarlo! —exclamó con desesperación la princesa.
Por fin, gracias a los conocimientos de los Sanadores en materia de envenenamientos, fue posible extraer el veneno del cuerpo de Pian Feng y salvarle la vida. Sin embargo, al enterarse de lo ocurrido, la Reina de la Tribu Espiritual montó en cólera.
—¡Esto es inadmisible! —exclamó, desatando toda su ira sobre el pobre guardaespaldas—. Pian Feng, este error es imperdonable. ¡Mi hija pudo haber muerto a causa de tu descuido! ¡Nunca ascenderás en la vida, te lo puedo prometer!
—Madre, él arriesgó su vida para mantenerme a salvo —trató de justificar Chao Ya, intercediendo por él—. Por favor, dele otra oportunidad
—¡Era lo menos que podía hacer para compensar su inexcusable fallo! —La Reina irradiaba ira por cada poro de su cuerpo—. No hay nada más que discutir. ¡Ya no será más tu guardaespaldas!
—La Reina tiene toda la razón —confirmó el hado águila, arrodillado ante ella, con la cabeza baja y el puño apoyado sobre el pecho—. Pido disculpas por mi injustificable error.
—¡Las disculpas no resuelven nada!
—¡Ya basta, madre! —interfirió Chao Ya, crispando la boca y cerrando las manos—. Tengo derecho a decidir en este asunto. Y no quiero a otro guardaespaldas que no sea Pian Feng.
Una amplia sonrisa se dibujó en los labios del hado águila al escuchar tales palabras; mas se esfumó en un instante antes de que alguien pudiese notarla. Tras una larga discusión, la Reina de la Tribu Espiritual accedió al fin a que Pian Feng continuara siendo el guardaespaldas de la princesa, aunque amenazó con echarlo a la primera equivocación que descubriese.
Los días tejieron una red invisible que unía cada vez más a Pian Feng y a Chao Ya, quien ya no iba a ningún lugar sin él. Hasta que apareció el primer beso robado, y la princesa supo la razón por la cual se le había hecho indispensable la presencia del hado águila en su vida. No necesitaron una declaración de amor, o siquiera hablar acerca de ello. Solo aceptaron espontáneamente sus mutuos sentimientos, que comenzaron a alimentarse de dulces besos.
—Pian Feng, te has convertido en mi inspiración —decía Chao Ya cada vez que tocaba el arpa para él.
La armoniosa melodía le provocaba suspiros, solo superados por los que evocaban las caricias de las tiernas manos femeninas.
—Chao Ya, toca una canción que sea solo nuestra —pedía Pian Feng, obteniendo una nueva melodía en cada ocasión.
Los besos se hicieron más profundos, las caricias más intensas; hasta que la ropa se convirtió un maldito estorbo y la unión entre los cuerpos fue inevitable.
Tiempo después, Chao Ya empezó a sentirse extraña, con un malestar que se incrementaba día tras día. Sin poder encontrar la causa por sí misma, la princesa se vio obligada a recurrir a los Sanadores.
—Una nueva vida se está gestando dentro de su vientre, princesa —fue su dictamen.
Cuando Pian Feng lo supo, su felicidad no conoció límites. No dudó ni un instante en ir a solicitarle a la Reina de la Tribu Espiritual la mano de su hija en matrimonio. Empero, su propuesta fue acogida con inmenso desprecio, y hasta con una carcajada burlona.
—¿Quién te crees que eres, soldaducho? —se mofó la Reina—. Mi hija solo se fijó en ti porque pasa demasiado tiempo a tu lado. Pero comprende que tú no eres nadie. ¡No vales nada! Eres indigno de mi hija. ¡Jamás contraerás matrimonio con ella!
Chao Ya, que estaba presente en la discusión, colapsó a causa de sus emociones. Cuando despertó de su desmayo, los Sanadores dictaminaron que había perdido a su bebé. Las lágrimas de la princesa parecían no tener fin. Creyendo que así sería un apoyo para ella, Pian Feng se marchó con la finalidad de obtener un puesto que lo hiciera digno de ella. Chao Ya no pudo detenerlo; y él logró su objetivo. Pero cuando regresó a su vida, ya era demasiado tarde.
Su único consuelo era saber que moriría entre los brazos de la persona que más había amado en su vida.
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Estampas de Ice Fantasy
RandomCuriosidades, características de las tribus, diferencias entre el libro y la serie, opiniones diversas y cosas acerca de los personajes de esta fascinante serie china podrán encontrar en este libro, hecho solo porque no encontré uno igual.
