El primer sueño

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Dai Na se encontraba repasando sus cosas para ir a cumplir con su deber como Enviada del Guardián, cuando a la cabaña que habitaba entró un hombre tosco, gordo y de aspecto desaseado, tambaleándose y con aliento que apestaba a licor. Se acercó a la esbelta joven de finas facciones y la agarró por la cintura, restregando sus labios ensalivados y pestilentes contra el cuello de ella sin ocultar su lujuria. Dai Na forcejeó haciendo muecas de repugnancia, logrando apartarlo de sí de un empujón.

—¡Suéltame! —clamó, recogiendo las cosas que le faltaban—. Debo irme ya a la frontera.

—Hace mucho tiempo que no compartes la cama conmigo —recriminó el hombre, sacándose la chaqueta—. No me importa que hayas sido nombrada Enviada del Guardián, ¡sigues siendo mi esposa y me debes obediencia!

—¡Aunque mi padre me haya obligado a casarme contigo, desde que soy una guerrera, ya nunca más me dejaré avasallar por ti! —gritó Dai Na con todas sus fuerzas—. ¡Ya no más!

Una pesada mano cayó sobre su mejilla con fuerza, obligándola a guardar silencio.

[...]

Li Luo exhibía una sonrisa de oreja a oreja al saber que su mejor amiga Dai Na había logrado superar todas las pruebas para ser Enviada del Guardián, lo que significaba que ahora pasarían mucho tiempo juntas. Empero, su alegría se esfumó como por ensalmo cuando vio a su dulce y linda amiga llegar a la frontera con una mejilla amoratada e hinchada.

—¡Dai Na! —exclamó, apresurándose a ir a su encuentro con la preocupación dibujada en el rostro—. ¡¿Qué le pasó a tu cara?! ¿Tu marido volvió a golpearte?

—No te preocupes; gracias a mi entrenamiento como guerrera, te aseguro que fue él quien se llevó la peor parte —dijo Dai Na, tratando de forzar una sonrisa y tocándose la mejilla herida—. Solo logró acertarme este golpe porque me tomó por sorpresa, pero sé que ya no volverá a golpearme.

Li Luo acarició dulcemente la cabeza de su amiga.

—Si quieres, puedo relevarte en tu puesto para que te vayas a casa a descansar.

—De ningún modo. El general Ke Tuo y tú han depositado su confianza en mí para convertirme en guerrera —La firmeza endureció los rasgos de Dai Na—. ¿Y qué clase de guerrera sería si abandonase mi puesto por una pequeñez como esta?

—Está bien; pero si necesitas cualquier ayuda, no dudes en pedírmela.


[...]

Dai Na se preparó para otra noche de soledad en su casa, y en el fondo agradecía que así fuese. Asustado por la fuerza combativa demostrada por su mujer, su esposo se había marchado pretextando un viaje de negocios. A ella no podía importarle menos. Aún estando rodeada de gente, Dai Na siempre se sentía sola. Y, aunque no quisiera admitirlo, era profundamente infeliz. Esa noche, cuando fue a la cama, una pesadilla que ya le resultaba familiar volvió a atormentarla. Era un mal sueño que se repetía, entre brumas de recuerdos, cada vez que cerraba los ojos.

Dai Na se encontró a sí misma luciendo un abultado vientre. Unos minutos después, un bebé precioso, sonrosado y lleno de vida reposaba entre sus brazos. Ella sonreía feliz mientras lo arrullaba. De repente, el hermoso bebé se transformaba en una masa maloliente y fétida en estado de putrefacción, provocándole una mueca de horror a la joven guerrera. Soltó la masa de podredumbre con el estómago revuelto y se llevó una mano a la boca para contener el vómito, que pugnaba por subir a su garganta. Un dolor agudo atacó su vientre y, cuando se vio hacia abajo, observó un charco de sangre a su alrededor, que resbalaba por sus piernas y manchaba su vestimenta. Creyó que iba a despertar con un grito de terror, como era habitual; sin embargo, esta vez el sueño acabó de manera diferente.

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