La última noche

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Huyendo de las tropas del Rey de Fuego y viendo a Ka Suo tan vulnerable, Li Luo fue presa de la impotencia. El príncipe se veía tan deprimido, que a ella no se le ocurría una fórmula para levantarle el ánimo.
Estos sentimientos negativos solo aumentaron cuando Ka Suo decidió irse por su cuenta y vio a gente inocente morir antes sus ojos sin que pudiera hacer algo para evitarlo, siendo finalmente rescatado por Li Luo. Ahora, cuando ya casi caía la noche, se vieron en la necesidad de quedarse a descansar en una cabaña abandonada; sentados en el suelo junto al hogar uno al lado del otro, solo un silencio pesado e incómodo reinaba entre ellos.

—Iré a buscar leña para la chimenea —Li Luo fue la primera en romper el hielo, levantándose de su sitio—. Está comenzando a hacer frío.

—No necesitas una excusa para alejarte de mí —expresó Ka Suo, con la mirada perdida en los viejos leños consumidos y chamuscados de la chimenea—. Sé que no soy una buena compañía.

—Eres tú el que se aleja, Ka Suo —reprochó la Enviada del Guardián con triste dulzura—. Y no tienes porqué hacerlo. Siempre estaré aquí para ti —Se inclinó a un lado de él y le colocó una mano sobre el hombro, sonriendo de manera reconfortante—. Puedes decirme lo que sea. Pero, hagas lo que hagas, nunca vayas a un lugar en el que no pueda encontrarte.

Por primera vez en bastante tiempo, la sonrisa afloró en los labios del príncipe de hielo.

—No lo haré —Su mirada se tornó de preocupación—. Li Luo, ¿aún tienes frío? —Ella asintió con ligereza—. Puedo darte calor, si quieres.

Ningún pensamiento malicioso se abrigaba en sus mentes, por lo que la Enviada del Guardián consintió sin problemas el que Ka Suo la envolviera en sus brazos con sumo cuidado.

—Ya me siento más cálida —murmuró ella, notando que la sangre galopaba con quemante fuerza dentro de su cuerpo.

—Esta puede ser la última noche que pasemos juntos —musitó Ka Suo, acariciando los cabellos de ella con su fragante aliento—. Nadie sabe lo que podrá pasar mañana.

—Por favor, no seas fatalista ahora, Ka Suo.

—No lo soy. Es solo que... quiero que disfrutemos de este momento, Li Luo.

Apenas bastó una mirada para que todo se decidiera. Los labios cumplieron su añorado anhelo de encontrarse. Los esponjosos labios de Ka Suo tomaron los sonrosados de Li Luo sin ningún remordimiento. Sin decir una palabra, él la acostó con delicadeza en el suelo y tomó el cuerpo femenino como lecho.

Los sabios dedos encontraron su camino entre las honduras de la chaqueta de ella, abriéndola con lentitud mientras sus ojos se deleitaban con cada milímetro de la piel que iba quedando expuesta. Un suave aroma a mujer surgió cuando le descubrió por completo el pecho. La traviesa lengua se enseñoreó de los esbeltos pechos, gozando a plenitud de su glorioso sabor.

—Ka Suo... —gimió Li Luo con voz tenue, pero cargada de pasión, envolviendo los blancos cabellos del príncipe con sus manos.

Esas hebras de plata era tan sedosas como su piel, como sus labios cuando se unieron en un nuevo beso que acalló los suspiros anhelantes. Las manos de Li Luo buscaron la abertura de la túnica de él; tuvieron éxito y el despojo comenzó. Las yemas de los dedos exploraron el cálido pecho, atreviéndose a ir más allá, tentando a la suerte.

—Li Luo... —jadeó Ka Suo cuando la Enviada del Guardián tocó un punto clave.

Un abrazo fundió los cuerpos como lava candente, las caricias regaban llamas por su piel. El calzado y las ropas inferiores se habían convertido en estorbos insoportables, por lo que ambos se deshicieron de ellos casi con desesperación. Ka Suo se acostó en el suelo y la apoyó sobre su pecho. Sus profundos ojos azules observaron con infinito amor los oscuros y decididos de ella. Ese intercambio de miradas fue suficiente como para que el príncipe se sintiera capaz de detener el Universo y hacerle frente a lo que fuese. Pero una duda aún pervivía en él.

—¿Estás... segura de que quieres continuar, Li Luo? —cuestionó, apretando ligeramente los labios—. Aún no es tarde, puedes decir que no. Lo entenderé.

La Enviada del Guardián negó con la cabeza y le besó el cuello con ternura.

—Estoy segura de esto. Ka Suo, quiero ser completamente tuya —Ella esbozó una sonrisa teñida de picardía—. ¿O será que eres tú quien no está seguro de esto?

—Li Luo, ni siquiera te imaginas la inmensidad de mi deseo por ti —El brillo en los ojos del príncipe no dejaba lugar a dudas acerca de la veracidad de sus palabras.

—Pues demuéstramelo.

—Nada me daría más placer.

Y la conexión entre sus cuerpos y almas se concretó, con un pequeño quejido por parte de Li Luo y un profundo suspiro de Ka Suo. Gotas de sudor rodaron por los recodos de sus anatomías a medida que los movimientos se profundizaban más y más. Los besos eran un torrente incesante, trayendo como consecuencia labios hinchados y un eterno anhelo insatisfecho.

El caudal de sensaciones se derramó cual río en un clímax de proporciones telúricas, que removió cada fibra de sus existencias y plegó sus corazones al más intenso y primitivo placer puro; apenas un instante que equivalía a una vida entera.

Por aquel momento de inmensa felicidad, Ka Suo hubiese sido capaz de soportar infiernos incluso peores que el que le había hecho padecer el Rey de Fuego.

Cuando todo hubo concluido, el príncipe heredero de la Tribu de Hielo permaneció tendido, con Li Luo protegida entre sus brazos, acariciando sus cabellos con la misma ternura con que le había hecho el amor segundos atrás.

—¿Estás arrepentida? —indagó Ka Suo, temiendo la respuesta en su interior y deseando disfrutar un poco más de la confortable desnudez de ella.

—¿Crees que fue un error? —preguntó a su vez la Enviada del Guardián, presa del mismo temor y anhelando una contestación negativa.

La respuesta del príncipe fue tan breve como firme.

—No.

Una sonrisa preciosa revoloteó en los labios de Li Luo.

—Entonces, no estoy arrepentida.

«Nunca es un error lo que se hace por amor».

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