Era muy pequeño cuando llegué a La Habana. Decidimos mudarnos después de que mi madre se divorciara con mi padre, y, en cierto modo, resultaba interesante vivir solo con ella.
Mi nombre es David. Tengo 22 años, soy de estatura media, trigueño, delgado y según mi familia ostento de serios problemas psicológicos. Eso dicen, pues todas las noches me siento junto la ventana a observar como la casa de enfrente se desmorona en pedazos, y al día siguiente, no ha ocurrido absolutamente nada...
Mi madre es una señora de 37 años. Aparenta más edad de la que tiene, aunque según ella, es de 35. Muere por costosos tratamientos de belleza que, a lo largo de los años, no ha hecho otra cosa que acabar consigo misma. Es una idea un poco contradictoria, pero como también es de carácter fuerte, prefiero no contradecirla. Su filosofía de vida es conseguir el dinero fácil.
Pues sí, era una loca prostituta que salió en estado con 15 años. Fue bailarina del Cabaret Rumayor, y creo, que en ese mundo conoció al amor de su vida. Claro, ese amor perduró hasta que le mencionó que tendrían un hijo.
De mi padre solo sé que se llama Manuel. Me abandonó cuando tenía 4 años, Lisandra (mi madre), dice que murió en un accidente. Puede ser verdad o mentira, aún no me he interesado por indagar en ese tema.
Mis planes son otros, precisamente, investigar sobre el misterio que guarda aquella casona.Como antes había dicho, me mudé a este barrio siendo un chiquillo. Desde el momento en que bajé del camión de mudanza, un viejo delgado me arrojó un cubo con agua fría. Ahí supe que las relaciones no serían la mejor.
-¡Vaya recibimiento! – murmuró mi madre.
-No te preocupes David, es un señor mayor y debemos tenerle paciencia. – me dijo mirándolo con rabia.
Por supuesto, sus palabras decían una cosa y las acciones otras.
Cuando entré por primera vez a mi casa fui corriendo para el cuarto. Lisandra me había dicho que tenía un regalo allí. Era cierto, me compró como bienvenida un tractor de juguete. Rápidamente abrí la ventana para tener bastante claridad y jugar hasta el aburrimiento.
Me asombré porque la ventana de la casa de aquel señor, quedaba justo enfrente de la mía. Ahí estaba parado él, a cada segundo, minuto; no existía un momento del día que no fuese a jugar a mi cuarto que ese hombre no estuviese ahí. Su mirada era fija, como aquella persona que no habla, pero aterroriza con tan solo ver su cara.
Me percaté de eso y otras cosas que más adelante les iré contando.
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En la casa de enfrente
Mystery / ThrillerDavid un joven de 22 años. Desde pequeño se mudó a La Habana con su madre después de la separación de sus padres. Para sorpresa de él, al llegar al nuevo barrio, un señor mayor los recibe de la forma menos esperada. En ese entonces, se desatan una s...