IX:

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El aire en el claro era tenso. La noche había caído y se habían permitido sentarse en el bosque, cubierto de un manto de sombras que danzaban con la luz parpadeante de la luna. A pesar del frío, el calor de la hoguera no lograba calentar el corazón de Lúa, que seguía latiendo con la fuerza de la furia y la desesperación. "No te ofendas pero... ¿qué tenemos en común? ¿que tenían mi hermano y tú en común?" dijo Lúa.

"Tal vez nada. Tienes razón, somos completamente opuestas. Tú eres fuerte... valiente. No le temes a nada." Adhara se había levantado para atender el fuego, la leña crujía bajo sus manos. Lúa, sentada en una roca, observaba las llamas, su reflejo bailaba en las lágrimas no derramadas en sus ojos.

"¿Crees que no le temo a nada?"

La voz de Lúa era un susurro, casi inaudible sobre el crepitar de las ramas. Adhara se giró para mirarla, la luz del fuego revelando la seriedad en su rostro. "No lo parece", respondió Adhara, su voz suave, una caricia en la oscuridad.

Lúa soltó una risa hueca, un sonido que no llegaba a ser divertido. Se cubrió el rostro con las manos, y un suspiro escapó de sus labios. La luz del fuego la iluminaba, proyectando sombras alargadas que hacían parecer que la rodeaban los fantasmas del miedo. "¿Puedes guardar un secreto, Adhara?", dijo con una voz que casi se quebraba, sus palabras eran como un hilo que apenas se sostenía. "Estoy absolutamente aterrada todo el tiempo. Me da pavor continuar esta búsqueda y descubrir que mi hermano tal vez no era quien yo creía. Y, al mismo tiempo, estoy tan cansada... y tan furiosa".

Adhara se acercó a Lúa, se sentó a su lado en la roca. "Lo entiendo", dijo, la empatía visible en sus ojos. Lúa soltó una risa seca, llena de amargura. "No, no lo entiendes, Adhara", dijo, su voz subiendo de volumen, cada palabra un golpe. "Mi hermano lleva desaparecido un mes. Y nadie ha hecho nada. Nadie ha movido un dedo. Mi familia y yo estamos solos en esto, tratando de poner este mundo de cabeza solo para saber si está vivo o muerto, si está herido o si lo tienen cautivo. Todos nos dan la espalda, se aferran a esa maldita idea de que mi sello es oscuro, que mi familia se merece esto. Creen que los sellos de luz son intrínsecamente buenos y los sellos oscuros inevitablemente malvados".

Mientras Lúa hablaba, la tormenta de emociones que contenía se desbordó. Su voz se quebró, las lágrimas rodaron por sus mejillas y caían en sus manos. "Nadie quiere ayudarnos", continuó, su voz era solo un susurro doloroso. "No pueden ver más allá de nuestro sello. Piensan que la oscuridad es la ausencia de luz. No pueden ver que los sellos oscuros somos la luz en la oscuridad. Somos la luna que ilumina el camino en la noche más oscura".

Adhara, sin decir una palabra, tomó la cara de Lúa entre sus manos. La mirada de Lúa se encontró con la suya, sus ojos se encontraron como dos estrellas en el cielo de medianoche. "Lo siento", susurró Adhara, su voz era como el rocío de la mañana, fresca y pura. "Tienes razón, no lo entiendo. Pero yo te estoy ayudando, ¿no? Estoy aquí. Y quiero conocerte, Lúa. Quiero entender. Y tal vez... tal vez yo también soy parte de toda esa mierda de la que hablas, pero quiero dejar de serlo. Quiero dejar de lado los prejuicios y la connotación de un sello."

El silencio volvió, pero esta vez no era pesado. Era un silencio compartido, un espacio de comprensión mutua que se había abierto entre ellas. El fuego continuaba crepitando, las llamas lamiendo el aire frío de la noche, mientras el mundo que conocían, con sus prejuicios y sellos de luz y oscuridad, comenzaba a desvanecerse en las sombras.

Adhara apartó una lágrima de la mejilla de Lúa con el pulgar. El contacto fue una chispa diminuta, pero Lúa no se apartó. En lugar de eso, cerró los ojos y se permitió sentir el calor de esa mano, el calor de la empatía que le había sido negado por tanto tiempo. La rabia, el dolor, el miedo... todo lo que la había consumido en las últimas semanas pareció ceder, al menos por un momento.

Cuando Lúa abrió los ojos, su mirada ya no era una tormenta. Era una calma profunda, el tipo de calma que solo llega después de un huracán.

"Mi hermano decidió mi nombre ¿sabes?", susurró, y el nombre se sintió como una revelación, un secreto sagrado que solo ellas dos compartían. "Por alguna razón mis padres se lo permitieron. Él es mi otra mitad".

Adhara asintió, su propio corazón latiendo con una nueva intensidad. "Y tú lo necesitas de vuelta", afirmó, no como una pregunta, sino como una verdad absoluta.

"Lo necesito de vuelta", repitió Lúa. "Tú no eres la única que no quiere rendirse, Adhara. No soy la única que le teme a la oscuridad. Me aterra pensar en un mundo sin él, sin su risa que me recordaba la luz, sin sus ojos que eran tan parecidos a los míos. El mundo me quiere convencer de que mi amor por mi hermano es un amor oscuro. Que nuestro vínculo es malvado. Pero mi amor por él me ha mantenido de pie, me ha dado las fuerzas para seguir buscando. Me ha recordado que la luz de mi corazón puede iluminar cualquier oscuridad".

Una ráfaga de viento helado sopló, haciendo que las llamas se tambalearan. La voz de Lúa se tornó urgente, una súplica que la noche escuchaba. "No quiero que la gente piense que es un monstruo. No quiero que piensen que desapareció porque él lo quiso. Me han dicho que si es un monstruo que está bien que no vuelva. Me han dicho que tal vez es una maldición. Me han dicho tantas cosas". Lúa apretó los puños, la frustración regresando a sus ojos como una marea. "El odio de la gente me está sofocando, Adhara. Y estoy tan desesperada que me aferré a la esperanza de que tú me ayudarías... aunque tú también eres una extraña".

Adhara apretó suavemente la cara de Lúa. "No digas eso", susurró. "Nunca más digas que eres una extraña para mí".

El fuego proyectaba sombras bailantes en los árboles, transformando la noche en un telón de fondo para un nuevo comienzo. El aire olía a tierra húmeda y a humo. Por un momento, las barreras entre ambas cayeron por completo, revelando la vulnerabilidad que las unía. Eran dos almas heridas, buscando algo que se les había arrebatado.

Lúa miró los ojos de Adhara, y vio no solo comprensión, sino una promesa. Una promesa no solo de ayuda, sino de amistad. No eran el sol y la luna, como la gente pensaba de los sellos claros y oscuros. Eran dos estrellas que por fin se encontraban en el mismo cielo.

La promesa había sido forjada en la oscuridad de la noche, una promesa entre dos desconocidas que ahora comenzaban a serlo un poco menos.









M'ai AidezDonde viven las historias. Descúbrelo ahora