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Mariposas en el estómago

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La morena nunca había recordado con tanta nitidez y detalle la noche en la que conoció a Ander. Rememoró incluso que había llegado hasta "Century Rock" tras una nueva decepción por parte de su padre, y que en aquel entonces se debatía a diario entre dos opciones: no generar más preocupaciones en la familia y hacer sentir a su madre orgullosa, o sumarse a la actitud de su padre y ser parte de la decepción. Aquella noche había optado por la segunda, aunque su madre nunca se llegaría a enterar, pero para Arlene era un acto protesta, una manera de rebelarse y decir "hasta aquí", un toque de atención por si cabía duda de que necesitaba de ayuda especializada.

Lo triste para ella era saber que en el fondo sus seres cercanos lo sabían, sabían que necesitaba de apoyo. Más nadie había hecho nada, tan solo reprenderla de vez en cuando: "mírate, estás demasiado delgada", "por dios, come un poco más", "venga, no seas tan dramática y sonríe, que nunca estás feliz". En aquellas situaciones solo conseguía sentirse más y más alejada de ellos.  Como si no hubieran visto ya los cortes en los muslos de sus piernas o cómo lloraba por las mañanas por haber engordado doscientos gramos. Le costó mucho tiempo y esfuerzo entender que su padre y su madre la querían a su manera, y que tampoco supieron cómo ayudarla, aunque les habría gustado.

La escasa importancia que se le otorgaba a la salud mental sumada al desconocimiento y estigmatización de los trastornos mentales no habían favorecido las circunstancias. Por culpa de todo ello se había sentido muy sola e incomprendida, como si no solo tuviera que batallar con sus propios problemas, sino también con un mundo cruel e injusto.

—¿Estás bien? —La voz preocupada de Enzo consiguió sacarla de sus pensamientos.

Seguía estando allí, bajo el cartel de neón rojo en el que se podía leer: "Century Rock". El cigarrillo que sujetaba con los dedos índice y medio empezaba a consumirse solo, por lo que decidió darle una calada tras haberle asentido al coctelero con convicción.

—Ve entrando tú —le dijo esquivando su mirada—. Me termino el cigarro y ya voy yo —aclaró.

Enzo no le dio importancia al repentino cambio de actitud de la morena y cruzó la puerta del pub, haciendo que la música sonase durante unos segundos algo más fuerte.

Arlene dio una nueva y última calada y tiró el cigarrillo al suelo, tratando de ordenar todos aquellos pensamientos que la invadían. Dio un paso al frente y cogió una bocanada de aire, sintiendo sus piernas temblar: ya no sabía si por los chupitos de alcohol o por la ansiedad.

Apoyó la palma de la mano en la puerta y antes de empujarla prestó atención al cartel pegado en ella, en el que se anunciaba el concierto benéfico de aquella noche: el precio de la entrada se destinaría a una asociación de diagnóstico de cáncer de mama. Su mirada se deslizó al nombre del grupo, "Utopía", que no le evocó ningún nuevo recuerdo.

Entró insegura y escuchó con mayor claridad una canción conocida de los años noventa. El portero la recibió y ella preguntó por la entrada del concierto.

—Creo que está a punto de terminar. ¿Quieres comprarla igual? —cuestionó, pero no hizo falta respuesta porque Arlene ya estaba cogiendo el monedero y sacando un billete de diez arrugado.

Cruzó un pasillo oscuro que parecía no tener salida, y al fondo se encontró con otra puerta a su izquierda. Empujó de nuevo y la música envolvió el ambiente al igual que las luces de los focos: parecía que se había trasladado a un mundo totalmente diferente, un mundo donde seguían existiendo las preocupaciones pero que al menos era algo más bonito.

—¡Arlene! —Escuchó una voz masculina gritar a lo lejos, y su mirada se dirigió hacia unos sofás de tela roja situados al fondo de la gran sala: en ellos se encontraban Enzo y sus amigos.

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