Sentir dependencia era como estar encerrada, carecer de libertad, vivir por y para él, dejándose en segundo lugar. Era valorarse poco, no concederse la oportunidad de conocer más allá del horizonte, como un pájaro con las mejores vistas de la ciudad pero dentro de una jaula. Era pensar mucho, pero no en ella, sino en los sentimientos del otro. Era convertirse en alguien catastrofista, convencerse de que la dejaría en cualquier momento, que se iría sin dar explicaciones y sufriría, sufriría mucho por su pérdida. Era tener pesadillas en mitad de la noche en las que él se besaba con otra, y despertarse llorando aún sabiendo que se trataba de un mal sueño. Era creer en los mitos del amor romántico, ese sin ti no soy nada, como decía aquella canción de Amaral. Era admiración e idealización, considerar que nada ni nadie le aportaría lo que él, y que su única manera de ser feliz sería a su lado. Era pensar en todo lo que no debía hacer para no perderlo, pasar el mayor tiempo a su lado para que no se escapara, no dejar hueco a la intimidad.
Arlene había hablado en varias sesiones de terapia sobre ello, y fue entonces cuando empezó a tomar conciencia sobre la importancia de tener apoyos más allá de la relación sentimental que pudiera tener, algo en lo que nunca se había parado a reflexionar, pero que tenía lógica. La familia y las amistades suponían una parte fundamental para no desarrollar una dependencia, ya que verse sola aumentaría las probabilidades de engancharse a una relación inapropiada, entre otros motivos, por priorizar la compañía frente a la soledad o por no tener nada ni nadie mejor. Cuando conoció a Ander, ella no consideraba que contara con el apoyo de su familia, todavía peor, la existencia de su padre le generaba inestabilidad, miedo, ansiedad y frustración, y la de su madre desprotección y desconcierto. Las amistades eran pocas, y en aquella época no se sentía del todo cómoda y satisfecha con ellas: Arlene tenía su propio mundo de desdichas y preocupaciones, y el no compartirlo la alejaba de cualquiera, haciéndola sentir, a su vez, incomprendida. El amor propio también jugaba un papel decisivo, y es que cualquiera que se infravalorase constantemente podría no ser consciente de lo perjudicial de la situación. Aprender a quererse, por lo tanto, era fundamental, y la morena todavía estaba en proceso.
El caso actual de Valeria era diferente. Al contrario que Arlene, ella se sentía querida y valorada por su abuelo paterno y su padre, también tenía buena relación con tíos y primos, la familia era amplia y estaba unida. A lo largo de su vida había conocido a muchas personas, y además, contaba con bastantes amistades, desde las de la infancia, hasta las de la universidad o las del trabajo. Siempre había tenido facilidad para socializar, sin embargo, aunque contar con el apoyo de estos dos pilares tan básicos podía ayudar, no salvaba a Valeria de la relación poco sana en la que se había visto envuelta. El amor propio era básico, y aunque no lo pareciera, la joven tenía un montón de inseguridades que habían aumentado con la llegada de las redes sociales y la cultura de los me gusta. También había llegado a desarrollar cierto miedo a la soledad, le generaba pánico pensar en que los años pasaban y que a ella le gustaría construir una familia, y se preguntaba qué pasaría si no encontrase con quién formarla. Sentía que no podía perder el tiempo, o eso le daban a entender aquellas terroríficas expresiones tan sonadas, como «se te va a pasar el arroz». Amigas cercanas empezaban a casarse y tener hijos, quedaba menos para los treinta, y ella todavía no sabía muy bien quién era.
Izan era lo que muchos definirían como un capullo integral, sin embargo, entre todo este mar de inseguridades apareció en la vida de Valeria proporcionándole una extraña sensación de seguridad en sí misma. La validación masculina del joven la ayudaba puntualmente a sentirse querida, atractiva físicamente e interesante a nivel personal, de alguna manera aumentaba su autoestima, como cuando subía una foto a sus redes sociales y la inundaban a likes. Aunque como en todos los hechizos de los cuentos, esta sensación tenía su parte negativa, y es que por ella misma seguía sin valorarse. No era de extrañar que las inseguridades reaparecieran o aumentaran con el tiempo, inseguridades que Izan fomentaba con actitudes cuestionables que cada vez iban a peor. Los celos, la posesividad y el control, los comportamientos agresivos, todo hacía que el estado de ánimo de Valeria empeorase, y aún así, no era capaz de salir de aquella jaula. No era su culpa que la hubieran encerrado. Ella quería confiar en que todo mejoraría, eso le habían enseñado: aceptar la triste realidad era mucho más complicado.
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Peligro
RomancePeligro, así la llamaba él antes de desaparecer de su vida. Anclada en el pasado, Arlene se verá expuesta a aquellos recuerdos que había olvidado cuando se reencuentre con alguien que había sido muy importante para ella. Desde su adolescencia había...
