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Reconciliarse con la tristeza

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Si algo había aprendido Arlene en las sesiones de terapia era que las emociones, incluso aquellas que socialmente se consideraban negativas, como la tristeza, tenían una importante función. La tristeza no acostumbraba a ser deseable o agradable, pero podía ayudar a reducir el sufrimiento. Sin embargo, de la teoría a la práctica existía un largo camino, sobre todo para alguien tan autoexigente como ella. Ahora que parecía haberse recuperado de un trastorno depresivo que la había acompañado desde los dieciséis años y que ya no llevaba a cabo conductas propias de un trastorno alimenticio, quería estar bien. Su objetivo era ser feliz, por lo que estar triste equivalía para ella a un retroceso en su proceso de mejoría que no se podía permitir.

Esta manera de pensar tan rígida y poco flexible tan solo la había conducido a una mayor tristeza y frustración, incluso en los momentos más pesimistas, a llegar a creer que estaba destinada al fracaso (y a no ser verdaderamente feliz). Su terapeuta le había dicho en más de una ocasión: "¿Qué es ser feliz para ti?, la felicidad es una emoción, y las emociones vienen y van, es imposible sentirla siempre; si hablamos de encontrarse bien a nivel emocional, podemos estarlo aunque sintamos tristeza".

A sus veintiséis, seguía trabajando en reconciliarse con aquellas emociones que no eran tan agradables, ya no solo con la tristeza, sino también con el miedo, la ira, el estrés o la ansiedad. Debía aprender a identificar dichas emociones y entender su funcionalidad y utilidad aplicada a los sucesos que vivía.

—Quizás sentí miedo —dijo Arlene.

Se encontraba sentada en la silla de madera de la cocina, pensativa. Abrazaba sus piernas y apoyaba el mentón en el hueco que había entre sus rodillas.

—Dicen que el miedo prepara al cuerpo para escapar —continuó.

No estaba hablando sola. Arlene había llegado del trabajo un poco más tarde de lo que acostumbraba por haberse tomado aquella copa con Enzo. El reloj de la entrada marcaba las cinco y cuarto de la madrugada cuando se disponía a cruzar el pasillo y encerrarse en su habitación. Sin embargo, no había conseguido pegar ojo, y en cuanto escuchó ruido en la cocina salió apresurada: necesitaba hablar con alguien.

Su compañera de piso, Liv, acostumbraba a madrugar los fines de semana para dedicarse a su mayor entretenimiento: crear ilustraciones digitales que posteriormente vendía a través de sus redes sociales. Tenía talento, hasta el momento no le iba nada mal.

—¿Tratas de decirme que te has ido corriendo en cuanto lo viste? —cuestionó Liv, todavía perdida en el relato que Arlene le había contado—. ¿Crees que la función adaptativa del miedo es escapar de ese tío? —dijo con los ojos entrecerrados.

—Bueno..., de él en concreto no, de cualquier peligro. —"Peligro", aquella palabra seguía resonando en su cabeza—. Y no me he ido corriendo, simplemente me fui —No le hubiera gustado echarse a llorar frente a él.

—¿Y no ha ido detrás de ti? —Agarró el cartón de leche y vertió el contenido en una taza con cereales, Arlene negó con la cabeza—. Bueno, puede que eso solo pase en las películas.

Como una película, así recordaba la morena los momentos vividos junto a él.

—¿Si os gustabais por qué dejasteis de quedar? —curioseó Liv de nuevo—. Quiero decir, hablas de él con mucho cariño. —Arlene levantó la mirada y se encontró con los ojos marrones de su compañera—. Pero claro, algo tuvo que haber pasado para que él se alejara de ti, ¿o no? —Cogió la cuchara y sumergió con ella los cereales en la leche, esperando que así se ablandaran antes.

—Se fue de la ciudad. —La morena bajó los pies de la silla y se fijó en la pantalla oscura del teléfono móvil, como si esperase recibir un mensaje—. La historia no tiene mucho más. —Aquello era una mentira a medias, sabía que el verdadero motivo era diferente, pero contárselo implicaría tener que narrarle sucesos demasiado íntimos, y no tenía todavía la confianza suficiente con ella.

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