XXXVII

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✨Editado✨

Cada noche. Cada noche era contar ciento cincuenta y siete pasos hasta llegar a la puerta de la cripta de los Kainhet. Desde allí eran otros ochenta y dos hasta llegar al salón donde estaban los diarios de su madre.

Y todo eso para entrar a una habitación... la habitación donde estaba la fuente del escudo de Kainhet, la cual no tenía forma de atravesar.

En fin, doscientos treinta y nueve pasos en vano.

Pero Arani no se rendía, no aún, no ahora que ya tenía la llave para terminar su plan. Solo faltaba encontrar la manera de poder girarla y abrir la puerta.

Se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la fría piedra suspirando mientras se quitaba el cabello del rostro. Esto era exasperante.

Había tocado cada piedra dentro de esa habitación, había iluminado cada pequeño espacio buscando algo, había mirado dentro de las jaulas llenas de huesos y escudos raros, claro que luego de eso siempre terminaba vomitando... Vomitando aire, claramente, porque no era mucho lo que tenía en el estómago.

Había incluso probado acercándose lo más posible a la columna de roca donde la fuente reposaba, pero nada.

Cuando probó con tocar la esfera roja que cubría la luz, una fuente de energía lanzó por el aire estampándola contra una de las paredes. Así que la fuente del escudo también tenía un escudo. Era irónico.

Había revisado los otros diarios con la esperanza de que su madre hubiese dejado algo en alguno de todos ellos.

Si bien ella le había dicho que jamás había entrado, quizá sabía cómo romper el escudo y no tenía idea de que lo sabía, quizá lo había olvidado.

Quizá debía dejar de intentar solo por esa noche, quizá debía intentar dormir un poco.

Y eso fue lo que hizo, se levantó del suelo, se sacudió el polvo del último golpe y observó el raspón de su brazo provocado por la misma caída de hacía pocos segundos. Salió de la habitación que se cerró detrás de ella apenas puso un pie afuera. Otro poco de sangre tirada a la basura y ninguna solución.

Caminó hacia la torre nuevamente intentando ignorar el dolor de sus pies debido a la pelea con Arsel, pelea en la cual él no solo le había cortado un tendón para sacarla de la pelea. Había ido con todo y le había cortado ambos tendones y, además, la había apuñalado en el hombro.

Para luego casi apuñalarla en el pecho, o al menos fingir eso para que el Rey supiera que si no detenía la pelea él la asesinaría sin parpadear, cumpliendo su orden a la perfección, pelear a muerte.

Manera sutil de hacérselo saber, y un tanto dolorosa para su gusto... Pero creíble al menos.

Cuando llegó finalmente a la torre, caminó lentamente hasta la pared donde solía dormir, si es que dormía claro está. Se recostó en ella aun sintiendo el golpe de la caída en su cuerpo además del resto de sus heridas. Todo en ella dolía, pero comenzaba a acostumbrarse.

Apenas pudo tener unos minutos para ella misma antes de observar por su ventana que el sol comenzaba a salir. Y eso significaba una sola cosa, vendrían por ella dentro de poco, seguro la pondrían a trabajar.

Debió pasar al menos una hora, aproximadamente calculó, antes de que la puerta se abriera y un soldado entrara. Aun así, continuó mirando el muro de piedra mientras comenzaba a apagar una a una todas las cosas de su cuerpo. Su rostro, sus expresiones, sus emociones, sus reflejos, sus dolores.

Absolutamente todo.

Solo le faltaba un poco más y sería idéntica a la Arani que vivía en Kainhet antes de ir a Morthane. Esa Arani que hacía cada pequeña cosa para complacer a su padre y a sus hermanos con la esperanza de encajar en su familia rota.

El Trono de Hielo #2 (Terminada)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora